La biblioteca de papel

La biblioteca de papel

Los libros me han hecho feliz cuando los he poseído y también llorar cuando los he perdido.

11 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

Vuelvo con un tema que he venido trillando desde no sé cuántos evos. El de los tres amigos del alma que nunca dejaron de acompañarme y a los que debo devoción y loores: los licores, los libros y las mujeres.

No sé cuántas botellas espirituosas he ingerido en mi vida, desde la tapetusa o aguardiente sin estampilla de los tiempos primeros, cuando la vida era próvida en emociones primarias pero avara en satisfacciones de marca, hasta esos momentos de decadencia romana cuando hube la oportunidad de saborear whiskies selloazules, que me tiñeron la sangre. Con la calentura por la salvación del mundo y un hígado bien acerado, todo caía de perlas a las bravuconadas de la embriaguez en la veinteañera, cuando no había necesidad de buscarle causa a la rebeldía. Del gobernante hacia abajo todo era desobedecible, las verdades del profesor, las amonestaciones del cura, las reglas familiares y hasta las prescripciones del médico.

De las mujeres mejor no hablar, ni de la cantidad ni la calidad, porque los varones van a pensar que se pavonea y las femineístas, que se las está pordebajeando, al considerarlas mercancías adquiridas, así vencida la prueba de los períodos hayan regresado por sí mismas al almacén. Válgame Zeus. Si las mujeres han sido mi tabla de salvación cuando me he estado hundiendo por culpa de las anteriores. Cada mujer es una diosa, sobre todo la que reemplaza a la destronada. Y así sucesivamente. A todas las dejo bien clavadas en su pedestal, para en el recuerdo adorarlas.

Desde el inicio de los 60 los periódicos nos abrieron las puertas de sus páginas para despotricar de lo lindo, dado nuestro empleo original del ludibrio.

Ahora vamos con los libros, esos que sí me han hecho feliz cuando los he poseído, orgulloso cuando los he ubicado en la biblioteca y llorar si los he perdido. Como en mi primera juventud se me hacían tan difíciles de adquirir, habiendo quedado enviciado con las primeras lecturas a la abuela de 'Nuestra Señora de París', 'El conde de Montecristo' y 'El hombre de la máscara de hierro', trabajé en la publicidad y en el periodismo para hacerme cada día con por lo menos un tomo e invitar a las chicas a mostrárselo con un drink. Era en las épocas en que sin celular trinaba contra el establecimiento, hasta que me di cuenta de que este terminaría derrumbándose bajo el peso de sus propias contradicciones, mientras lo que yo tenía que hacer era resistir escribiendo ficción para no morir. Y qué más ficción que hablar de uno mismo, como San Agustín, Juan Jacobo, Miller y Vargas Vila. Nunca salí a la calle sin un libro bajo el sobaco, o varios en la mochila. Son lo que me da peso en la cola.

Desde el inicio de los 60 los periódicos nos abrieron las puertas de sus páginas para despotricar de lo lindo, dado nuestro empleo original del ludibrio, a diferencia de los camaradas que utilizaban unos panfletos roñosos con estereotipadas consignas que no motivaban a naiden. Y que naiden les publicaba aparte de sus propios pasquines que no leían sino sus militantes ya convencidos. Del periódico 'Voz' me pidieron que les aportara un eslogan que les diera credibilidad y confianza ante más amplios públicos, y cuando se los redacté me mandaron a la quinta porra, no sé por qué. Decía sencillamente: ‘En Voz confío’. Igual los de la Anapo, que cuando antes del famoso 19 de abril me pidieron el eslogan para llamar a la plebe al voto les presenté: ‘La yerba es verde pero la esperanza es Rojas’, me mandaron al fregadero. Por eso me metí a hacer la publicidad de productos más serios, lo que me permitió seguir adquiriendo libros preciosos de literatura, hasta colectar 7.000 volúmenes. Los cuales he tenido almacenados en cajas por espacio de 4 años por sucesivos trasteos hasta instalarme a mis anchas en La Montaña Mágica, en las afueras soleadas de Villa de Leyva, donde me refocilo leyendo y escribiendo mis columnas de prensa y mis poemas en prosa.

“¿Qué haces en estas vísperas de fin del mundo organizado una biblioteca con un scotch en la mano y atendiendo novias por internet?”, me dice mi conciencia cuando me acuesto con ella. Algunos de mis amigos se fueron en esa faena, entre otros el venerado R. H. Moreno Durán, a quien sigo leyendo para que no muera.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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