‘Las guerras de Tuluá’, de Álvarez Gardeazábal

‘Las guerras de Tuluá’, de Álvarez Gardeazábal

La violencia que durante tantos años ha estremecido a Colombia está contada en detalle en este libro

23 de abril 2019 , 07:00 p.m.

Llama la atención en el último libro publicado por Gustavo Álvarez Gardeazábal no solo la tarea de investigación llevada a cabo por el novelista para enseñarles a los lectores el pasado histórico de Tuluá, sino el depurado estilo narrativo en que están estructurados los cuentos. En efecto, Las guerras de Tuluá, libro donde se reúnen veinte cuentos sobre lo que ha sido la violencia en esa ciudad del norte del Valle, empieza narrando cómo llegó a esas tierras el cacique Burrigá, el hombre que se enfrentó a los indios pijaos. Cuenta cómo los emboscó cuando ellos se atrevieron a pisar tierra tulueña. Es lo que la historia de esa región registra como la batalla de El Sauzal. A ella sobrevivió el conquistador Bocanegra, quien después “se apareció en las casitas primigenias” de lo que iba a ser Tuluá.

En el cuento La mano de Burrigá se advierte ese interés del novelista por desentrañar el pasado de su pueblo. Es como si quisiera reescribir la historia de su tierra para revelarnos cómo se formó Tuluá, pensando de pronto en que el pasado debe rescatarse a través de la narrativa para acercarlo más al lector, despertando en él su interés por los hechos que sacudieron su entorno. Tal vez por esta razón narra cómo Burrigá “esperó una mañana lluviosa de octubre”, sin hombres que lo defendieran, a Juan de Lemos y Aguirre, el yerno del conquistador Bocanegra, que fuera alcalde de Buga. Pensaba que venía a cobrarle la muerte de catorce hombres la tarde en que emboscó a su suegro. Sin embargo, no lo mata. Simplemente, lo amarró al caballo y lo arrastró por las calles de Tuluá y Buga.

Esa violencia que Tuluá ha vivido a lo largo de su historia la rescata el novelista en una prosa musical.

De esa primera guerra de que se tiene memoria en Tuluá, el escritor pasa a narrar otros hechos violentos. En El paredón de los amores cuenta cómo un hombre mata a una mujer porque se negó a que la poseyera. María Jesús Montalvo era una mulata de senos grandes y nalgas protuberantes, que trabajaba como muchacha del servicio en una finca. Martiniano García, el patrón, se enamoró de ella. La vio crecer en Los Caímos, finca donde su madre laboraba en asuntos domésticos. Al ver cómo se iba convirtiendo en una mujer de cuerpo voluptuoso, quiso tenerla a su lado. La contrató para que “le ayudara a criar a una de sus nietas”. Pero su propósito no era otro que seducirla. La mulata se resistió a sus requiebros amorosos. Por esta razón, una tarde le atravesó el cuerpo con el puñal que siempre llevaba al cinto.

Esa violencia que Tuluá ha vivido a lo largo de su historia la rescata el novelista en una prosa musical donde se advierte desde la primera línea el cuidado que en su construcción ha puesto Álvarez Gardeazábal. Hechos que por los años que han pasado seguramente los tulueños tienen en el olvido, los recrea el novelista en un estilo narrativo fluido, que por su precisión histórica despierta el deseo de saber cómo fueron esas épocas. En el caso del asesinato de la mulata María Jesús Montalvo, el lector descubre que el homicida fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento y que el sacerdote Maximiliano Crespo, un bugueño que después fue arzobispo de Popayán, que en esa época era párroco provisorio de la iglesia de San Bartolomé, fue el encargado de brindarle los últimos auxilios.

Don Tista es un relato verídico donde está explícita una realidad vivida en muchas regiones de Colombia. Es el drama humano de un hombre llegado de un pueblo de Antioquia que adquiere una finca en el Alto del Rosario, una vereda de Tuluá. Con su trabajo, logró convertirla en una de las más productoras de café. Un día, la guerrilla lo obligó, bajo amenaza, a que le guardara varias canecas con insumos para producir cocaína. Tuvo que hacerlo para salvar su vida. Las autoridades lo descubrieron, y fue condenado a cuatro años de cárcel. La guerrilla convirtió su finca en campamento.

Después, los paramilitares se apropiaron de ella. Al recuperar su libertad, se vio obligado a abandonar Tuluá. Cuando regresa a recuperar lo que le pertenece, se encuentra con que la corrupción impide que le devuelvan su finca.

La violencia que durante tantos años ha estremecido a Colombia está contada en detalle por Álvarez Gardeazábal en este libro que se lee con el mismo interés con que se lee Cóndores no entierran todos los días. Lo que pasa en Tuluá ocurre en cualquier parte del país. El asesinato de Trasébulo por un guerrillero cuando se desplazaba en su jeep parece calcado de la realidad vivida por cientos de colombianos. Había llegado a Tuluá desde una vereda de Palestina, “con su nombre a cuestas”. Al hombre lo matan porque, cuando su hija decidió abandonar el grupo guerrillero, para que se sostuviera él le montó una venta de frutas en el mercado de Santa Elena, en Cali. La muchacha había sido reclutada a la fuerza. Como era bonita, el comandante la convirtió en su mujer.

En El pollo Omar, un cuento donde el narrador es un abogado, se cuenta la historia de un atracador que un alcalde metió a la cárcel porque enamoró a su mujer. El tipo es bien plantado. Álvarez Gardeazábal dice que tenía “imagen de santo en andas”. Se llamaba Omar Quintero. Estando en la cárcel, el abogado en ejercicio, que antes había sido juez, se interesa en su caso. Y logra que lo pongan en libertad. La gran paradoja de este cuento es que el mismo abogado cae víctima de su invento porque un día que atracan una casa de citas donde él se encontraba con sorpresa descubre que el jefe de la banda es el mismo tipo que él había sacado de la cárcel. El hombre termina abatido en una calle de Tuluá. El tema de la historia es el mismo que el escritor tulueño ha trabajado en varios de sus novelas: el homosexualismo.

Gustavo Álvarez Gardeazábal advierte, en la nota de introducción, con qué se va a encontrar el lector cuando inicie la lectura de este libro. Le dice que su pueblo ha vivido todas las guerras. Explica que desde que la familia de Diego Bocanegra “tomó posesión de los llanos entre los ríos Morales y Tuluá”, el pueblo ha presenciado escenas de sangre. En una prosa de fina elaboración literaria, donde la palabra seduce por la magia que le imprime a la narración, el autor recrea hechos como el paso del Duque de Wellington por el Pacífico colombiano o el día en que a Rosalbina Ortiz la encontraron muerta en su casa del Parque Boyacá. Las guerras de Tuluá, que tiene un ritmo narrativo distinto al de La misa ha terminado, vuelve sobre el espacio geográfico de Tuluá para hacer una alegre recreación literaria de sucesos que sacudieron el alma de su gente.

Sal de la rutina

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