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¡No se dejen!

¡No se dejen!

Los candidatos no pueden volverse rehenes de los fundamentalistas que los siguen.

04 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

La foto causó revuelo. En realidad, no tenía por qué. Se trataba de tres dirigentes políticos paisas que se encontraban en la antesala de un debate y se saludaban cordialmente como viejos conocidos que son. En el mismo lugar se encontraba otra política, Paloma Valencia, y debo decir –porque fui testigo de excepción del encuentro, ya que había sido designado moderador del foro– que el trato de ella frente a los otros candidatos y de ellos hacia la senadora también fue en extremo cordial. Me pregunto las cosas –todavía peores– que habrían dicho si la foto no la hubieran integrado los tres políticos sino los cuatro, con Paloma. Si ya solo con Gutiérrez, Gaviria y Fajardo se armó tremendo revuelo, no me quiero imaginar lo que hubiera sido que la precandidata uribista se hubiera arrimado un poquito en ese instante.

(Lea además: La resurrección de los corruptos)

Los insultos les llovieron a los tres por igual. Los de Fajardo le decían que era increíble que ahora apareciera con el “gallo tapado de Uribe”, refiriéndose a Federico. Los seguidores de Gaviria le increpaban por el contacto cercano con el ‘facho’ aquel y el tibio de Fajardo, mientras varios simpatizantes de Gutiérrez lamentaban que este se hubiera aliado con la izquierda, como si darse la mano o tomarse la foto significara adherir a las ideas del otro, entregarse, arrodillarse, claudicar. ¿En qué país tan polarizado, pero, sobre todo, tan ridículo estamos viviendo?, me pregunto.

Lo que pasó después, en el debate convocado por Fenalco, tampoco les hubiera gustado a los radicales de lado y lado. Se trató de un cara a cara con altura, en el que hubo alusiones directas, duras si se quiere, pero en todo momento respetuosas y consistentes.

Me alegró mucho que ni Fajardo, ni Gaviria ni Gutiérrez se hubieran arrepentido de la foto y de estrecharse la mano o incluso abrazarse, como lo hicieron. Por el contrario, sus explicaciones de aquel episodio fueron el reflejo de lo que son: personas decentes que están compitiendo con altura por la presidencia de este país. Y eso debería alegrarnos a los electores y en vez de convertirlo en objeto de críticas tendría que ser aplaudido como un ejemplo de que se puede pensar distinto, pero, en todo caso, caber en un mismo auditorio; caber en un mismo país.

Como si darse la mano o tomarse la foto significara adherir a las ideas del otro, entregarse, arrodillarse, claudicar.

¡No se dejen, apreciados candidatos! No se dejen de los que quieren radicalizarlos; de los que esperan que salgan a darse trompadas como si esa fuera la solución de todos nuestros problemas. Sean auténticos, que eso les traerá votos. Si son ateos, defiendan con respeto sus posturas. Si son creyentes y religiosos, no se avergüencen del credo que profesan. Si creen que a la empresa privada hay que defenderla, no teman el rechazo de los estudiantes o de los más pobres y, antes bien, convénzanlos de que se necesitan más empresas para que haya más democracia y menos pobreza. No se dejen de los que creen que dividiendo reinarán.

Me gusta pensar que la política puede hacerse como la vi el viernes de la semana pasada en ese encuentro en Cartagena. Quisiera creer que con el paso de los días habrá una distinción y competencia de ideas y modelos, pero que, en cualquier caso, podremos elegir de lo bueno, lo mejor y no simplemente resignarnos a votar en contra de otro o con el odio y el miedo como factor irracional de una elección.

No se dejen, apreciados candidatos, volver rehenes de los fundamentalistas que se expresan en las redes sociales y de los asesores que vendrán aconsejándolos pulverizar al otro sin consideraciones personales. Tener posiciones, expresarlas con carácter y convicción no implica pisotear al otro o estigmatizarlo. Se puede ser firme sin caricaturizar o denigrar. Se puede defender la tesis propia sin desacreditar la ajena. Se puede hacer política con P mayúscula. ¡No se dejen, candidatos!

JOSÉ MANUEL ACEVEDO

(Lea todas las columnas de José Manuel Acevedo en EL TIEMPO, aquí)

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