Alejandro Obregón, ‘El último cóndor’

Alejandro Obregón, ‘El último cóndor’

Mañana 4 de junio se cumplen 100 años del nacimiento de este pintor inmortal, desafiante y frentero.

02 de junio 2020 , 07:48 p.m.

La primera vez que vi a Alejandro Obregón estaba desnudo y mojado, saliendo de un clóset en una fiesta burguesa en casa de Gino Facio, de la cintura de una glamurosa señora de Cúcuta, recién egresados de la piscina. Me guiñó un ojo mientras se calaban sus respectivos trajes de baño y salían. Me quedé lelo. Fue en junio de 1964, después de la presentación de la obra Marat-Sade, cuando los festivales de arte en Cali. Yo me había metido en un cuarto que vi vacío, en busca de un rinconcito, cuando la aparición del titán de la plástica en uso de sus facultades de seductor.

Así era él, desafiante, frentero y desparpajado, como a mí me hubiera gustado ser. En el hall charlaban Marta Traba, Raquel Jodorowsky, Atahualpa Yupanqui y Gonzalo Arango. Alrededor de la piscina se desarrollaba la fiesta corrida. Y chumbulum.

Fausto Panesso me informa que el día de mañana 4 de junio se cumplen 100 años del nacimiento de este pintor inmortal, más colombiano que el cóndor y la violencia, aunque nació en Barcelona, pues desde los 6 años se instaló en Barranquilla. Antes de dedicarse de lleno a la pintura manejó camiones de 20 toneladas en el Catatumbo, tal vez mientras Gabo vendía enciclopedias en La Guajira. Y como le siguieron gustando las actividades exóticas trabajó con Marlon Brando en la película 'Queimada', desempeñando el papel de oficial del ejército invasor inglés a esa hipotética isla antillana.

Fue amigo de Fausto Panesso. Quien, aparte de haberle dedicado preciosas páginas críticas, desde hace 28 años viene trabajando
el recuento de los últimos cien días
del pintor, que son un misterio.

Obregón pensaba que su pintura era poesía: “Mi poesía es pintar, yo no escribo poemas, garabateo, hago boceticos para recordar cosas... no hay nada que registre más que la palabra, y no hay nadie tan vulnerable como un poeta, es permeable”. Así, en alguna antología de la poesía colombiana he visto algún poema suyo, tal vez el de Blas de Lezo, el teso. Y así nos dejó este precioso poema, basado en una íntima visión plástica: “Fraguó en basalto / una pequeña ola / para dar sentido / a la corriente. / Rayando signos en la playa / desvió los alcatraces. / En las raíces húmedas, de los mangles, / sintió el frío de la noche / y escamas de lebranche / reflejaron su forma / antigua en la montaña. / Tajó la sierra, / talló canteras improbables, / Aconcagua, Chimborazo y Cotopaxi. / Llegó al fin... / y una piedra gris / cayó en el agua”.

Y seguía diciendo: “A mí me ha gustado tener amigos poetas, porque es más fácil perdonarles cualquier cosa, como si les debiera algo. Tengo la teoría de que en este lío de la pintura mi generación me ayudó mucho: Cote, Cepeda, Gabo, Gaitán-Durán, Fuenmayor”. A Cepeda le ilustró sus 'Cuentos de Juana' y a Gonzalo Arango le hizo la carátula para 'Sexo y saxofón'.

A esos grandes amigos habría que agregar al poeta, novelista y pintor Héctor Rojas Herazo y al poeta y crítico de arte Mario Rivero. Con los dos últimos tuvo una empatía tal que se desprendieron de sus plumas y sus pinceles en la misma fecha, el 11 de abril: Alejandro de 1992, Héctor de 2002 y Mario de 2009. Así como Mario había nacido en la misma fecha que su alma gemela María Mercedes, un 24 de mayo, Rivero del 32, la Carranza del 45. Alguna magia hay en las coincidencias del morir y nacer.

Como le encantaba tener amigos poetas, más por poeta que por crítico, fue amigo de Fausto Panesso. Quien, aparte de haberle dedicado preciosas páginas críticas, desde hace 28 años viene trabajando el recuento de los últimos cien días del pintor, que son un misterio, en confidencias de Diego Obregón. Y fiel a la memoria del amigo, se apresta a publicarlo en el libro 'El último cóndor'.

Su deceso se debió a un tumor cerebral, o tigre agazapado en el cerebro, como le decía, del cual fue operado en Estados Unidos. Entre enero y ese definitivo 11 de abril estuvo recluido en su casa de Cartagena, en la Esquina de la Factoría, escoltado solo por sus hijos Rodrigo, Silvana, Diego y Mateo, quienes en ese lapso no permitieron la entrada de nadie, ni de sus grandes o turbios amores. Murió en los brazos de Silvana, mientras la miraba a los ojos ansiando que estuviera embarazada. Su gloria suprema habría sido la de contemplar a su nieto.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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