¿Fracaso gremial?

¿Fracaso gremial?

Los gremios se volvieron más políticamente correctos que ideológicamente propositivos.

16 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Hay gente buena que lidera los gremios productivos del país. Están los de siempre, los más veteranos y algunos otros que han llegado para renovar estos grupos. Mi problema no es con ellos en particular, sino con la institución gremial, como concepto de fondo, que tendría que entrar en una seria revisión, pues algo definitivamente no está funcionando bien.

Las voces de sus representantes no tienen el eco que tenían antes, sus pronunciamientos son registrados si acaso marginalmente en la gran prensa colombiana; parecen llegar siempre tarde a las discusiones importantes, y da la impresión de que por andar defendiendo intereses demasiado específicos, los gremios en Colombia perdieron un rumbo grupal que en otras épocas lucía más sólido. Esa batalla, hay que decirlo, la están ganando, por ahora, los políticos y los jueces populistas.

Juan Lozano recordaba en una de sus recientes columnas que, según la última encuesta de Invamer, “la clase empresarial colombiana no registraba marcaciones más bajitas desde 2002 (49 % favorable contra 42 % desfavorable)”, y Gabriel Silva, en este mismo diario, señalaba que “la evolución del patrón jurisprudencial en las últimas décadas sugiere un sesgo cada vez mayor contra el sector empresarial”.

¿Pero de quién es la culpa? ¿De los populistas, que siempre han intentado hacer carrera con sus discursos antiempresa, o de los empresarios –grandes y pequeños–, que les han dejado libre la cancha a los enemigos de la democracia, de las libertades individuales y de la propiedad privada? ¿La culpa es de los que en épocas electorales proponen ideas insensatas en el largo plazo con tal de ganar votos, o de quienes, escondidos en sus caparazones, esperan que alguien salga espontáneamente a defenderlos sin mover un solo dedo ni librar debates de frente?

Y, en ese sentido, ¿no deberían los gremios estar dando esas peleas, conceptualmente cruciales, en torno a ideas transversales de defensa de la libertad de empresa, en vez de haber volcado todo su trabajo a actividades de lobby en el parlamento?

Los gremios no han sido capaces de llegarles con un discurso atractivo a los más jóvenes, y algunos responden a intereses alineados con el gobierno de turno –que no necesariamente concuerdan con los de sus afiliados–. Intentaron desafiar a la clase política oponiéndose al proyecto de reforma de la Contraloría, y, aunque lograron unos tímidos cambios, los que criticaban el proyecto de raíz perdieron por W.

Lo que está pasando en el Congreso revela además que la cosa va estructuralmente mal: no son los partidos de izquierda los que están promoviendo iniciativas legislativas, por ejemplo, para ponerle trabas injustificadas al sector financiero (obvio que hay cosas para reformar, pero ningún país del mundo funciona sin bancos).
Tampoco es la izquierda la que anda lanzando globos de primas antitécnicas que vuelven todavía más inviable la creación de empleo en tiempos de altas tasas de desocupación. Son, paradójicamente, partidos como el Conservador o el Centro Democrático, que se supone que están más cerca de los gremios, los que andan en eso, lo cual nos deja con el mundo al revés.

Lamentablemente, la causa de la iniciativa privada no tiene quien la impulse porque la institución gremial anda viendo solo la foto y no el rollo completo. Salvo contadas excepciones, los gremios se volvieron más políticamente correctos que ideológicamente propositivos, y, de cara a unos politiqueros con discursos efectistas y redes sociales a su alcance, las asociaciones gremiales no pueden seguir siendo simples espectadores.

Las cifras de las últimas encuestas, que revelan ya no un problema de favorabilidad sino de supervivencia, deberían servirles de cimbronazo para ver si reaccionan.

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