Cuarentena en el Paraíso

Cuarentena en el Paraíso

En pleno Génesis adámico se presentan las señales del Apocalipsis, con un nuevo virus.

24 de marzo 2020 , 06:57 p.m.

Estuve trabajando toda la vida –la vida útil, como se le dice, de la cual me quedan algunas hebras– en tres actividades para las que no había estudiado, pero en las cuales resulté apto empíricamente: la publicidad, el periodismo y la poesía.

Curiosamente 3 pes, mediante las cuales pude ir tirando, como se dice, sin necesidad de putearme. Todas realizadas con el estandarte de mi pluma de ganso con tinta Parker y, más tarde, cuando viajé a San Andrés por una de contrabando, mediante el tecleo de la Hermes Baby. Para qué me iba a servir el producto de sesenta años de bamboleo palabrero sino para terminar con una casa de campo edénica, es decir en el Paraíso, en MaraVilla de Leyva, instalado con mi última Claudia y dos perros gozques, Dina y León, con cuyos brincos por la campiña alcanzo el éxtasis zen. Mi hija Salomé desde Barcelona me ha anunciado que me va a hacer abuelo por si algo le faltaba a mi plenitud. Y mi guapo hijo Salvador me acompaña en las caminatas alrededor de La montaña mágica, nuestra casa, enfrente del cerro sagrado de Iguaque, de donde partió Bachué con su hijo a poblar la tierra.

Muy bien, instalado en frente de la chimenea y dispuesto a leer la novela de Miguel Torres, 'Breve historia de un amor sin fin', cuya protagonista se llama Dina, como nuestra poeta Dina Merlini, como mi perra, me avisan que el carro de los que venían a instalarme el internet me mató a Alelí, la cachorrita, la pupila de mis ojos aguados que debí reemplazar con León. Luego de enterrarla con todos los honores caninos bajo el manzano, y tras el duelo de mi corazón sensiblero, tomé de nuevo el libro del actor y fundador del Teatro El Local, cuando tuve noticia de la muerte de mi vecino el pintor Augusto Rendón, haciendo la misma caminata con sus dos perros y mientras desbrozaba el jardín. Una muerte muy dulce, seguramente, mas no menos dolorosa por ello. No pude viajar a Bogotá a sepultarlo, pero en su honor planté un nuevo aliso en el bosquecillo de robles.

Tenía que ser un “profeta de la nueva oscuridad” para que me pasara que cuando logré tomar posesión del Paraíso, en pleno Génesis adámico se presenten las señales del Apocalipsis, con un nuevo virus.

Vuelvo al libro, que comienza como un idilio rosa en comparación con Bukowsky, y va evolucionado hacia la tragedia de la separación obligada, como nos pasó tantas veces, y mientras le echo al hogar nuevos troncos, recibo la noticia de la muerte de Santiago García, fundador del Teatro La Candelaria, quien a través de su arte, mostrando las iniquidades de los sucesivos gobiernos, nos confirmó en el afán reivindicador. De él partió el gran teatro en Colombia, labor que continúa su valiente mujer, Patricia Ariza, con el reconocimiento del mundo.

El libro termina con la heroína Dina en un ancianato, paciente de alzhéimer, y él la descubre, va a visitarla, y mediante algunos boleros que le pone logra que reaccione y bailan una pieza que termina en un beso. Un beso parecido al que le propiné a la Merlini días pasados en el ancianato de San Andrés. A Dina, el amor sin fin del poeta Eduardo Escobar, de quien acabo de recibir la noticia de que un mastín en Medellín lo estampilló contra las baldosas, le quebró el coxis y le desgarró el pulgar derecho con el que separa las palabras, en un proceso asaz doloroso. Y en ese mismo momento entra a la casa mi adorada perrita Dina con un machetazo en el vientre propinado por quién sabe quién a quien le ladró.

Tenía que ser un “profeta de la nueva oscuridad” como nos bautizó el profeta de la oscuridad nueva, para que me pasara que cuando logré tomar posesión del Paraíso, en pleno Génesis adámico se presenten las señales del Apocalipsis, con un nuevo virus contra las todas criaturas del mundo. Y eso que el manzano no alcanzó a frutecer y las serpientes no superan el cercado electrificado. Por lo demás, desde que San Nicolás me consagró “profeta de la nueva luz en las tinieblas”, el diablo debe tenerme miedo. Ahora estoy recluido en el último rincón de mi biblioteca redactando sin parar las últimas páginas de mis confesiones, tal vez para las editoriales del viento. Un best seller para el Valle de Josafat.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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