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Historias encantadas de Riosucio (Caldas)

Historias encantadas de Riosucio (Caldas)

Escobar habla de un pasado que es referente histórico y de sitios que le dieron a Riosucio identidad

17 de junio 2021 , 09:25 p. m.

Historias del viento en la cordillera, libro del escritor Ariel Escobar Llanos publicado en 1980 por la empresa Seguranza, es un texto estructurado en forma narrativa donde se cuentan historias reales sobre Riosucio, municipio caldense que tiene cuatro resguardos indígenas: Cañamomo, Lomaprieta, La Montaña y San lorenzo. El libro, de excelente factura literaria, no es una novela en el sentido que exige el género toda vez que no tiene un hilo conductor central, ni unos personajes que hagan presencia como parte de una historia con nudo, desarrollo y desenlace, según el precepto joyceano. Son relatos que se integran por su espacio geográfico y, sobre todo, porque algunos personajes coinciden en las historias narradas, pero no con la continuidad que se exige en una novela.

En Historias del viento en la cordillera se narran sucesos acaecidos en este municipio en los años treinta del siglo XX, antes de que se construyera la carretera que lo comunica con la población de Apía. El libro puede considerarse una selección de recuerdos porque las historias que narra ocurrieron en la realidad, y los personajes que con fina pluma el escritor pinta hicieron parte de la vida cotidiana. ‘Veneno’, el bobo del pueblo; ‘Mardoqueo’, que envuelto en una bandera recorría los dos parques; ‘Limbania’, la mujer fatal que se metía a un ataúd para tomar aguardiente; ‘Dominguito’, el herrero que cuando se emborrachaba desafiaba a todo el mundo, son personajes que encuentran en Ariel Escobar Llanos a un escritor que recrea con prosa alegre sus tristezas y sus momentos de júbilo.

Varios personajes logran trascendencia en los relatos de este libro. ¿La razón? No obstante las dificultades que viven, el autor los muestra en actitud alegre ante la vida. ‘Veneno’, un habitante de la calle que hacía mandados, apareció en Riosucio cuando tenía diez años de edad. Nadie supo de dónde vino, ni quién le puso “el apodo infamante”. Un día se robó un pedazo de carne en un toldo de la plaza, y se la comió cruda, como lo hacen los perros. Los carniceros lo agarraron a planazos. Lo salvó el doctor Toro, médico del pueblo. A ‘Veneno’ le gustaba ir adelante en las procesiones. Robaba tacos de pólvora para explotarlos frente a las compras de café cuando descargaban las mulas. Gozaba viendo a los animales brincar del susto y a los arrieros, enojarse. Fue la primera persona que mataron un día de elecciones.

Hay en Historias del viento en la cordillera dos personajes que se roban la atención del lector. Uno se llama Enrique Rave. Era conocido en el pueblo como ‘Tornilyo’ y lo consideraban un genio para la mecánica. Tenía un taller llamado La Mano Maestra, donde arreglaba máquinas de coser, despulpadoras y planchas. Cuando en el pueblo abrieron la oficina de la Caja Agraria, la caja fuerte la tuvieron que traer en turegas. Con tan mala suerte que a los arrieros que la transportaron no les entregaron la clave para abrirla. Venia adentro con los cien mil pesos que enviaron para prestarles a los clientes. Cuando ‘tornilyo’ se enteró de lo que pasaba se ofreció para abrirla. “Yo la abro si me dejan solo”, dijo. Nadie creyó que fuera capaz de hacerlo. Sin embargo, aceptaron su propuesta.

‘Tornilyo’ se fue para su taller y trajo “un embudo pequeño y una jíquera con fiambre”. A las once de la mañana se encerró a tratar de abrir la caja fuerte. La gente, reunida en la plaza, esperaba. Como pasadas cinco horas el hombre no daba señales de vida, pensaron que había abierto un túnel y se había volado con la plata. Los policías que custodiaban la oficina creyeron que eso podría ser cierto. Pero a las cuatro de la tarde ‘Tornilyo’ apareció en la puerta y exclamo: “Ya está”. Traía en la mano el sobre con la clave. El dinero lo dejo adentro. Pidió quinientos pesos por abrirla. Como la gente le contestó que eso era un robo, metió el sobre de nuevo en la caja fuerte y, cerrándola, dijo: “Ahora no me deben nada”. Cuando lo volvieron a buscar para que la abriera exigió, por adelantado, mil pesos. Tuvieron que dárselos.

El otro personaje es Argemiro Valencia. Este había comprado, con un socio, a veinte centavos la vara, un terreno para urbanizar. Un día el socio, Chicho Vélez, viendo que Argemiro estaba en dificultades, le dijo que le compraba su parte a cinco centavos. Valencia le contestó que cómo se le ocurría ofrecerle menos de lo que le había costado. Después, Chicho Vélez vio en su lote, tomando medidas con un aparato raro, a un gringo. Sorprendido, se le arrimó y le dijo que él era el dueño. El míster le argumentó que la empresa para la que trabajaba, una fábrica de cigarrillos, estaba interesada en el lote, y le ofreció comprárselo a diez pesos la vara. El gringo le dijo que el negocio se cerraba una vez regresara de Estados Unidos con la plata. Feliz, Vélez llamó a Valencia para comprarle su parte a veinte centavos la vara.

Chicho Vélez rodó con mala suerte en su intento de comprarle barato la parte del lote a su socio. Ante la propuesta, Argemiro Valencia le dijo que tenía conocimiento de que lo iba a vender a diez pesos la vara a una fábrica de tabaco. Así que, después de una discusión, le vendió su parte a ese precio. Hicieron entonces la escritura. Cinco meses después, tomando tinto en el Café Cosmos, Valencia le preguntó por el míster. Chicho Vélez le contestó que no había regresado. Valencia se despidió minutos después. El gringo había sido un payaso que el hombre le puso para venderle su parte a ese precio. Se lo había encontrado varado en las minas de oro de Marmato. Entonces le propuso que se fuera para Riosucio, con todos los gastos pagos, a simular que era un ejecutivo de una tabacalera americana.

La lectura de estos relatos que Ariel Escobar Llanos recoge en Historias del viento en la cordillera trae a la memoria una novela del escritor Samuel Jaramillo: Dime si en la cordillera sopla el viento. En este libro un narrador cuyo nombre no se revela reconstruye el árbol genealógico de su familia y, al mismo tiempo, cuenta las anécdotas que en su infancia le contaron sobre el pueblo donde vino al mundo. En el libro de Escobar Llanos pasa lo mismo. El escritor ya fallecido se centra, en la primera parte, en narrar la vida de su familia. Luego cuenta historias que le dan al libro un aire nostálgico. Todo porque habla de un pasado que es referente histórico. Y de unos sitios que le dieron a Riosucio, en esos años, identidad. Como los cafés El Hércules y el Cosmos, puntos de encuentro que hoy no existen.

José Miguel Alzate

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