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Fin y comienzo del mundo

Fin y comienzo del mundo

Ni impedimos la pandemia ni la virulencia de la violencia.

07 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Es como si se estuviera acabando el mundo, que durante el plazo que se nos diera tratamos inútilmente de mejorar. Así el sol siga brillando sobre los árboles y los ríos rondando sobre sus piedras y los aviones rayando el azul celeste, ante millones de terrícolas con antifaz. Ensayamos el poder componedor y enderezador de la poesía, que así como fue rotundo como un ariete en la épica y fue acariciante en la lírica, trató de ser mediador en la bélica y apaciguador en la clínica. Pero nos fueron inanes los cantos de protesta y reparación. Ni impedimos la pandemia ni la virulencia de la violencia. Todos los días llegan noticias del apagón de existencias ligadas a la nuestra, ya sea por la sobrecarga de calendarios, por el covid exterminador o por la asesina sevicia contra los veladores de derechos del ser humano. Que a estas alturas de la precariedad del soplo de vida se sigan sucediendo masacres es la señal de que nos llevó el desvarío.

Perder a los padres, a los hijos, parientes, a la pareja es doloroso y es parte de los golpes que nos depara la vida a cambio del don de habérnoslos entregado. Y tanto como ello es la pérdida de los amigos, esos hermanos que nacieron en otra casa. Respecto de la vida, son tan importantes los amigos que en ellos uno se apuntala. Como se apuntala el alma al cuerpo que la celebra. Y por muy solitario que se sea como el llanero, necesita del amigo en todos los trotes. Ahora, con la llegada al buen o mal puerto de la vejez, se van yendo más rápido los amigos que antes, cuando se toteaban en accidentes geográficos o de enfermedades personalizadas –no endémicas, la endemia éramos nosotros, a los que la muerte va vacunando–.

Ahora comienza uno a sentir, por más sano que ruede con su esqueleto por el asfalto terrestre, que de un momento a otro irá tomando el rostro del que no refleja el espejo. Que se le están acabando, como las pastillas, los días que le fueron concedidos sobre la blanda tierra, y que la Tierra seguirá vegetando, mal que bien, pese a la  contaminación y el desgaste, y de que uno, que era el testigo presencial de que el mundo y la vida existen, ya será menos uno. En los últimos tiempos me duelo de la desaparición, entre cuántos otros, de amigos tan del alma y la admiración como Antonio Frío, Giovanny Gómez, Julio Paredes, Javier Ayala, Iván Bueno, Heladio Valencia, Luis Ospina, Jack Hirschman, Charlie Watts, Jean-Paul Belmondo, con quienes ya no se podrá contar sino en el recuerdo de lo que hicieron, de lo que escribieron, pintaron, actuaron, dándole impulso estético al goce de nuestros alebrestados sentidos.

Todos los días llegan noticias del apagón de existencias ligadas a la nuestra, ya sea por la sobrecarga de calendarios, por el covid exterminador o por la asesina sevicia.

Eso visto desde el lado apocalíptico que aprendimos a vislumbrar y a anunciar. Pero sobre el fin de los días recuerdo lo que decían mis compañeros en la primaria: “El mundo se acaba para el que se muere”. Otra cosa es mirar desde el lado del génesis incesante. Nunca pensé que iba a pisar los 80 frente al Mediterráneo en pantaloneta ni que entonces iba a tener una nieta ni que iba a viajar a la ciudad condal a celebrar su año 1. Que es a la vez el cumpleaños del tiempo. Porque el planeta tiene la edad del que lo cronometra con su mirada. Ya hoy Emilia Curtis dio sus primeros pasos camino de la piscina, ante la mirada encantada de sus padres, Salomé y Jeff, de Claudia su abuela y los adorables invitados catalanes. Son los primeros pasos del nuevo mundo en tanto mis zapatos se acaban.

En el entretanto me solazo en la España de la Feria del Libro dedicada a Colombia, pero no como petardo contra el Gobierno y menos como “neutro”, sino como individual celebrante. Menos mal que la Universidad del Valle no alcanzó a lanzar Mi reino por este mundo, mis poemas completos, en este evento. Los escritores de un país no lo pueden representar a la vez con su presidente, que es lo contrario, sobre todo en este caso. Lo haremos en la Feria de Guadalajara, si no persiste el veto gubernamental a los escritores adeptos del pacifismo. Que por este ridículo exabrupto estaría llamado a caer. Ante el aplauso de las naciones.

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@homtail.com

(Lea todas las columnas de Jotamario Arbeláez en EL TIEMPO, aquí)

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