Memorias de un presidente eterno

Memorias de un presidente eterno

En aquel monólogo fluye la conciencia de un hombre a quien no lo atormentan los recuerdos.

22 de agosto 2019 , 07:21 p.m.

En un largo ensayo publicado en 1916 en un periódico alemán, titulado Teoría de la novela, escrito por György Lukács, un autor húngaro considerado como uno de los más brillantes pensadores marxistas, se dice que la fuerza argumental de una novela depende “de si el alma del personaje principal es demasiado estrecha o demasiado amplia en relación con la realidad”. Sirva esta frase como introducción al análisis de la novela Prohíbo decir mi nombre, de Jaime Echeverri, un escritor nacido en Manizales en 1943, que antes había publicado los libros Reina de picas y Las vueltas del baile. Este libro es un monólogo extenso donde se desnuda el alma de un presidente eterno. De si su alma es demasiado estrecha o demasiado amplia se encargará de dilucidarlo el lector acucioso.

El encanto de esta novela radica no solo en la forma como Jaime Echeverri asume la narración de la vida de un hombre que lleva cuarenta años en el poder, haciendo su voluntad, sino también la estructura del relato. Prohíbo decir mi nombre es un monólogo de 224 páginas que no está dividido en capítulos, y se caracteriza por la ausencia de diálogos. Es una novela construida con elementos de la realidad nacional. Muchas de las cosas que el mandatario cuenta en ese monólogo donde desnuda su alma como para exorcizar sus fantasmas interiores, buscando sincerarse con su conciencia, los colombianos las recuerdan en el presidente que cambio un artículo de la Constitución para hacerse reelegir. Como el personaje de la novela, dijo que su país sufría una amenaza terrorista, no un conflicto amado.

¿Por qué tomo la frase de György Lukács para hablar sobre el personaje de esta novela? Muy sencillo: porque tirado en la cama de un hospital, conectado a equipos que lo mantienen con vida artificial, atendido por una enfermera robot, un nonagenario presidente recuerda su vida desde el momento en que nace en un pueblo cerca del mar hasta los días en que, reducido a la cama, recibe a sus ministros para que le informen cómo marcha el gobierno. En ese monólogo claro, preciso, revelador de su personalidad, donde recuerda cómo fue su niñez y cómo llegó al poder, fluye la conciencia de un hombre a quien no lo atormentan los recuerdos. Ahí el lector descubre que su alma es estrecha para aceptar ideas distintas a las suyas, y amplia para justificar los excesos de los organismos de inteligencia del Estado.

El personaje de la novela es un hombre sin escrúpulos, sin ataduras morales ni remordimientos de conciencia, que recurre a métodos condenables para acallar a sus adversarios. Dice que llegó al poder porque tuvo el respaldo económico del gran capo de su país, y porque los paramilitares coaccionaron con las armas a los electores. Tanto que reconoce que al principio no registraba bien en las encuestas sobre intención de voto de los ciudadanos. “Nadie daba un peso por mí cuando me lancé a la presidencia”, dice. A renglón seguido anota: “Las bandas delincuenciales hicieron lo que tenían que hacer. Y me pusieron aquí”. Luego dice que firmó con ellos un acuerdo para que retornaran a la legalidad, donde se estableció seguir colaborándole al ejército para limpiar la patria de terroristas.

En Prohíbo decir mi nombre, el autor juega de manera acertada con el manejo del tiempo cronológico. Se advierte en la forma como el personaje central, un presidente de la republica que llegó el poder cuando contaba con cincuenta años de edad, asume el relato sobre su vida. La narración la empieza en el momento en que se da cuenta de que está recluido en una pieza. Asombrado, se pregunta en dónde está. Entonces entiende que no está en el cuarto de un hotel. Piensa que puede estar en una cárcel. Lo hace porque reconoce que sus enemigos políticos quisieron llevarlo allí, pero nunca lo lograron. Utilizó recursos non sanctos para sacarlos del escenario político. Piensa, incluso, que fue víctima de un golpe de Estado. Pero duda de que eso haya pasado. “Tengo bien controlado al Ejército”, dice.

Lo que sorprende al lector de la novela escrita por Jaime Echeverri es la memoria del mandatario. Recuerda cada hecho de su vida con una precisión matemática. Pero lo que ese lector que Seymour Menton llamó testigo pasivo de una historia no logra dilucidar en la lectura es si el personaje está hablando o está pensando. Todo porque al estar sometido a una vida artificial no podría tener esa capacidad de raciocinio que en la historia muestra. Tampoco la facilidad para hablar. El presidente que está cerca de cumplir noventa años lo da a entender cuando habla sobre las visitas que le hacen su esposa o sus hijos. A ella no la recibe con agrado. Y a sus hijos, que se enriquecieron abusando de su poder, los critica por no haber heredado lo que él llama su vocación de servicio a la comunidad.

En la primera nota que se escribió sobre este libro publicado por Intermedio Editores, Conrado Zuluaga dice que el personaje “sostiene una conversación consigo mismo que no llega a sus labios”. Eso es lo que pasa a lo largo de estas 224 páginas que estremecen al lector porque cuenta las trapisondas de un mandatario para sostenerse en el poder, su costumbre de mentir adquirida desde la infancia y las tretas que hace para ganar la presidencia en ocho elecciones consecutivas. Aquí están las memorias de un hombre compulsivo, que suelta la lengua fácilmente, que no se para en principios para alcanzar sus objetivos, que funda un partido político para atravesársele a los proyectos de su sucesor y que tiene a su servicio a una cohorte de incondicionales que lo ven como el salvador de la patria.

El presidente que retrata Jaime Echeverri tiene similitudes con Rafael Leonidas Trujillo, el dictador que Mario Vargas Llosa inmortaliza en La fiesta del Chivo. Con la diferencia, claro está, de que aquel no es un militar. Trujillo viola a una mujer cuando ella tenía 14 años. Se llama Urania Cabral. Era la hija del senador Agustín Cabral, un incondicional suyo. El papá se la entregó para pagarle favores. En Prohíbo decir mi nombre, el mismo día en que el presidente contrae matrimonio viola a una mujer en la pesebrera de la finca donde se realiza la boda. Lo hizo para cobrarle el desprecio de que fue objeto cuando, siendo estudiante, ella se burló de él. Las mismas actitudes despóticas del dictador Trujillo las tiene el personaje de esta novela. En Prohíbo decir mi nombre bulle una historia que oscila entre la ficción y la realidad.

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