Miguel Páez Caro: un buen narrador tolimense

Miguel Páez Caro: un buen narrador tolimense

La literatura se nutre de historias bien contadas y las que cuenta tienen sabor a secreto revelado.

12 de enero 2021 , 09:25 p. m.

El departamento del Tolima ha sido tierra abonada para que de su entraña salgan buenos escritores. La lista de hombres comprometidos con la palabra oriundos de esta región es extensa. La encabeza José María Samper, nacido en Honda el 31 de marzo de 1828, un escritor catalogado como uno de los grandes humanistas colombianos del siglo XIX. Casado con Soledad Acosta, durante los años en que vivió en Francia este ensayista se relacionó con figuras como Víctor Hugo y Alphonse de Lamartine, de quienes aprendió cómo escribir bien. De esa tierra bañada por las aguas del río Combeima salió también Diego Fallón, el autor de La luna, un poema extenso (30 cuartetos) que la Academia Colombiana de la Lengua calificó como uno de los más hermosos de la lírica nacional escritos en ese siglo.

El legado literario de estos dos hombres abrió las puertas para que muchos tolimenses tomaran la palabra como opción de vida, utilizándola no solo para cantar la belleza de sus paisajes sino para interpretar la idiosincrasia de su gente, para exaltar los atributos físicos de sus mujeres, para hablar de las cosas que les dan identidad y para narrar su pasado histórico. Una pléyade de creadores de belleza que utilizan el lenguaje para contar sus alegrías, sus angustias existenciales, su enamoramiento de la mujer, su visión clara del mundo y su interpretación de la historia, le dan lustre a este departamento donde se meció la cuna de Juan Lozano y Lozano, el autor del hermoso soneto La catedral de Colonia. También la de Arturo Camacho Ramírez, el poeta piedracielista que fuera gran amigo de Pablo Neruda.

Estos dos párrafos iniciales intentan demostrar que las letras tolimenses se han ganado un espacio importante en la literatura colombiana. Los jóvenes que en este departamento escriben están abriendo, con su trabajo literario, puertas para que sean conocidos en el ámbito nacional. Lo logrado por escritores como William Ospina, Eduardo Santa, Germán Santamaría, Carlos Orlando Pardo, Benhur Sánchez, Óscar Echeverri Mejía, Héctor Sánchez y Jorge Eliécer Pardo es motivo para que los autores jóvenes de esta región exhiban con orgullo sus libros. Esto es lo que viene haciendo Miguel Páez Caro, un escritor nacido en Ibagué en 1973, licenciado en filosofía y letras, autor de los poemarios El solitario de Denver (2006), Alma de Getsemaní (2008) y Pentagrama (2009).

Pues bien: el autor de estos dos poemarios, que es además promotor de lectura en Ibagué, incursiona ahora en la narrativa. Y, a decir verdad, lo hace muy bien. Su libro de cuentos Genética de los nombres y otros relatos, publicado por Caza de Libros, una editorial tolimense, tiene eso que Ricardo Piglia llama en su Teoría del cuento “puntos trascendentales que unen las historias subyacentes en un relato”. El lector lo advierte en varios de los catorce cuentos que conforman el libro. Pero se destaca más en el cuento Por Dios, Ricardo, una historia bien manejada, donde el personaje escritor narra la forma como llegó a Cartagena para convertirse en profesor de literatura. El punto que une la historia está en que el escritor lo que hace es dictarle la historia a una muchacha para que la digite en el computador.

Los cuentos de este libro traen a la memoria los que recogió Germán Santamaría en el libro Desnúdate Marilyn. Sobre todo porque tienen vigor narrativo e intensidad dramática. Aunque aquí no se habla de esas máquinas agrícolas que se ven por las explanadas del Líbano, ni de esos hombres que se reúnen con sus patrones antes de recorrer los arrozales, estos cuentos tienen la magia narrativa que caracteriza los relatos escritos por Santamaría. El lenguaje tiene cadencia musical, la narración despierta interés, los hechos se cuentan con verismo. En el cuento Pecas, por ejemplo, que es el relato de un hombre que en Chicago se encuentra con una mujer que conoció en Ibagué, la narración en primera persona alcanza un ritmo que lleva al lector, sorprendido, hasta el final.

Miguel Páez Caro logra en Genética de los nombres y otros relatos dos cosas importantes para un escritor: la primera, contarle al lector, en un lenguaje armonioso, que quien está detrás del libro es un apasionado por la literatura. En la mayoría de los cuentos, el personaje es alguien muy leído, que discute con propiedad sobre obras y autores. La segunda: que ese personaje tiene un cordón umbilical que lo une a Ibagué, el espacio geográfico donde le ocurren las historias que narra. Quien lea el libro identifica inmediatamente que el narrador está contando hechos vividos por el autor en esa ciudad. Es decir, el escritor se convierte en personaje. Lo dice Martha Lucía Gutiérrez en el prólogo cuando afirma que Miguel Páez Caro “deja de ser testigo y se transforma en protagonista”.

Con este libro, Miguel Páez Caro entra por la puerta grande al club de los narradores tolimenses que tienen historias para contar y, sobre todo, que las saben contar. Si con El jardín de las Weissmann, que fue llevada a la televisión con el nombre de La estrella de las Baum, Jorge Eliécer Pardo alcanzó trascendencia nacional, con Genética de los nombres y otros relatos Páez Caro se posiciona como un buen narrador. El cuento Jesús, que es la historia de una mujer que cae a una cárcel en los Estados Unidos por haber servido de mula, es un relato apasionante. Ella queda embarazada del amigo que le tuvo el maletín donde llevaba la cocaína en el momento de pasar por el control de las autoridades. La forma de desahogar sus penas es escribiéndole cartas desde su celda. Al niño le pone el nombre de Jesús.

La literatura se nutre de historias bien contadas. Y las que cuenta Miguel Páez Caro tienen sabor a secreto revelado, a lecturas que le abren horizontes al alma, a prosa fresca sacada de una cantera iluminada. El recurso intertextual que el escritor utiliza le proporciona al texto un interés mayor. Porque al lector le gustan esas historias donde aparecen referencias a libros o autores que en alguna oportunidad ha leído. El cuento Inmortal es de excelente factura literaria. Ese estudiante que descresta a las muchachas bonitas haciéndoles creer que escribe poemas hermosos es un personaje que tiene gracia. Cuando se avanza en su lectura, se piensa que es verdad que escribe poemas. El truco del escritor cuando revela la rima de Bécquer que el hombre recitó como propia deja mal parado al estudiante.

José Miguel Alzate

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