Los años 80

No le temo a la muerte, pues he muerto tantas veces que no soportaría una nueva resurrección.

01 de diciembre 2020 , 09:25 p. m.

Nadie pensó que llegaría a cumplir 80 años, y menos respirando la plenitud en una preciosa casa de campo, con Claudia mi mujer; mis dos hijos, Salvador y Salomé, mi yerno Jeff Curtis y mi esplendorosa nieta reciente, Emilia; con los poemas completos a punto de publicarse y sin ningún mal en el cuerpo ni en el espíritu. Y me lo celebraron ayer unos pocos pero entrañables amigos con unos wiskis y un sancocho cocido en leña. Más cientos de amorosos mensajes.

Imbuido por el pernicioso pensamiento existencialista que desestabilizó a mi generación, como se imponía por esa época, no le puse fe a nada, ni a la felicidad, estado de gracia que no se correspondía con el caminar del confrontador. Sin embargo, caminé tanto que llegué al punto de partida, donde todavía me esperaba la dicha.

Mantengo la misma estatura de los 20 y de los 40, los mismos dientes sonrientes, más pelo, los mismos apetitos gastronómicos y sensuales, dado que me encuentro en el cénit con el démon de midi, pues de la operación de la próstata salí más que gratificado. Desde que me volvió a crecer el pelo y rompí todas mis fotos de calvo, los sombreros permanecen en el perchero. Y sigo en la redacción del mismo poema que se muerde la cola como la serpiente emplumada.

Sé que no es justo cantar victoria porque ello puede ofender al que sufre. Y más ahora en esta pandemia que no perdona raza ni condición social. Pero qué hacemos los que durante una vida solo cantamos derrota, incapaces de mejorar el mundo que nos legaron. Pero dejamos por lo menos el testimonio de nuestros reclamos en buena prosa.

La idea de la muerte no me ha rondado, en el entendido de que me siento más vivo que nunca por tanta vida vivida. 

Vivo incurso en los 7.000 volúmenes de mi biblioteca, al fin desempacados luego de cuatro años de sucesivos trasteos, enterándome de los títulos evaporados y gozando los reencuentros. Como un regalo de la vida, ayer descubrí por casualidad que puedo leer sin gafas. Los cuadros de los pintores cercanos y lejanos colectados en el periplo, entre los cuales hay tesoros obsequiados por Marta Traba y algunos con cierto tinte sensual, que pensé llegar a tener a la vista algún día que me sobraran paredes para inspirarme, se apilan en el último rincón del depósito para no espabilar a los visitantes menores. Pero cuando requerimos de recursos acudimos a ellos con complacencia organizando exitosas ventas de garaje.

Duermo con mi señora en la misma cama, bien lavadas las manos y a los dos metros reglamentados por la pandemia. Supone que ya no es hora de andar en los arrechuches que conducen a la arrechura, como si hubiera llegado la fecha de vencimiento, pero yo no veo por qué tengamos que ponerle peros a Eros. Para eso tomo vino Sansón. Ella es rigurosa, hacendosa, higiénica y fotogénica. Desde niña anheló vivir con un poeta y en una bella casa campestre. Se construyó la más bella y en un sitio maravilloso, las afueras de MaraVilla de Leyva. Alzamos en un año, con esfuerzo y delicadeza, la estructura mediterránea. Al pie del cerro donde comenzó el paraíso para los muiscas. Todo un palacete, un templete, la casa del amor que cantaba Eliana. Pero un bromista en un sueño me sopló que estaba viviendo en un rancho de pajas. Cuando los sueños se cumplen no dejan de mantener un resquicio para la risa.

La idea de la muerte no me ha rondado, en el entendido de que me siento más vivo que nunca por tanta vida vivida. A lo sumo la evoco como un sustantivo para ser tratada en mis prosas, que no evaden tema escabroso como el incesto, la coprofagia, la traición a la patria y la gonorrea. No me arisca, y con mi salud de hierro la enfrento. Una salud como la de Whitman a los 37, cuando comenzara a cantar la hierba. El día que venga por mí, me iré de gancho con ella como lo he hecho con mis doce pares de costillas, de las cuales me queda el privilegio de conservar la flotante. No le temo a la muerte, pues he muerto tantas veces que no soportaría una nueva resurrección.

Para satisfacer mi último afán, acudiría por la red a la última fan, corroborando así que la palabra acariciante de la poesía es el eterno curalotodo. Y habré llegado.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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