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Veinte años de una masacre atroz

Veinte años de una masacre atroz

Contar esta historia es recordar una época aciaga, que evidenció la falta de respeto por la vida.

03 de marzo 2020 , 07:37 p. m.

El pasado 16 de febrero se cumplieron veinte años de haberse perpetrado una de las masacres más atroces que se registran en la historia de Colombia. En efecto, el 16 de febrero del 2000 ingresaron a El Salado, corregimiento de El Carmen de Bolívar, al mando de Uber Enrique Bánquez Martínez —‘Juancho Dique’—, un paramilitar que cumplía órdenes de Rodrigo Mercado Peluffo —alias Cadena—, 450 hombres de las Autodefensas Unidas de Colombia. Llegaron con el propósito, según ellos, de acabar con un poblado donde todos era auxiliadores de la guerrilla. Durante cinco días sometieron a los pobladores. Después de haber asesinado a cuanto campesino se encontraban en el camino, reunieron cerca de la iglesia a todo el pueblo para que presenciara el asesinato de dieciocho personas.

Rodrigo Mercado Peluffo, un sanguinario jefe paramilitar que sembró el terror en todo el territorio de Sucre, segundo al mando del bloque Héroes de los Montes de María, recibió de Salvatore Mancuso, Carlos Castaño y Rodrigo Tovar Pupo, ‘Jorge 40’, la orden de organizar un grupo de paramilitares para cometer una acción atroz: tomarse El Salado. En la finca El Palmar, de San Onofre, reunió a sesenta hombres para entrenarlos con el propósito de perpetrar una masacre. En dos camiones salieron el 15 de febrero, en la noche, de San Onofre. Cerca de Carmen de Bolívar se encontraron con otros dos grupos de paramilitares. Su misión era entrar a El Salado, a sangre y fuego, para someter a sus pobladores. Iban fuertemente armados: fusiles, revólveres, cuchillos y, desde luego, motosierras.

Los pobladores de este corregimiento presentían que algo grave iba a pasar. Según una crónica escrita por Marta Ruiz, publicada en la revista ‘Semana’ el 30 de agosto de 2008, dos meses antes de la masacre un helicóptero sobrevoló el pueblo para dejar caer sobre sus calles polvorientas un mensaje donde decía: “Cómanse las gallinas y los carneros y gocen todo lo que puedan este año porque no van a disfrutar más”. Al mes siguiente, hombres armados detuvieron en la carretera que conduce al Carmen de Bolívar un campero. Sus cuatro ocupantes fueron asesinados. Por esos días, una mujer que trabajaba en el poblado como enfermera, Deicy Méndez, recibió una llamada de una amiga donde le advertía que abandonara El Salado “porque algo grave iba a ocurrir”. Ella atendió el consejo.

La incursión violenta de los paramilitares en esta población, donde asesinaron a 66 personas y produjeron el desplazamiento de los pobladores, tuvo un antecedente: hombres armados perpetraron una masacre tres años atrás. Ese día asesinaron a la maestra de la escuela y a cuatro personas más. Con lista en mano, los hombres recorrieron sus calles. Habían sido enviados por ganaderos que fueron víctimas de extorsiones y de robo de ganado en sus haciendas. Culpaban de esas acciones al frente 37 de las Farc, bajo el mando de Martín Caballero, que tenía asiento en Los Montes de María. El hostigamiento que este grupo armado le hacía a los diez policías que brindaban seguridad obligó a que la institución los sacara de allí antes de que los asesinaran. El Salado quedó entonces a merced de la guerrilla.

Los excesos que los hombres al mando de Uber Enrique Bánquez Martínez, ‘Juancho Dique’, cometieron en esta incursión armada que Colombia recuerda con estupor no tienen nombre. Un paramilitar que llamaban ‘Gallo’ buscó, casa por casa, “a la mujer que él creía era la novia de Martín Caballero”. Cuando la encontró, no tuvo ningún inconveniente, después de ultrajarla, en descerrajarle en la cabeza cinco tiros que acabaron con su vida. Una muchacha de 16 años, Nayibis Contreras, fue arrastrada por otro paramilitar, y amarrada a un árbol frente a la iglesia le tocó ver cómo, sobre una mesa, los hombres desmembraban los cuerpos de las víctimas ante los ojos de los pobladores. Fue violada en una casa por 40 hombres que cometieron toda clase de vejámenes contra su dignidad de mujer.

Hace veinte años, Colombia se estremeció con los relatos de los sobrevivientes de esta masacre que dejó en los pobladores de El Salado un dolor que todavía hoy llevan en el alma por la sevicia con que actuaron los paramilitares. Para ellos lo más grave de esta incursión violenta fue darse cuenta de que, no obstante todos saber que algo iba a pasar, la Fuerza Pública solo apareció a los cinco días, después de que los asesinos abandonaron esas calles donde sembraron desolación y tristeza. Contar esta historia es recordarle al país una época aciaga, que evidenció la falta de sangre en las venas de unos hombres que no tenían respeto por la vida y que a su paso por pueblos y veredas dejaron esparcida sangre de colombianos inocentes que su único pecado fue encontrarse entre dos fuegos.

José Miguel Alzate

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