¿Por qué se quiere el pueblo de la infancia?

¿Por qué se quiere el pueblo de la infancia?

Guarda para nosotros los recuerdos más bellos, esos que están tatuados en el alma.

10 de junio 2019 , 07:00 p.m.

Es fácil explicar por qué se quiere tanto el pueblo de la infancia. Al evocar ese pedazo de tierra en donde despertamos a la vida se atropellan en el cerebro los recuerdos. El pensamiento vuela como queriendo vivir de nuevo los momentos felices. Entonces, el corazón empieza a latir ‘con vaivenes de hamaca’, como resistiéndose a la nostalgia. Y es cuando la tristeza nos invade. Con la respiración contenida, volvemos la mirada hacia el pasado. Y encontramos, vivo en la memoria, ese pueblo que marcó nuestros primeros años y las cosas sencillas que allí nos dieron felicidad: el abrazo alegre de la abuela, el destape de los regalos en la navidad, los juegos con que de niños nos entretuvimos. También, la alegría cuando entramos a la escuela para aprender las primeras letras.

El pueblo de la infancia se quiere porque fue en sus calles donde en la edad primera se encendieron los cascabeles de la alegría cuando aún no sabíamos que era el papá quien hacía de Niño Dios. Cuando aún la inocencia llenaba nuestra alma, cuando todavía repicaban en el corazón tambores de júbilo, corríamos por sus calles empujando con un palo una rueda de caucho, o nos entreteníamos jugando en la acera con carros de plástico o dándole la vuelta a la manzana montados en un palo de escoba como si fuera un caballo brioso. ¡Ah!, tiempos aquellos. Como dijo Jorge Robledo Ortiz, fueron los años en que “estaba sin vendajes ni lutos la esperanza”, cuando todavía el rosario se rezaba al borde de una cama y las campanas de la iglesia sonaban para invitar a misa.

El pueblo de la infancia fue ese pequeño mundo en donde descubrimos que el corazón latía al ver una mujer hermosa, y que por los ojos nos entraba a ráfagas el paisaje. Nuestra inquietud infantil se alimentó con las cosas elementales que llenaron esos primeros años: la pelota de plástico con que jugábamos con los vecinos, los zancos de madera que nos hacían ver altos, las figuras del álbum con que nos entreteníamos en los recreos y los paseos de la escuela hasta el río más cercano. Nuestro paisaje eran esas montañas que vestidas de verde observábamos en la distancia, y ese cielo que parecía extenderse como una sábana azul hacia el infinito. No sabíamos que más allá había otro mundo. Solo nos importaba ese espacio en donde poníamos a volar la imaginación.

Fue el lugar en donde vivimos la adolescencia, donde por primera vez nos enamoramos, donde supimos de la bondad del alma y donde conocimos nuestros primeros amigos.

¿Qué tiene de maravilloso el pueblo de la infancia para quererlo tanto? Nada sobrenatural. Simplemente, guarda para nosotros los recuerdos más bellos, esos que están tatuados en el alma con tinta indeleble. ¿Cuáles? Todos tenemos en la memoria imágenes de lo que fue nuestra niñez. Cada uno puede hacer entonces el inventario de sus vivencias de niño en el pueblo donde vino al mundo, y de las cosas que se quedaron para siempre en la retina porque formaron parte de nuestro entorno. Fue el lugar en donde vivimos la adolescencia, donde por primera vez nos enamoramos, donde supimos de la bondad del alma y donde conocimos nuestros primeros amigos. Fue el sitio en donde moldeamos nuestro carácter, donde se arraigaron nuestras creencias, donde nos inculcaron principios. Esto es más que suficiente para querer el pueblo de la infancia.

¿Cómo se sabe que se quiere el pueblo de la infancia? Sencillo: porque extrañamos ese viento fresco que en la niñez nos tocaba la cara y ese aire cálido que llenaba nuestros pulmones, mezcla de rosas y lluvias. Porque anhelamos regresar para saber, como dijo el poeta, “si es la misma la altura de la torre de la iglesia, y si sobre los hilos del telégrafo las golondrinas estarán completas”. Porque cuando los recuerdos nos asaltan quisiéramos saber si al regresar serán los mismos amigos de la infancia los que ahora nos esperan. Porque cuando la nostalgia por los tiempos idos invade el alma empezamos a revivir, como dulces saudades, el árbol donde en las tardes soleadas nos trepábamos para coger naranjas, y esa novia lejana a la que le robamos el primer beso.

El pueblo de la infancia nos marcó. Tanto que todavía tenemos vivo el recuerdo de los días felices cuando, detrás de una pelota, brincábamos por las calles sin temor a que un carro nos atropellara. Recordamos cómo era la manga en donde hacíamos las comitivas, cuál era el apodo del dueño de la tienda de la esquina, cómo exhibía su dentadura preciosa la muchacha más bonita de la cuadra. Y queremos volver a mirar la casa en donde dimos los primeros pasos. Y volver a jugar en esos corredores amplios donde descansaba el abuelo. Y volver a cantar los villancicos que aprendimos en una nochebuena. Por todo esto es que se quiere ese espacio geográfico en donde les dimos alas a los sueños. Y a donde, ya en el otoño de nuestra vida, quisiéramos volver para que en sus aguas se sanen nuestras heridas y en sus portones reposen nuestros cansancios.

Sal de la rutina

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