Así viví el terremoto de Armenia

Así viví el terremoto de Armenia

Era como si una fuerza superior viniera desde el fondo mismo de la tierra, arrasándolo todo.

08 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

El título de esta columna es el mismo que le puse a una crónica sobre el terremoto de Armenia, que por sugerencia del inmolado periodista Orlando Sierra Hernández escribí la misma semana de este haber ocurrido, publicada en La Patria, de Manizales. Pues bien: quiero recordarles a los lectores de esta columna cómo viví ese movimiento telúrico que el 25 de enero de 1999, hace veinte años, despertó la solidaridad internacional hacia una ciudad que uno pensaba no se iba a recuperar de la destrucción ocasionada por la fuerza de la naturaleza. Recuérdese que, para resurgimiento de la zona afectada por el sismo, el Gobierno Nacional invirtió un billón ochocientos mil millones de pesos. Hace hoy quince días Colombia recordó con dolor esta tragedia.

Eran la una y diecinueve minutos de la tarde cuando el terremoto sacudió la ciudad. En ese momento, yo estaba sentado frente a una máquina de escribir. Terminaba de redactar un artículo para el periódico Café 7 días. De repente, siento que la tierra se mueve. Fue un movimiento leve en los tres primeros segundos. Pero luego fue un sacudón enorme. Se escuchó entonces un rugido impresionante, como de un mar en furia. O como si una fuerza superior viniera desde el fondo mismo de la tierra, arrasándolo todo. “Está temblando”, grito. Asustado, llamo a mi esposa para que busque a los niños. Con ellos nos ubicamos debajo del marco de la puerta que da acceso al patio. La casa se mece como frágil barca hacia todos los lados. Son segundos angustiosos. “¡Dios mío, sálvanos!”, alcanzamos a gritar.

La gente, sin más recursos que su voluntad, trataba de acercarse al edificio derrumbado. Pero nada podían hacer para rescatar los cuerpos

Siento un golpe seco, fuerte, demoledor. Miro hacia el patio de la casa contigua, y veo que parte de la terraza ha caído sobre la primera planta, destruyéndola. Sobre el techo se siente otro cimbronazo igual, como si la planta alta se hubiera derrumbado. Entonces, desesperados, corremos hacia el portón. Y mientras buscamos la salida hacia la calle escuchamos el ruido de vidrios que se parten, de ladrillos que caen, de loza que se revienta, de objetos que se despedazan contra el suelo. El vaivén de la casa nos impide salir rápido. Cuando logramos hacerlo vemos sobre el andén tejas partidas, pedazos de bloques de cemento, vidrios quebrados. Al mirar hacia la casa contigua empiezo a darme cuenta de lo que en realidad había sucedido.

En la esquina, dos casas estaban en el suelo. Más allá, a mitad de la cuadra, se veían paredes caídas, carros destrozados, hierros retorcidos. Entonces me di cuenta de que había sido un temblor devastador. Sin reponerme del susto, caminé hasta la cuadra siguiente. Y vi, en la otra esquina, que la planta alta de una casa se había venido al suelo. Llorando, varias personas pedían auxilio. Entre varios vecinos tratamos de ayudarlos. En esa vivienda el panorama era triste: un niño de escasos diez años de edad tenía una herida enorme en la cabeza: le había caído un ladrillo encima. Y una señora por ahí de unos cuarenta años estaba tirada en el pavimento con una pierna quebrada: había caído desde la segunda planta. La familia pedía auxilio. Uno sentía como propio el dolor ajeno.

Después del remezón fuerte siguieron varias réplicas de menor intensidad. En la cuadra todos estábamos a salvo. Sin embargo, en las calles el movimiento de carros y motos con las luces encendidas y las bocinas sonando producía miedo. Daban noticias sobre estragos en el centro de la ciudad. Traté de sintonizar las emisoras, pero estaban fuera del aire. Fue cuando decidí hacer un recorrido, en moto, por las principales vías. Eran casi las tres de la tarde. No había transcurrido hora y media después del remezón. Salí a la calle 21, que es una avenida de doble carril. Presentaba un panorama desolador: familias enteras llorando, techos en el suelo, enseres domésticos en la calle, heridos pidiendo ayuda, postes de la luz caídos, paredes reventadas, casas totalmente destruidas.

Al llegar a la esquina del parque El Bosque, en el cruce de la carrera 23, el panorama era aterrador. La sede del Cuerpo de Bomberos, un edificio de tres pisos, estaba derrumbada. Se había ido al suelo como si fuera un castillo de naipes. Y se oían gritos lastimeros, llamadas de auxilio, quejidos lúgubres. Habían quedado atrapados, entre sus escombros, quince miembros de la institución. La gente, sin más recursos que su voluntad, trataba de acercarse al edificio derrumbado. Pero nada podían hacer para rescatar los cuerpos: las planchas de los pisos, al caer, habían quedado intactas, sin partirse. Así la labor de auxilio era imposible. Las máquinas también quedaron aprisionadas entre los escombros. Afuera, cuatro bomberos que se salvaron de morir esperaban la llegada de los socorristas.

En la carrera 19 se veían casas derrumbadas, puertas caídas, edificios agrietados. En el sector de La Cejita se había formado un trancón enorme de vehículos. Buses urbanos, camiones, ambulancias, carros particulares obstaculizaban el tránsito. En su interior las gentes gritaban para que agilizaran el paso. Pero era imposible. Porque de ahí para arriba, hasta el Hospital del Sur, la situación era más grave. De las casas destruidas la gente sacaba con dificultad a los heridos, las personas corrían desesperadas, carros y motos andaban en contravía. El olor a ladrillo, a polvo fresco, a tierra arrasada se respiraba en todos los rincones. Los perros caminaban por las calles sin siquiera ladrar, como si supieran de la tragedia. La desesperanza hablaba en los rostros de las víctimas.

En la plaza de Bolívar el silencio era total. La gente no hablaba. Era como si el dolor de la tragedia se hubiera llevado las palabras. Se miraban sin entender lo que había pasado, como preguntándose ellos mismos “¿Qué fue esto?”. El edificio de la Asamblea Departamental estaba ladeado contra la carrera 14. Frente a los escombros de las edificaciones la gente observaba como si quisiera indagar sobre sus muertos. Estaban seguros de que ahí debía haber gente sepultada. La réplica después de las cinco de la tarde fue fuerte. Hizo que nadie pasara la noche en las casas. A medida que el firmamento se iba oscureciendo crecía la angustia. Los helicópteros volando bajito eran motivo de preocupación. La ciudad se aprestaba a pasar una noche de miedo en completa oscuridad

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