El profeta del desastre

El profeta del desastre

Se iba contra el establecimiento en pleno, la educación, la tradición, la moral y las costumbres.

24 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Hoy se cumplen 43 años del accidente que en inmediaciones de Gachancipá se llevó al profeta del fin del mundo, Gonzalo Arango, cuando a la altura de sus 45 años un camión de repollos le rozó la frente, que llevaba asomada por la ventanilla de un taxi rumbo a Villa de Leyva, donde yo vivo ahora la plenitud de su nadaísmo con mis 79 noviembres y su retrato presidiendo mi estudio, donde escribo las historia de su movimiento inmortal.

Habría que entrar a investigar quién era este personaje que se autodenominaba “el profeta de la nueva oscuridad”, y de dónde le salió la idea de fundar ese movimiento tan negativo, sustentado en esas tres palabras que podrían estar al pie de una piscina podrida: Nadie-Nada-Nunca. Si el mundo seguía como íbamos, Nadie sería el porvenir de la población. Nada, lo que quedaría de las posesiones. Nunca, en lo que devendría el tiempo después del hombre (que así se llamó su primera novela). Era un hijo de campesinos del suroeste antioqueño, de Andes, donde nació también el feroz panfletario liberal Juan de Dios Uribe, nombre del establecimiento donde estudiaría su primaria con Jaime Jaramillo Escobar, el famoso X-504, que en 1959, en Cali, se sumaría a su movimiento, al igual que otro compañero de claustro, Alfredo Sánchez.

Habría que entrar a investigar quién era este personaje que se autodenominaba ‘el profeta de la nueva oscuridad’, y de dónde le salió la idea de fundar ese movimiento tan negativo

Tras la caída de Rojas Pinilla, el futuro profeta, bibliotecario de la Universidad de Antioquia, donde había terminado su bachillerato junto con Fernando Botero, almas afines, y adelantado dos años de abogacía (“Una inclinación de torcerlo todo me desvió del Derecho”), hubo de huir despavorido antes de que fuera “linchado” por sus simpatías con la Asamblea Nacional Constituyente que buscaría la reelección de Rojas. Se refugió en el Chocó, en casa de un hermano, y siguió para Cali, donde lo acogió el publicista Hernán Nicholls. Este le dio hospedaje en su oficina, donde miraba cómo podía volver a Medellín con algo en las manos, o entre manos, y no como un fracasado. Hizo el inventario y vio que no tenía “nada”. Solo unos libros sobre Nietzsche y el nihilismo. Tradujo esta última palabra y le salió nadaísmo, la apoteosis de sus pertenencias que eran la absoluta carencia. Y redactó el Primer Manifiesto, contra todo lo establecido y contra la cabeza de cada títere.

Se iba contra el establecimiento en pleno, la educación, la tradición, la moral, las costumbres, el folclor, las formas poéticas y literarias en boga, la política, pero sobre todo contra la religión y el trabajo. Eso en Cali, ciudad pagana, pasaría desapercibido. Pero en Medellín: ¡anatema! Se publicó el manifiesto en Editorial Amistad. En julio del 58, EL TIEMPO lanzó la chiva en una página a 8 columnas con foto del fundador al lado de una calavera: ‘Movimiento negativo de intelectuales surge en Medellín’. Jóvenes de todas las regiones quisieron sumarse a un movimiento que no prometía nada sino el desastre, la ausencia de metas y de caminos, el despojamiento, la nada. Los primeros discípulos fueron, de Medellín, Amílkar U, Alberto y Eduardo Escobar, Darío Lemos, Cachifo Navarro, Barquillo Espinel, Guillermo Trujillo, el negro Billy, Malmgren, Luis Darío González, y de Cali, Alfredo Sánchez, Jaime Jaramillo Escobar, Diego León Giraldo, Elmo Valencia, Dukardo Hinestrosa, Armando Romero, Jan Arb. Casi todos menores de edad (la mayor parte bien parecidos), de clase media baja y de provincias. Era la verdadera derrota del centralismo.

A los 13 años Gonzalo Arango, el profeta del desastre, regresó a Cristo. Cambió la prédica de la destrucción por la redención. Declaró cesante el nadaísmo. Pero los que fuimos cesantes todo ese tiempo decidimos seguir con “el inventico”. El profeta, en vez de delegar en alguno de sus discípulos la comandancia del movimiento, se la entregó al director de EL TIEMPO, Hernando Santos, Hersán, con un ramo de mimosas sobre el pecho. Muchos pensaron que era una burla. Los nadaístas Eduardo Escobar y Jotamario escribimos estas columnas en EL TIEMPO desde hace casi 30 años, para que el nadaísmo perdure. Gloria al Señor.

jotamarionada@hotmail.com

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