El olor nauseabundo de Puerto Perla

El olor nauseabundo de Puerto Perla

Una novela minimalista en la que el autor parte de un microcosmos.

08 de abril 2019 , 08:09 p.m.

El epígrafe es tomado de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Sintetiza el final de un pueblo donde el narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción se suman a un hedor nauseabundo que invade todas las calles, que nadie sabe de dónde viene y que obliga al Gobierno Nacional a buscar la manera de contrarrestarlo. El diálogo de Rulfo, que sirve de epígrafe al libro El dulce olor de Puerto Perla, escrito por Óscar Seidel, profesor de la Universidad del Valle, predice el final que en la novela tiene el pueblo. Un hombre pregunta por qué Comala se ve tan solo, como si hubiera sido abandonado. La respuesta que recibe es: “No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie”. Desde ese mismo momento el lector identifica un pueblo que, por los asesinatos y los malos olores, es abandonado por sus habitantes.

Óscar Seidel necesitó noventa páginas para contar una historia intensa. Su prologuista, el escritor Fabio Martínez, advierte que El dulce olor de Puerto Perla es una novela minimalista, porque su autor parte de un microcosmos para narrar esa hedentina que se riega por todo el pueblo. Con esto quiere decirle al lector que, no obstante la novela no abarca un universo amplio, muestra en pocas páginas cómo un pueblo del pacífico colombiano se resiste a convivir con un olor que impregna todo el ambiente. La narración se inicia con el llamado que le hace Jazmín, una vecina del barrio Las Flores, al personero municipal, para que trate de hacer algo en bien de la comunidad. “Hay un olor en Puerto Perla que nos tiene desesperados”, le dice cuando lo alcanza en la calle antes de llegar a su despacho.

Memo, Fausto y Manolo son tres ancianos que, por su lengua mordaz, en Puerto Perla todos les temen. Jubilados, con más de ochenta años cada uno, se reúnen en el parque para hablar sobre lo que pasa en el pueblo y para recordar su historia. En los primeros capítulos indagan de dónde viene ese olor que transformó el medio ambiente, que, según ellos, provocó cambios en los estados de ánimo de las personas, ocasionó malestares estomacales en los niños y disminuyó el deseo sexual de los hombres. Manolo dice que en el pueblo la gente se acostumbró a convivir con los malos olores. Fausto, por su parte, reconoce que ahí siempre se ha vivido en emergencia sanitaria. Mientras tanto, Memo le echa la culpa de la hedentina a los productos químicos que en el terminal marítimo bajan de los barcos.

¿De dónde viene ese olor que invade las calles de Puerto Perla? El alcalde dijo en una reunión que podía ser algo arrastrado por un aguacero que había caído esa semana. El jefe de sanidad piensa que pudo haber sido ocasionado por una marea alta que se metió a las casas construidas a la orilla del rio. Los ancianos del parque dicen que pudo traerlo La Ñoca, una mujer que nunca se bañó, duró diez años sin cepillarse los dientes, y se caracterizaba por sus malos olores. La mujer había desaparecido desde hacía varios años. Pero ese hedor insistente le hace pensar a la gente que ha reaparecido. Fue una mujer a quien una infección le deformó la nariz. Dormía en una banca de la plaza. Debido a los olores que expedía, una tarde se la llevó el carro de la basura. Desde ese día, nadie volvió a saber de ella.

Para estructurar la historia, Óscar Seidel recurre a la oralidad, construyendo el relato a través de diálogos donde los ancianos cuentan cómo fueron esos hedores que por temporadas se despertaron en el pueblo. En una conversación, el jefe de sanidad le recuerda al alcalde cómo combatieron la peste del mal olor de las axilas que en un tiempo vivió la población. Le recomienda, entonces, a una mujer, según él, doctorada en aromaterapia, para que les brinde una “asesoría odorífica”. La dama sacaba la hedentina fumigando las casas “con la quema de una mezcla de enebro, tomillo, bálsamo y ámbar”. Contratada con veinticinco millones de pesos, organizó hogueras que fueron encendidas en puntos estratégicos. El olor nauseabundo no se fue. Pero el alcalde se echó al bolsillo el diez por ciento del contrato.

El mal olor que se mete por las narices de los pobladores de Puerto Perla debe interpretarse en la novela como una metáfora de su realidad. El narrador que esporádicamente aparece en el texto cuenta que, en las noches, las ánimas deambulan por sus calles. Según lo narra Óscar Seidel, en una prosa que, no obstante la economía narrativa, retrata con pincelazos afortunados su ambiente, el último agente viajero en visitar a Puerto Perla se vuelve loco “por el silencio que reina en el lugar”. El hedor que obliga a la gente a abandonar el pueblo lo produce también la corrupción. El alcalde se enriquece adjudicando contratos a sus amigos sin el lleno de los requisitos legales, y un fiscal recibe seiscientos millones de pesos para fallar un proceso a favor de un narcotraficante.

Puerto Perla es un pueblo a orillas del mar pacífico, reconstruido después de un incendio, que sobrevivió a la amenaza de un tsunami, pero no pudo sobrevivir al mal olor. Esa población puede ser Tumaco, el pueblo donde nació el autor del libro, que se formó al vaivén de las olas, sin que nadie lo descubriera ni lo fundara. De pueblo humilde pasa a convertirse en población próspera. Todo debido al auge que toma el cultivo de hoja de coca. Con el crecimiento vive la desgracia. Atraídos por esa bonanza llegan los actores armados. Paramilitares, guerrilla y delincuencia común lo convierten en un escenario de muerte. Chango, un muchacho que jugaba billar, se enrola con la guerrilla y se convierte en jefe del frente que produce cocaína. El Gobierno desplaza 1.000 hombres para darle captura, pero no lo atrapan.

El dulce olor de Puerto Perla es una novela que narra la desesperación de los habitantes por el mal olor. El único que no siente esos hedores es el Raja-muertos, un hombre que tenía anestesiado el olfato de tanto convivir con los muertos. Durante varios años fue el encargado de realizar las autopsias a las víctimas de la violencia, que enterraba en su propio cementerio, acondicionado en un lote del municipio del cual se apropió. Seidel dice que hasta el Papa se quejó de la hedentina cuando visitó a Puerto Perla. “Estoy muy extrañado con el olor del pueblo”, dijo. Olor que también los ancianos chismosos le adjudican a Merejo, un personaje que un día se encontró una guaca. Tenía en la pierna una llaga purulenta que emanaba un mal olor. Había sido enterrado esa semana en el cementerio del Raja-muertos.

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