Evocando a Maiacovski

Evocando a Maiacovski

Fue la voz de una gran revolución que terminó fracasando, pero el aliento del poeta pervive.

23 de febrero 2021 , 09:25 p. m.

A los placeres de zamparse en la biblioteca se suman las contrariedades del libro perdido, como a los placeres del amor las desventuras de lo que se llamaba ‘la brocha’, ese momento atroz en el que uno de los enamorados zafaba al otro. De donde se desprendía el poemario entusado o el prontuario machista. O el feminista, porque no han escaseado hombres con el ojo en salmuera o el honorable miembro en la bacinica.

Uno de los privilegios que le agradezco a la vida ha sido el de haberme provisto de un opíparo caudal de libros, que ocupan el 80 % de los muros de mi vivienda. Y otro, el pensionarme el primer día del siglo XXI, cumpliendo 60 y luego de haber cumplido a mi vez con la condena laboral que desde el Paraíso nos fuera impuesta –una profesión ajena de la que no puedo decir que no tenía ni malicia porque era lo único que tenía, como fue la publicidad, actividad deleitosa para el cerebro y los otros músculos–, lo que me permitió convertirme en un ratón de biblioteca profesional, consagrado a los siete mil volúmenes mal contados, todos adquiridos con el sudor de mis versos, mis columnas y mis eslóganes.

A muchos lectores les fastidia que hable con tanta autosuficiencia de mi libroteca, y suelen manifestarlo con repelencia, prefiriendo en cambio que sugiera de mis innombrables conquistas, que tampoco es que fueran tantas, aunque algunas muy cotizadas, de las que hablaré en su debido momento, cuando esté muerto, no sea que me adelanten la fecha. Unos practican el amor rezando, yo prefiero hacerlo leyendo. Y, desde luego, bebiendo.

Fue mucho lo que Maiacovski aportó a nuestros alaridos primarios por estos horizontes ensangrentados de los 60 que todavía no se lavan.

En estos días, al terminar de leer la desafiante biografía novelada del poeta futurista Vladimir Maiacovski, escrita por el español Juan Bonilla, Prohibido entrar sin pantalones, fui a buscar los cuatro tomos de las Obras escogidas de este genio arrollador de la vanguardia en plena Revolución de Octubre, en traducción de Lila Guerrero, impresos en los años 50 por Editorial Platina, con mis subrayados de entonces, y cuál no sería mi desagradable sorpresa al ver que ya no estaban donde estuvieron. Vale decir que casi desbarato la casa, pues para mí perder esos tomos era como para el zar Nicolás II perder el trono. “Nena, no temas / que por mi cuello de toro / hayan subido mujeres húmedas / de vientre sudoroso / Es que yo / a través de la vida / arrastro miles y miles de grandes y puros amores / y miles de millares / de amorcitos pequeños y sucios / No temas / que en la infidelidad desesperada / me acerque a mil caras bonitas / amantes de Maiacovski / Es la dinastía del corazón de un loco / amado por zarinas advenedizas”.

Qué pudo haber pasado con los libracos. En realidad, hace 50 años no los abría. Pero tenía presentes los poemas uno por uno, línea por línea, desde La nube en pantalones y La flauta vertebrada hasta las sentidas odas a Pushkin y Lenin. No los hubiera prestado a nadie, y mucho menos en paquete. Vendido, mucho menos; prefiero vender sangre o semen. Y no creo que nadie los haya sacado subrepticiamente de mi morada, donde solo entran poetas a tomar vino. ¿Se los comerían los ratones? Pero si hasta acá ya no llegan los roedores. Debí haberlos dejado en Cali, cuando tomé las de Villadiego en 1970, a hacer una pilatuna maiacovskiana, a escribir con Elmo Valencia El libro rojo de Rojas, denunciando que al general le habían robado las elecciones.
Que al final se dejó robar, y deben ser las que sus nietos estuvieron cobrando.

Fue mucho lo que Maiacovski aportó a nuestros alaridos primarios por estos horizontes ensangrentados de los 60 que todavía no se lavan. No sé si los jóvenes ahora lo leen con el mismo apremio. Fue la voz de una gran revolución que terminó fracasando, pero el aliento del poeta pervive. Tuvo el coraje de pegarse un tiro antes de que su cantada revolución fracasara. Se salvan sus versos de amor, los que dedicó a sus grandes y puros amores, entre los que se contaba él mismo en primer lugar.

“Yo, / creador de todo lo festivo, / no tengo con quién compartir este día”.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.