Fernando Chelle, escritor y poeta

Fernando Chelle, escritor y poeta

El autor muestra armonía artística y, sobre todo, conocimiento del arte de escribir.

04 de octubre 2019 , 07:00 p.m.

El 17.° Parlamento Internacional de Escritores que se realizó en Cartagena entre el 24 y el 27 de agosto del presente año le hizo un reconocimiento a un escritor que, sin haber nacido en Colombia, fue en esta tierra donde consolidó su vocación literaria al vincularse como profesor del área de humanidades de la Universidad Francisco de Paula Santander, de la ciudad de Cúcuta. Este autor, nacido en la localidad de Mercedes —una población al oeste de Uruguay—, se llama Fernando Chelle, y se ha destacado como ensayista, poeta y cuentista. Sus textos son publicados en medios culturales de varios países, y en ellos se descubre a un orfebre de la palabra que hurga en bibliotecas para estructurar sus análisis literarios.

Pues bien, el evento de la ciudad Heroica consideró que este año la placa que denomina Libro de Oro de la Literatura Colombiana la merecía este escritor que se ha dedicado a estudiar a los grandes poetas españoles. Y fue una decisión acertada. Todo porque este hombre sencillo, que ha publicado tres libros de poemas: ‘Poesía de los pájaros pintados’ (2013), ‘Muelles de la palabra’ (2015) y ‘Las flores del tiempo’ (2018), ha hecho de la palabra una opción de vida. En ensayo ha dado a luz los libros ‘El cuento fantástico en el Río de la Plata’ (2015), ‘Las otras realidades de la ficción’ (2016), ‘El cuento latinoamericano en el siglo XX’ (2017) y ‘Cadencias que el aire dilata en la sombra’ (2018). Y acaba de publicar un nuevo texto: ‘Palabra en el tiempo’, un profundo análisis sobre la poesía de Antonio Machado.

El reconocimiento otorgado por el Parlamento Internacional de Escritores motiva este artículo sobre la obra literaria de Fernando Chelle. Todo porque como ensayista es profundo en el análisis; como poeta, acertado en las metáforas, y como cuentista, afortunado en la narración. El descubrimiento del amor fue el motivo para que este escritor que en su prosa exalta a los creadores de belleza echara raíces en esta tierra que desde el día en que llegó lo acogió como a uno de los suyos, brindándole cobijo para que pudiera hacer realidad su sueño de construir futuro a través de la palabra. Fernando Chelle ha dedicado su existencia a desentrañar el universo narrativo de reconocidos escritores, descubriendo los secretos de su producción literaria.

¿Cómo empezar a hablar sobre la trayectoria literaria de Fernando Chelle, un ciudadano uruguayo que llegó a nuestro país en el año 2011 para dedicarse a la cátedra universitaria y, al mismo tiempo, a escribir poesía y ensayo? No de otra forma que acercándonos al escritor y al poeta para abordar con sentido crítico su mundo creativo. En sus ocho libros publicados, entre poesía y ensayos, se advierte, por un lado, la inspiración sentida de un poeta que ha tomado la palabra como elemento creativo para expresar sus alegrías interiores; por el otro, el análisis certero de un crítico literario que desmenuza la creación de un cuento para encontrar las claves de su escritura. En los dos géneros literarios, el autor muestra armonía artística y, sobre todo, conocimiento del arte de escribir.

Hablemos sobre su poesía. En los tres libros arriba enunciados se advierte la voz de un hombre que toma la palabra como herramienta para expresar no solo sus vivencias personales sino su admiración por el mundo en que vive. Sobre estos poemarios se puede decir que la palabra está ahí, clara y expresiva, desnuda, refulgente y divina, con fuerza vital, ataviada de escarcha y sombras, vestida de seda, fresca como el viento, bañando con su fuerza el paisaje, cubriendo con su manto invisible las noches y los días. Fernando Chelle es un poeta que sabe vivir con alegría su oficio, que deja el alma en lo que escribe. No es de esos poetas que solo cantan a la soledad y a la angustia, sobre la muerte o la desesperanza. Su poesía es alegre, vital, poblada a veces de saudades.

En el poema ‘Cuerpo vivo que va cantando’, Fernando Chelle dice: “Sigo siendo poeta,/ constructor de sueños con andamios de palabras./ Las busco, las palpo, las degusto,/ y las ubico en una cuerda celestial”. Hay en este poema una voz que expresa su admiración por el lenguaje y, ante todo, su gusto por decir cosas con sentido poético. Me trae a la memoria a un poeta caldense, Javier Arias Ramírez, que escribió sobre la palabra un texto hermoso. Es como si Chelle lo hubiera leído. La única diferencia entre los dos poemas está en su extensión. El del uruguayo es corto, el del caldense, extenso. Coinciden en el fondo. Mientras el uruguayo dice sobre las palabras: “las palpo, las degusto/, y las ubico en una cuerda celestial”, el caldense dice “las busco con rabia en mis vigilias/ y también muchas veces con sigilo”.

Hay un poema donde Fernando Chelle habla de su alegría interior. Su título es ‘En el principio será la luz, entre otras cosas’. Es un corto canto para celebrar la vida y, como él mismo dice, “ver la luz filtrarse entre las hojas de los árboles y sentir cómo el viento sopla y muerde las ventanas”. Este poema tiene olor a tierra mojada, rumor de viento fresco y sonido de agua en la mañana. Posee ecos lejanos de Fernando Pessoa; se advierte en este verso, cuando se pregunta: “¿Será que todas las infancias son recuerdos de un patio basto como la noche y más largo que la vida?”. Y también de Walt Whitman en sus mejores cantos sobre el paisaje. Chelle se deja seducir “por el misterio guardado en la caída de una hoja”. Dice que “los bancos tristes, cansados de esperar visitantes, dejan pasar el fuerte viento entre sus listones de madera”.

Fernando Chelle canta con alegría: “¡Qué lindo día para nacer!”. Lo dice en uno de sus poemas mejor logrados. Sobre su poesía se podrían decir las mismas palabras que utilizó Sergio Marentes en el prólogo a la antología ‘Cuando las lluvias tengan otro color’, de Luis Cruz-Villalobos: “En estos libros hay aromas que nos regresan a la infancia y al principio de todo, así como hay sonidos que nos alejan de la guerra, música para adormecer a la muerte y corrientes de aire que, además de llevar hojas secas en su viaje, nos elevan por los aires mientras las aves vuelan por debajo de nosotros”. Esto lo advierte el lector cuando se encuentra con un verso como este: “Algunas veces veo en el estanque/ sobre un tapete de luz infinita/ temblar de frío a la luna”.

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