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Un escritor que juega con la intertextualidad

Un escritor que juega con la intertextualidad

Macondo en llamas explora en algunos cuentos el alma humana y el desespero que producen los celos.

29 de noviembre 2020 , 11:25 p. m.

Que un libro tenga como título Macondo en llamas le hace pensar a uno que alguien intenta hacer desaparecer, a través de la ficción, el espacio geográfico creado por Gabriel García Márquez. ¿Podría existir un escritor convencido de que es tiempo de acabar con el mito de ese pueblo? Esa fue la pregunta que me hice cuando, en una librería bogotana, me encontré este libro escrito por Rolando de la Cruz, un autor cartagenero. No puede ser que alguien quiera hacer desaparecer el pueblo de Cien años de soledad envolviéndolo en llamas, me dije. Aunque en la imaginación todo cabe, me parecía imposible que un escritor quisiera destruir lo que García Márquez creó. Al tomar el libro en mis manos pensé que era una novela. Pero al abrir sus páginas descubrí que era un libro de cuentos cortos.

¿Qué me encuentro al internarme en la lectura de este libro de 130 páginas que recoge 41 cuentos publicados todos en portales de internet de contenido literario? ¡Oh, sorpresa! Lo primero, que la intencionalidad del título no reflejaba el hilo argumental de la obra. Macondo en llamas es un cuento, el último del libro, que no tiene relación alguna con el acabose del pueblo imaginado por García Márquez, como lo pensé al ver el título. Al contrario, es un relato que exalta la que Mario Vargas Llosa denominó en Historia de un deicidio de imaginación luciferina del hijo del telegrafista de Aracataca. La narración utiliza los recursos de la intertextualidad para hacer un juego sorprendente entre El llano en llamas, de Juan Rulfo, y el Macondo creado por nuestro premio nobel.

¿En qué consiste el juego literario de Rolando de la Cruz en este cuento que llama la atención por ser una narración de apenas dos páginas donde se advierte el recurso intertextual? Para explicarlo tendríamos que tener en cuenta una parte del epígrafe del libro. “Todo escritor que crea es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad”. Es una frase de Juan Rulfo. El autor recrea a Macondo utilizando los personajes de El llano en llamas. Lo hace con sutileza. Macario, uno de los personajes del escritor mexicano, le reclama al escritor por esta frase: “El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de la cama lo tuvo despierto”. Es cuando le dice: “¿Qué me ves, copión?”. Le habla así porque García Márquez lo mira con prevención.

La intertextualidad se descubre en la mayoría de los cuentos de Rolando de la Cruz. El coleccionista, por ejemplo, es una ficción bien lograda, escrita en primera persona, donde un hombre reacciona admirado cuando descubre a Walt Whitman tomándose un tinto en un bar. Como es un gran lector de poesía, se le acerca para mostrarle orgulloso el libro que está leyendo en ese preciso momento, que es del poeta nacido en Camden. Por esta actitud, se gana la confianza de Whitman, quien lo invita a su casa. El poeta aprovecha para abusar sexualmente de él. Entonces el extraño lo asesina. Luego mete su cuerpo en una maleta y se lo lleva para Nebraska, donde vive. Le quita la barba y, después de enterrarlo, la pone en una repisa como trofeo. Allí está también el dedo meñique de Herman Melville.

Pito Solo es un cuento bien estructurado, que entretiene al lector. Es la historia de un hombre que llega, con una trompeta al hombro, a un pueblo caluroso. Otro personaje, “único sobreviviente de un choque entre dos chalupas”, carga siempre un clarinete. Usa unas abarcas desgastadas, tiene los pies polvorientos y lleva en la cabeza un raído sombrero vueltiao. En cada aniversario de la muerte de sus compañeros de la banda musical, que iban con él en la chalupa, se aparece en la plaza para cumplir con el toque que no pudieron hacer el día del accidente. En el pueblo, todos dicen que es un “pobre loquito”. En una ocasión, le hace compañía el hombre que llegó con la trompeta. Cuando este se despide, al mirar hacia atrás ve, asombrado, que los músicos fallecidos están tocando La piragua.

Esa insistencia en escribir cuentos donde los personajes se sumergen en el mundo maravilloso de la literatura le da a la prosa de Rolando de la Cruz un sabor especial. Es el sabor de esos libros que nos han deslumbrado por su calidad literaria, de esas historias de escritores que han dejado huella en nuestras almas, de esos argumentos que nos han develado la condición humana. No en vano en Macondo en llamas casi todos los cuentos hacen referencia a autores reconocidos. En estas páginas nos encontramos con un muchacho que de tanto leer a Kafka termina inventando cuentos sobre Gregorio Samsa, con un cuento donde el personaje es Juan Rulfo, con un escritor que elabora cuentos con los temas de Edgar Allan Poe y con un lector que conoce los secretos de la vida de Horacio Oliveira.

Mikhail Bakhtin expuso la teoría de la intertextualidad. Se aplica a la relación que un texto literario mantiene con otros textos. Humberto Eco lo dijo en El nombre de la rosa: “A menudo los libros hablan de libros, como si hablasen entre sí”. Rolando de la Cruz utiliza este recurso literario para darle contenido estético a sus cuentos. En Macondo en llamas alcanza un manejo alegre de este estilo. Se advierte en el cuento Pito Solo. Este relato tiene una gran coincidencia musical con Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles, uno de los primeros cuentos de García Márquez. El personaje central tiene un clarinete; Nabo, una ortofónica. Los dos ven músicos fallecidos: Nabo, al saxofonista que todos los sábados veía tocar en el pueblo. El de Pito Solo, a los músicos que perdieron la vida en el choque de las chalupas.

Rolando Blanco Hernández, que es el nombre propio de Rolando de la Cruz, es un hombre apasionado por la literatura, que solo a una edad madura se convenció de que debía publicar esos relatos que desde su juventud venía escribiendo. Los temas de sus cuentos brotan de esas leyendas de la costa Caribe que escritores como David Sánchez Juliao, Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo, Ramon Illán Bacca y Alberto Duque López, entre otros, han llevado a su literatura. El autor de Macondo en llamas explora en algunos cuentos el alma humana, las pasiones que habitan en los hombres, el desespero que producen los celos y el temor de los niños frente a un castigo de la mamá. Todo narrado en un lenguaje limpio, con un erotismo de buena ley y un humor bien dosificado.

JOSÉ MIGUEL ALZATE

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