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Adiós a la muerte

Adiós a la muerte

Le dije a la Muerte que no comería callado en tanto sus secuaces amenazaban con dejarme solo.

05 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

Ahora que soy propietario no solo de una hectárea de Paraíso sino de dos metros cuadrados de cementerio que gané en una rifa, lo que me pone en paz y a salvo de juicios finales con la tierra, con el cielo y con el infierno, si existen, me tomo la libertad de tratar de recuperar, en una playa nudista del Mediterráneo, enfrente de la residencia de mi yerno, mi hija y mi nieta, algunas de las notas consignadas en la agenda con carátula de Van Gogh que perdí en casa de Dalí, en Cadaqués.(Lea además: Gracias mil a la Librería Nacional)

Nunca había visitado Barcelona pero aquí estoy, así como antes de irme con mi música a otra parte, estoy seguro de que pisaré Buenos Aires, Estambul y la isla de Pascua, como gallo que no se contenta con las gallinas anteriormente pisadas. Trataré de conservar la prosodia:

Tomé el autobús de la poesía y me bajé en la estación que no era. En lugar de en una sociedad feliz dorada por el sol de Utopía, en donde me encontré desde que nací fue en un matadero. Por donde pasaba la vista solo encontraba cuerpos cayendo. Abatidos por los plomos del odio. No solo hombres y mujeres; también niños que rodaban por el tobogán al desfiladero, y hasta los animales del campo, despellejados vivos para pavor de sus dueños. Ya el autobús había partido de retorno a la infancia y no me quedaba más remedio que enfrentarme a la Muerte con mis costillas flotantes y mi ya vieja aunque nunca obsoleta máquina de escribir de letras cuadradas.

Para darle en la jeta llegué a expresar como aprendiz de filósofo que la Muerte no existe, porque mientras se está vivo no cuenta y en cuanto uno muere no registra. Ya por el solo hecho de haber nacido y haber paseado las quimbas por este lacrimatorio desaparece la noción de la inexistencia. El que asomó a la vivencia por el agujero de la matriz ya quedó marcando más existencia perpetua que calavera. Y eso sin contar con el alma, que es la que más persevera.

La Muerte ofreció perdonarme la vida si pasaba agachado. Si no ponía mi grito en mitad del cielo contra los armadores de la camorra.

El alma, vida mía, ese sí que era otro galimatías por resolver. No se la podía negar de una porque con qué alientos se iba a sostener esa negación. Se suponía que era lo que daba respiración al ser vivo, contados los humanos y las humanas entre mamíferos, aves, reptiles, batracios y peces, sin olvidar los y las insectos, anfibios, moluscos y microbios. El alma es lo que no aniquilan las balas y lo que permite que uno se concrete apuntando con el dedo a los bastardos asesinos del inocente.

Enfrentarse a la Muerte podía llegar a ser un suicidio. Un amigo poeta que murió antier me enseñó a cuestionar a los enemigos de la vida y a quién más que a esta zarrapastrosa. Quien me dijo que a ella no le hiciera ningún reclamo, sino a los que obturaban el gatillo de su presencia. Que ella, como la vida, era lo más natural del mundo. Que ella no ataca al ciudadano, sino la enfermedad, el accidente, el suicidio, el asesinato, la mortandad.

La Muerte ofreció perdonarme la vida si pasaba agachado. Si no ponía mi grito en mitad del cielo contra los armadores de la camorra. Si permitía que una pila de verdugos con distintas sierras continuara rebanando troncos, que no de árboles. Solo tenía yo una cabeza para perder, pero bien pegada a su tronco. Le dije a la Muerte que no me comprometía a comer callado en tanto sus secuaces amenazaban con dejarme solo. Porque de qué vale la vida por los anchos corredores de una existencia sin cofrades.

En vista de que eres poeta, me dijo, voy a permitirte que apostrofes al viento, pues bien sabido tengo que las palabras del poeta no alcanzan a impresionar ningún tímpano. Pero has de saber de mí si te pasas de listo. Acepté la gracia.

Y desde este lugar increpo hoy a los hacedores de guerra, los grandes industriosos del acabose, los que consideran un peligro a los pacifistas, los que fabrican fraudes, los que corrompen. Puede ser que en el aire reboten mis palabras, pero tengo la esperanza de que las paredes me oigan, y hasta las sordas tapias. El cuerpo de Colombia no soporta más muerte. Ni más muerte ni más guerra. Me juego la cabeza cantando. ¡Guerra a la guerra! ¡Muerte a la mala muerte!

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@hotmail.com

(Lea todas las columnas de Jotamario Arbeláez en EL TIEMPO, aquí)

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