Poeta mordido por perro

Poeta mordido por perro

Superé muchas cosas para venir a morir por la mordedura de un perro en este sendero de flores.

03 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

A Jimena Hoyos Sousa.

Sobreviví a la violencia de los 40/50, cuando los ‘pájaros chulavitas’ no respetaban la vida de los liberales adultos ni de sus hijos y animales domésticos; sobreviví en Madrid a la caída del avión Olafo de Avianca sobre Mejorada del Campo, proveniente de París para recogerme y devolverme a Colombia; sobreviví a los amenazantes anónimos de un marido celoso que posaba de sicario en motocicleta; sobreviví al mal de ojo, única enfermedad que he padecido, aparte de una venérea de cariño, maleficio que me inoculó una hechicera por haberla cambiado por otra bruja que fortunosamente tenía la contra; he sobrevivido al covid-19 por estar encerrado en La Montaña Mágica, la casa de campo que logré construir en las afuera de MaraVilla de Leyva para sentarme a terminar de escribir la historia de mi vida y de mi generación titulada Los días contados. Superé todo esto, para venir a morir por la mordedura de un perro en este sendero de flores, pensé cuando sentí la tarascada de uno de los perros del vecino, mientras en medio de la ladradera de cinco caninos yo aplacaba a los dos míos con mantras comenzando por Ommm.

De citadino radical camorrero ahora andaba convertido en pastoril caminante de botas Timberland y cayado silvestre, circulando por entre millares de dientes de león que se inclinaban a mi paso. Todo un bienaventurado recibiendo una dentellada en la pantorrilla siniestra. Sentí que me iba subiendo una rabiecita, pero pensé que eso era lo primero que debía evitar. Y que se diera cuenta mi guardia pretoriana canina del ataque a mansalva que había sufrido, no fuera que se sucediera una batalla campal, que aquí cabe el término. Mi mujer y mi hijo y el carro estaban en Bogotá, de modo que bien me podía tragar la tierra. Pero estaba nuestra servicial Alejandra, quien me subió la manga del pantalón, lavó la herida de la pantorrilla con jabón de ropa y me aplicó gel de aloe vera, compresas de ajo y cataplasma de lavanda. Y marchó a donde la vecina a preguntarle si el perro estaba vacunado. Cuál de los tres sería, preguntó, y los dos perritos pequeños señalaron a Kayser, como dijo que se llamaba. Estaba vacunado. Y la señora Elena, sinceramente compungida, facilitó el comprobante.

De citadino radical camorrero ahora andaba convertido en pastoril caminante. Todo
un bienaventurado recibiendo una dentellada en la pantorrilla siniestra.

Mientras nuestra eficaz servidora hacía esa vuelta, abrí uno de los libros que permanecen al lado de mi butaca, Jonás y la ballena varada, de José W. Montes, y abrí al azar. Un hombre llega a su casa y su mujer lo recibe con el consabido rapapolvo: “–Eres un puerco. Has ensuciado mi alfombra. ¡Qué manchas horribles! ¿Qué es eso? ¿Barro, greda? –Se llama sangre. Deberías estar circulando en mis venas. Pero un perro me clavó los dientes en la pantorrilla izquierda”. Quedé frío. Se me erizaron piernas y brazos.

Aleja se marchó, y me quedé repasando mis poemas a ver dónde figuraba la palabra ‘perro’. Encontré uno al estilo oriental: “Le cantábamos a la luna / y ladraban los perros. / Pero nosotros queríamos / que ladrara la luna”. Encontré otro más bien mordaz: “Todos los perros que conozco me han mordido en lugares por donde nunca he pasado”. Que complementaba con este, en clara alusión a Lorca: “Me han mordido más perros que los de ningún horizonte”. Y este que volvió a escalofriarme: “Fuimos más lejos de donde nos dijeron que el perro estaba peligroso / Y comimos el pan del perro en la casa del perro / Pobre perro había muerto de rabia”.

Madrugué muerto del culillo y mi mujer, que llegó volando, me condujo al nuevo Hospital San Francisco, que técnicamente se puso en marcha. Me atendieron solícitos y afectuosos bajo todas las precauciones el doctor Gary de la Cruz y la enfermera Diana Alarcón, quienes me aplicaron la antitetánica, la gentomicina y el diclofenaco. Con ello podría considerarme un hombre fuera de peligro. La presentación de la vacuna de Kayser lo salvó de ser investigado y amonestado. Pero me sigue preocupando que en el párrafo siguiente del libro del profeta Jonás cuenta que el perro lo volvió a morder dos días después en la pantorrilla derecha. Lo que soy yo no me vuelvo a mover de casa.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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