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Adiós, Andrea

Adiós, Andrea

Si ha habido una niña que me recuerde a la mía perdida, por su belleza y gracia, ha sido ella.

20 de abril 2021 , 09:25 p. m.

HHace 40 años exactos me llamó por teléfono su abuelito para decirme que mi hijastra de 13 se había estrellado de madrugada en el carro de alquiler en que iba hacia Tunja, conducido por su amiguito de similar edad, y se había matado. No se puede sentir un dolor más grande. Morir de dolor puede no implicar dejar de existir, pero tal muerte dolorosa persistirá en el sobreviviente. Esa niña, que era poeta, y desde los 7 años había publicado libros, tendrá un renacimiento glorioso con la publicación en París de su obra completa, traducida por el intelectual Boris Monneau. “En juego largo hay desquite, en el más acá o en el más allá”, siento que me dice mi niña con una sonrisa, desde una de las imágenes del templo que le he dedicado.

Todos los días escribo diez horas con su retrato pintado por Jaime Rendón enfrente de mi teclado. Y en cada estancia de la casa hay otro retrato que me canta o me susurra cada vez que paso. Señalándome temas para escribir y para celebrar la existencia de los vivos y los ausentes. Y cada día leo algo de sus libros impresos o inéditos y cuando me encuentro algún verso como “Cuando esté grande no voy a hacer más poemas porque de chiquita hice muchas cosas y cuando esté grande me convertiré en flor”, el alma se me aliviana más todavía. No hay amor más grande que el de los hijos, contado el de los padres y la pareja.

Años después tuve con la novia providencial mi primera hija, que con su hermosa presencia vino a suplir el vacío, pero no a suprimir la laceración. Y quien me acaba de dar la primera nieta, que me está permitiendo conocer a plenitud la felicidad, de la cual no conocía sino la f. Pero ni aun el milagro genético de una nueva vida maravillosa logra extinguir el pesar de la pérdida. A pesar de los pesares María de las Estrellas sigue viviendo a mi lado, y tomado de su mano sigo escrutando caminos. “¿Verdad, María?”, le pregunto. Y uno de sus retratos me dice: “Jotacito, tienes que escribir sobre Andrea”.

El teléfono sonó para informarme que en la película de la vida de Andrea había aparecido la palabra Fin. Se reactivó mi dolor pasado con el presente, ampliado por los que percibo de sus padres.

Si ha habido una niña que me recuerde a la mía perdida, por su belleza y por su gracia y por su prematura dedicación a las letras, ha sido Andrea Echeverri. La conocí desde que sus padres apenas se aproximaban. Era en los primeros años del nadaísmo, cuando llegué con mis profetas Gonzalo Arango, Amílcar Osorio y Elmo Valencia a tomarnos a Manizales. El primer joven que se nos aproximó fue Jaime Echeverri, quien se mantenía restregando la hipermetropía incipiente. Ya le estaba echando el ojo a una jovencita que se llamaba Rosita. Que con el tiempo sería una activista cultural de primer orden y promotora de sus amigos. La alegría personificada. Sus fiestas literarias marcarían una época jubilosa.

Cuando lo volví a ver en Bogotá ya estaba casado con Rosita Jaramillo y compartían la flor del milagro. Esa niña que a medida que crecía iba siendo el asombro de todo el mundo. Todo el tiempo exhalaba felicidad. Su belleza sonriente despertaba la admiración, que creció cuando fue mostrando sus frutos literarios convertidos en becas, en libros y en premios.

El matrimonio terminó separándose pero allí siguió la criatura dando fe de lo que fue un intenso amor, tan pasional como literario. Siempre la seguí con los ojos deslumbrados por su belleza sonriente y por su talento. Esta niña va a ser un orgullo de Colombia y de sus amigos, pensaba. Y lo es. Porque su vida literaria que ahora empieza de veras le dará un mentís a su muerte.

El teléfono despiadado sonó para informarme que en la película de la vida de Andrea había aparecido la palabra Fin. Se reactivó mi dolor pasado con el presente, ampliado por los que percibo de sus padres atribulados. Y de Carmela, su tía; de Diego su compañero y Tomás su hijo. El rayo de la desgracia no perdona a personas nobles y justas. Todos los poetas la lloran. Todos los amigos. Todos los que la vieron pasar. La escritora y cinéfila más prometedora y que cumpliendo la promesa vieron pasar. Como desgraciadamente suele pasar.

Ay, mis amados Jaime y Rosita, a veces duelen más los consuelos, queda llorar.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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