‘Guayacanal’: ¿un viaje al pasado? (II)

‘Guayacanal’: ¿un viaje al pasado? (II)

El propósito de Ospina es reconstruir ese pasado violento que produjo tanto dolor en su familia.

04 de noviembre 2019 , 10:31 p.m.

William Ospina hace en Guayacanal una propuesta novedosa: inserta en el libro fotografías familiares. El personaje narrador, que es el mismo autor, se encarga de contarle al lector quiénes son las personas que van apareciendo a medida que el relato avanza. El texto en la página donde aparece la fotografía explica el físico de quienes aparecen en ella. Por ejemplo, en la página 105 revela las identidades de las cuatro personas de la página siguiente, que posan en un estudio fotográfico, con pinta de cantantes de tango, dándole la espalda a un paisaje pintado en un telón de fondo, en traje dominguero, con sombreros de fieltro en la cabeza. Uno de ellos es Julio Gutiérrez, el hombre que en Padua no le tenía miedo a la muerte. El que carga un niño es Luis Enrique, un tío del escritor.

Los sucesos que en Guayacanal cuenta un narrador en primera persona son verídicos. Aunque William Ospina reconstruye la historia de la familia alternando el relato entre la realidad y la ficción, le confirma al lector el propósito del libro: reconstruir, con base en testimonios reales, los sucesos que conmovieron a la descendencia de Benedicto y Rafaela, los bisabuelos del escritor. No es posible establecer si muchos de esos hechos violentos que Ospina narra los conocía desde su juventud. El lector podría pensar que –como le ocurrió a García Márquez– muchas de las cosas que narra en Cien años de soledad le fueron contadas por su abuelo Nicolás Ricardo, lo que narra en esta novela William Ospina le haya sido contado por su abuelo Benedicto. En el libro no hay pistas que esclarezcan esto.

El propósito del viaje que William Ospina emprende no es otro que reconstruir ese pasado violento que produjo tanto dolor en su entorno familiar. Quiere visitar a los miembros de la familia para que le narren hechos que, no obstante el paso de los años, todavía guardan, frescos, en la memoria. Quiere exorcizar los fantasmas que en la infancia lo asaltaban. Y lo hace en una prosa impecable, fresca, maciza, bien lograda. Como cuando narra el suceso de la mujer que cree que los bandoleros se están apostando contra las paredes de la casa. Parece una escena sacada de una película de Alfred Hitchcock. Ella escucha los pasos al descender por la montaña. Al amanecer se da cuenta de que el ruido lo produjeron cientos de naranjas que, al caerse de los árboles, rodaron hasta el patio. El miedo no le hizo ver la realidad.

Guayacanal interpreta la angustia de una sociedad que sueña con vivir en un país donde no se derrame tanta sangre. Hay en sus páginas lecciones de humildad y, al mismo tiempo, escenas de prepotencia. Humildad el luto que durante cinco años guarda una mujer por la muerte de su marido. Prepotencia en la actitud del padre Faustino, que al regresar de un paseo por Italia quiere imponer su voluntad. Ordena que Guarumo se sigua llamando Padua. Para hacer cumplir su capricho, hace que el inspector de policía imponga multas a quienes no aceptan su decisión. Es lo que pasa con un hombre que todos los días sale al pueblo montado

en una mula forrada en billetes, que no acepta cambiarle el nombre al pueblo. La multa que le impone el inspector lo obliga a aceptar, a regañadientes, la idea del sacerdote.

En El año del verano que nunca llegó, la novela que Ramdon House publicó antes de Guayacanal, se hace una corta mención a la violencia que se vivió en Padua, el pueblo tolimense donde nació Ospina. En la página 89, el narrador dice que siempre tuvo la sensación de haber nacido en un pueblo muy triste. “Recordaba a Padua, en lo alto del Tolima, en la ruta para Manizales, invadido al anochecer por una niebla que solo perforan los faros de los camiones que van hacia el páramo”, dice. Más adelante escribe que, mientras estaba en Ginebra, investigando sobre Villa Diodati, la mansión donde se reunieron los poetas Byron y Shelley una noche de junio de 1816, recordó su pueblo en los días de la violencia de los años cincuenta, “con su campanario que efundía a las seis de la tarde el Ave María de Schubert”.

La mención en El año del verano que nunca llegó al pueblo de su infancia es una clave que ofrece William Ospina sobre el tema que trataría en la novela posterior, que reitera al final cuando dice que se llamará Guayacanal. Allí está Padua con el cura que les prohíbe a las mujeres entrar a sitios públicos a tomarse un tinto, con el jinete borracho que entra a las cantinas “pidiendo un aguardiente para él y otro para el caballo”, con sus bares donde se escuchan las canciones de Óscar Agudelo, con la mujer que le pide al papá que cuando muera no la meta en un ataúd sino en un nicho abierto en la corteza de un árbol. Ese pueblo donde el padre Faustino le derriba a un bandolero la mesa donde toma aguardiente porque sentó a dos mujeres es el que el escritor exalta en Guayacanal.

En Padua las campanas de la iglesia suenan para convocar a misa. También para el padre Faustino obligar a los feligreses a que escuchen su sermón cargado de advertencias a las mujeres para que no usen blusas con escotes que dejen ver más de lo permitido, y de exhortaciones para que en las elecciones voten por los candidatos del Partido Conservador. Padua es un espacio geográfico donde el sacerdote ejerce una influencia inmensa. La aparición de una mujer vestida con una túnica blanca y un manto azul oscuro, que se hace pasar por una santa, se puede interpretar como una burla a la fe de los creyentes. Era un hombre que, vestido de mujer, recitaba fragmentos de la Biblia y párrafos de las cartas de San Pablo. Alguien lo descubrió un día en que viajaba en un bus para Manizales.

En Guayacanal, William Ospina vuelve sobre la técnica narrativa que utilizó con éxito en El año del verano que nunca llegó, donde el narrador es el mismo autor, que se involucra como personaje de la historia. El uso de la primera persona le permite al escritor explayarse en la descripción de los ambientes, en la personalidad de los protagonistas y en la exaltación de la exuberancia del paisaje. Si en la trilogía Ursúa, El país de la canela y La serpiente sin ojos exploró en el narrador omnisciente, contando la vida de Pedro de Ursúa, las aventuras de Francisco de Orellana y las angustias de un conquistador que se enamora de una mestiza, en sus dos últimas novelas desnuda su alma para hablar de sus preocupaciones existenciales, de las intimidades de su familia y de la historia de su tierra.

JOSÉ MIGUEL ALZATE

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