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El atraco en el taxi

El atraco en el taxi

Me atracaron mediante el cambiazo. Lo hago público para que la ciudadanía se ponga mosca. ¿Qué pensará cuando lea esto el buen Uldarico?

La semana pasada salí hacia el banco a cambiar el cheque que me giraba La Maleta Viajera por mi presentación en la cárcel La Modelo, ante un pelotón de reclusos líricos. “Mientras haya mala poesía, habrá policía”, les dije citando a nuestro poeta Zalameíta, y ellos prometieron no hacer sino de la buena. En la mañana leí en el periódico que el día anterior habían asesinado a tres taxistas en Bogotá, lo que me llenó el alma de pena. No se había capturado a los autores. Qué injusticia con este pobre gremio, pensé, humanista desde chiquito.

Me fui para el centro con mis dieciséis billetes de 50.000. En la vitrina de un almacén de ropa de caballeros vi una chaqueta de cuero estilo Marlon Brando que me daría un aire de duro, por la que pagué seis billetes. En la Librería Nacional adquirí 'Robe este libro', el mítico volumen de Abbie Hoffman, el activista gringo anarquista de finales de los sesenta, incitando al robo como alternativa contra el sistema. Me costó ochenta con el descuento de cortesía y me devolvieron uno de veinte. No encontré a ningún amigo de la época para invitarlo a almorzar, y me tocó yantar solo en La Romana, donde pagué con dos de cincuenta y me devolvieron dos de diez y uno de cinco. Caminé hasta el puente de la 26, donde paré un taxi, animado por el restaurador septimazo. Le dije que me llevara al Gimnasio Moderno, donde Federico me tenía programada una intervención.

Busqué con la mirada el tarjetón de tarifas que identifica al conductor, para darle el pésame por el infame asesinato de sus colegas, pero no estaba. Solo en la ventanilla, un teléfono de la flota lleno de unos. Abrí el celular por donde me suelo comunicar con el mundo y encontré una noticia del otro mundo, donde acababa de aterrizar Leonard Cohen. Golpetazo en el corazón. En ese momento por Laud radio sonaba 'Diamonds in the mine'. A duras penas alcancé a recordar la parte que dice: “Me dieron algo de dinero / por mi triste y famosa canción. / Me dijeron: ‘La multitud está esperando, apresúrate o se habrán marchado’ ”. Le di las gracias a Cohen por el mensaje. Soy tan listo que nada de lo paranormal se me escapa. El chofer debió darse cuenta de mi quebranto.

Llegamos. Eran ocho mil pesos. Le alcance uno de veinte. Lo miró, lo puso contra la bombilla del techo. Señor, este billete es falso. Cómo así. Cómo me van a hacer esto en la Nacional. Se lo recibí y le acerqué uno de diez. Señor, este también es falso. ¿Usted dónde estuvo? Le acerqué el otro de diez y el de cinco, diciéndole que me los habían dado nada menos que en La Romana. Están falsos. Me quedaban cuatro de cincuenta. Todos iban resultando falsos al ser examinados contra la luz. Pero si me los dieron en la caja del banco de Occidente, no puede ser. Al cuarto de cincuenta, y antes de que recuperara mi razonar, me dijo: No se preocupe, señor, me da pesar con usted, deme uno de los de diez, así sea falso, y tome las vueltas. Le agradecí por el billete de dos mil legítimo, me disculpé con la cara más inocente para que no me fuera a mirar como un estafador y me dirigí hacia mi auditorio, a enseñarle cómo la poesía maneja el mundo. Pero sintiéndome en el fondo una güeva inflamada. Me habían atracado mediante el cambiazo. Lo hago público, como ya lo hice en El País, palabras más, palabras menos, para que la ciudadanía se ponga mosca. ¿Qué pensará cuando lea esto el buen Uldarico?

Espero que el necesitado e inescrupuloso taxista (¿será este el único?), lleno de billetes falsos de todas las denominaciones para hacerle al pasajero el cambiazo, haciéndolo sentir que es el delincuente, no se haya encontrado con los asesinos del día anterior y haya tratado de hacerles la misma, pues serían cuatro.

Desde entonces solo ando en Uber. Rogando a Cohen por que los taxistas no nos descubran y nos masacren.


Jotamario Arbeláez

jotamarionada@hotmail.com

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