Adiós y gracias, Jota Mario V.

Adiós y gracias, Jota Mario V.

Gracias, pues, querido Jota, por permitirme recuperar mi identidad.

18 de junio 2019 , 07:00 p.m.

No sé hasta qué punto intrigada o preocupada comenzó a recibir mi señora llamadas telefónicas de pésame por mi súbita defunción en Cartagena de Indias. Aunque no estaba en casa, ella estaba segura de que no andaba muy lejos, pero con una tarjeta ilímite uno puede ir a cualquier parte y volver, a almorzar o tirar una cana al aire, menos a morir. Me lo contó cuando llegué medio muerto de una sesión con los ángeles que en algún libro de mi tocayo aprendí a reconocer y venerar aquí en la Tierra como habremos de hacer en el cielo. Tengo que reconocer que se me salieron las lágrimas. No todos los días se le muere a uno el sosias.

En el fondo lo amaba, a pesar de que en 1979 estuvo a punto de hacerme desaparecer. Yo era un poeta, si no exitoso por lo menos farolero, que llevaba veinte años en el repique del cambio del mundo a través de la poesía. Los dos últimos lustros, aprovechando el pelo largo y mi cercanía con el zen, me había metido de cabeza en el ‘hippismo’, viviendo de la magia de mi adorable compañera la Maga, que leía el tarot en el pasaje de los niños de las flores de la calle 60 y luego en El Templo, detrás del Hilton. Entretanto, este Jotamario sin apellido, pues había renunciado al Arbeláez para ser reconocido de un solo golpe como Jesucristo, Aurobindo o Vivekananda, se entregaba a formar para la literatura a la prodigiosa hija de la Maga, María de las Estrellas.

En 1970 habíamos abandonado Cali el poeta Elmo Valencia y yo. Llegamos a tomarnos la capital empezando por escribir y publicar El libro rojo de Rojas, en el que denunciábamos y comprobábamos el fraude electoral del 19 de abril. Como no nos llenamos de oro con esa aventura editorial, ni con el eslogan lisérgico que habíamos acuñado de que ‘La yerba es verde pero la esperanza es Rojas’, que nos habían rechazado, hubimos de recular en La Miel, un campamento a la orilla del mismo río, en busca de vivir entre los hongos sagrados y contemplar en un cielo desnivelado las nubes convertidas en orgiásticos encuentros de kamasutras o en ardientes batallas de samuráis.

Nos cruzamos dos o tres veces, y todo fue camaradería. No lo seguía por TV, pero sabía lo que hacía: entretener y hacer rabiar a los colombianos. Todo ser humano es un concepto para los demás.

De repente comencé a sentir que en todas esas partes donde me miraban con recelo, cuando pronunciaba mi nombre huérfano de apellido me hacían la venia, me decían ‘pase por aquí o por allá, ¿en qué podemos servirle?, ¿qué le provoca, señor Jotamario Valencia?’. Deduje que pensaban que los dos poetas nadaístas caleños éramos uno solo. Pero no, había aparecido un personaje insólito, nada menos que en la televisión en colores, y, aunque se llamaba J. Mario Valencia, se hacía llamar Jotamario a secas, como el suscrito. Mi pretendido nombre de plata martillada con el que había firmado tanto estropicio no había alcanzado a codificar.

Forjamos entonces la explicación de que el aparecido era un hijo natural de los poetas Jotamario y Elmo Valencia, y que por eso llevaba el apellido de la mamá. Y me dediqué a escarbar los borradores de poemas que traía de Cali y a trabajarlos para concursar en el premio de la editorial Oveja Negra, de García Márquez, que era bastante carnudo. Me lo gané y retomé el apellido, Jotamario Arbeláez. A lo que el bobito de la televisión, como lo llamaba Pacheco, tuvo que nombrarse Jota Mario y agregar el apellido. Y así nos fuimos diferenciando, pero, aun hasta ahora, en algunas lecturas del poesía, al presentador se le escapa el lapsus de apellidarme Valencia.

Nos cruzamos dos o tres veces, y todo fue camaradería. No lo seguía por TV, pero sabía lo que hacía: entretener y hacer rabiar a los colombianos. Todo ser humano es un concepto para los demás. Así, cada uno somos seres disímiles, según el criterio, imposibles de unificar. Así fue Jota Mario Valencia, lo que le permitió, como a Álvaro Uribe, ser a la vez la persona más amada y la más detestada.

Gracias, pues, querido Jota, por permitirme recuperar mi identidad. Más jodida la tuve con J. Mario Bergoglio, pero pronto se transformó en Francisco. Menos mal.

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