El cielo es el límite

El cielo es el límite

Y me fueron lloviendo premios de literatura. Y de adehala, invitaciones a cercanos y lejanos países.

19 de mayo 2020 , 07:50 p.m.

Hasta el borde de los 30 años –y después de haber paladeado hasta el pozo de las delicias y hasta el foso de los tormentos ese primer amor que nunca termina porque reencarna en los romances que vienen–, me mantuve dándole patadas al mundo porque tal era la consigna. El mundo había quedado mal hecho y había que acabárselo de tirar. Para eso estaban los ladrillos y la palabra. Y a morir juntos. 

Pero cuando ya se abría el abismo bajo los rotos de mis zapatos, recibí el llamado de ciertas potencias espirituales que me ofrecieron llevarme de la mano hacia la plenitud en todos los órdenes –de esto hace ya 50 años–, con la condición de que cumpliera ciertas misiones con el verdadero Cristo como bandera, el Cristo pobre de la teología de la liberación y a la vez el Jesucristo Superstar de los acuarianos. Lo cual no casaba con nuestro ateísmo de cafetería, el mío y el de mi cofradía de poetas que nos presentábamos como los profetas del fin.

No estaba para ponerle peros a lo real maravilloso o a la realidad encantada. Si estaba siendo un escogido, así no viajara a caballo como el de Tarso, mal podría escabullirme por segunda vez, como lo hice en aquella encarnación anterior cuando fui Jonás. Si posaba de profeta de contrabando, ¿por qué habría de negarme a recibir la licencia? Si se me prometía además como compensación hacer realidad mis deseos. Con cierta discreción, modestia y desinterés, pues no mencioné el dinero constante y altisonante, pedí el poder de conquistar muchas mujeres, adquirir muchos libros, conocer muchos países, ingerir muchas copas y ganar muchos premios.

Mis amigos cercanos se extrañaban, y sospecho que se burlaban, porque se me estaba corriendo la teja con desvaríos angélicos y místicos y deístas. ¿Estaría metiendo cannabis Golden? ¿Yagé del Putumayo sin taita? ¿Hongos de La Miel pasados de silocibina o ácido lisérgico pasado de lisergina? Pero me veían asistir impecable de ropa y comportamiento a los empleos publicitarios que se me fueron abriendo. El principal requerimiento de esa actividad, que no conocía, era el don creativo verbal, que me venía de la infancia cuando al no disponer de juguetes me engolosinaba jugando con las palabras.

Con cierta discreción, modestia y desinterés pedí el poder de conquistar muchas mujeres, adquirir muchos libros, conocer muchos países, ingerir muchas copas y ganar muchos premios.

Y muy bien, cumplía con los eslóganes que se me presentaban en sueños, asistía a la oficina donde escribía mis columnas, dejaba el saco sobre el espaldar de mi silla y me iba a los supermercados a ver el comportamiento de las amas de casa ante los productos, y de paso a las librerías, a los bares y a los cinemas, con la tolerancia lírica de don Álvaro Arango el señor gerente de Sancho que me becó de por vida. Beso su mano. Con lo que ganaba compraba libros y más libros que leía en la oficina para inspirarme: “Con solo un Papermate Cervantes hubiera escrito todo el Quijote, sin una mancha”.

Y me fueron lloviendo premios de literatura. Y de adehala, invitaciones a cercanos y lejanos países. Y como publicitaba a los escarabajos de Varta que hacían triunfar en el deporte a Colombia, yo sacaba la cara por el país en el exterior con la poesía. Y me cayeron amores providenciales, de los que nombro uno, la Maga, de la mano de María de las Estrellas, su niña de 3 años que se fue convirtiendo en una poetisa genial hasta que tuvo un accidente que se la llevó de 13, hace 39, y el próximo año el traductor Boris Monneau lanzará sus obras completas en París, un libro de poemas y su novela ganadora en el Congreso Mundial de Brujería de 1975.

Así, una tarde llegó a mi departamento creativo Claudia Jaramillo, de 26, con una rosa y 'La casa del ladrón' desnudo, el libro ganador de María, debajo del brazo, con el embeleco de una entrevista para la emisora de la Universidad Javeriana, que no hemos podido terminar por el ajetreo. Han pasado 32 años. Salomé, nuestra hija, ya está a punto de dar a luz. Levantamos casa en Villa de Leyva. Yo tengo 80. Ella está cumpliendo 58. Gracias les doy a mis maestros san Nicolás y san Agustín por la bienaventuranza. Y espero haberles cumplido. Cristo dirá.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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