Las cosas que no me gustan de este país (I)

Las cosas que no me gustan de este país (I)

En esta enumeración de las cosas que no me gustan está, en primer lugar, la corrupción.

19 de junio 2020 , 09:33 p.m.

El nombramiento hecho por la ministra del Interior, Alicia Arango, como director de la oficina para las víctimas de ese ministerio del abogado José Rodrigo Tovar Vélez, hijo del sanguinario jefe paramilitar Rodrigo Tovar Pupo, quien fue comandante del Bloque Norte de las autodefensas, despierta mi interés por escribir sobre las cosas que no me gustan de este país. Que, entre otras cosas, son muchas. Tantas que se necesitarán varias columnas para enumerarlas. Desde luego, puestas en una balanza las cosas que no me gustan y las que sí me gustan de Colombia, son más las que me gustan. Este es un país maravilloso. Tiene variedad de climas, paisajes cautivantes, mujeres hermosas, gente emprendedora. Pero hay cosas que hablan mal de lo que somos como sociedad formada en valores.

Empiezo hablando del nombramiento del hijo de ‘Jorge 40’ en un alto cargo en el Ministerio del Interior porque la decisión de la ministra es una bofetada a las víctimas. Los campesinos que vivieron el despojo de sus tierras, los líderes sociales que encontraron la muerte por defender a su comunidad, las familias que vivieron el dolor del asesinato de sus seres queridos por órdenes del papá del ahora funcionario y los desplazados por esa violencia que él representó no entienden por qué la señora ministra nombra en un cargo de esa naturaleza al hijo del victimario mayor, que ha tenido la desfachatez de decir en sus trinos de Twitter que su papá es un perseguido político. ¿Perseguido político alguien que es responsable de tanto derramamiento de sangre?

En esta enumeración que pretendo hacer de las cosas que no me gustan de este país está, en primer lugar, la corrupción. Esto lo ha repetido hasta el cansancio Juan Gossain. Pero aquí a los corruptos los premian con casa por cárcel. Después de haberse robado millonadas, salen orondos a disfrutar lo robado, sin sentir vergüenza por lo que hicieron. A Iván Moreno Rojas, condenado por el ‘carrusel’ de la contratación en Bogotá en la alcaldía de su hermano, le concedieron este beneficio. Y Alejandro Lyons, exgobernador de Córdoba, que se robó más de 50.000 millones de pesos, disfruta de libertad en Estados Unidos; cuando sea deportado a Colombia solo pagará cinco años de prisión. A Gabriel García Morales le impusieron esa misma pena por haber recibido una coima de 6,5 millones de dólares por beneficiar a Odebrecht en la adjudicación del contrato de la Ruta del Sol II.

Los nexos de la clase política con los paramilitares es un capítulo negro en la historia de Colombia. Más de 650 funcionarios públicos han tenido procesos disciplinarios por vínculos con estos grupos, entre ellos alcaldes y gobernadores. Casi 200 congresistas fueron investigados por este delito. Y más de 60 fueron condenados. La Corte Suprema de Justicia determinó que algunos habían sido autores intelectuales de masacres. Álvaro García Romero fue condenado como determinador de la masacre de Macayepo y César Pérez García de otra masacre en Segovia. Salvatore Mancuso se ufanó de tener el 35 % del Congreso. Con esa fuerza se aprobó la ley de saneamiento de tierras, que no era otra cosa que la legalización del despojamiento que los paramilitares hicieron. ¿Le puede gustar esto a cualquier colombiano de bien?

El paramilitarismo afectó las costumbres políticas. No hubo partido que no resultara permeado por este fenómeno. Le dio vida a lo que se conoce como ‘parapolítica’. El constreñimiento electoral hizo que políticos sin escrúpulos, como Salvador Arana, aparecieran de pronto con un caudal electoral alto, fruto de la coacción armada. Todo después de que fuera firmado el Acuerdo de Ralito, que buscaba la refundación de la patria. El paramilitarismo produjo el mayor derramamiento de sangre que registre la historia. En su afán de perseguir a todo aquel que pensara distinto, cometieron crímenes que conmovieron al país. Asesinaron, entre otros, a Jaime Garzón y a Alfredo Correa de Andreis. Se apropiaron, además, de los presupuestos para la salud en municipios y departamentos. Sus formas de asesinar fueron macabras.

Colombia es un país de bellezas naturales. Los estoraques, en Ocaña, es una formación natural constituida por rocas cristalizadas, con columnas formadas en procesos naturales de erosión hídrica. Ciudad Perdida, en la Sierra Nevada de Santa Marta, construida por los tayronas, es un sitio turístico de valor arqueológico. Y Chiribiquete es una serranía de clima húmedo tropical que atrae la mirada de los turistas. Esto es parte de esas cosas que me gustan de Colombia. Pero no me gustan la violencia que se ensaña en las zonas menos protegidas, ni los vicios entronizados en la actividad política ni el enriquecimiento fácil que hoy mucha gente busca. El país que no me gusta es el que ha perdido los valores. Un país donde el hijo de un asesino que paga cárcel por sus crímenes es nombrado en una alta posición, ofendiendo a las víctimas, y que piensa que su padre es un héroe.

José Miguel Alzate

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