Contra el catastrofismo

Contra el catastrofismo

Siempre es más fácil pensar en lo que no funciona que valorar las conquistas que hoy tenemos.

18 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Que cada cual decida si marcha o no. Que cada quien pueda libremente expresarlo, volverlo columna o hashtag. Les propongo un ejercicio distinto: que no nos dejemos de los que quieren sembrar miedo, de un lado y del otro, para obtener sus propias cosechas; que aprendamos a ver lo que nos pasa en perspectiva y que por cada cosa que nos provoque legítimamente indignación, como la muerte de líderes sociales, la inequidad, la exclusión o la enorme brecha entre ricos y pobres, seamos conscientes también de que cuando vemos el bosque completo y no apenas un pedazo del paisaje, las cosas no están tan mal como nos las pintan, ni que estamos al borde del abismo o que este país no tiene remedio.

Se trata de un llamado, en fin, para evitar el catastrofismo y salirnos de la rutina de ‘fracasomanía’ en la que nos metimos peligrosamente.

Revisemos con serenidad estos datos: en los últimos años, la educación ha tenido la más importante relevancia en los presupuestos generales, por encima, incluso, del sector defensa. El del 2020, que asciende a los 44 billones de pesos, será el más alto de la historia, entre otras razones, gracias a un grupo de estudiantes que hicieron propuestas concretas y a un gobierno que los oyó y se sentó a negociar un pacto por la educación ambicioso que hoy se está cumpliendo.

Los homicidios vienen cediendo también en los últimos tiempos, y en los meses recientes logramos una cifra menor que la de hace 20 o incluso 30 años. Comparado con el 2018, en lo que va corrido del 2019, tenemos 113 casos menos de muertes violentas, y en materia de secuestro, gracias a las acciones de los últimos gobiernos, este año también se tendrá la medición más baja en las dos décadas más recientes.

Ni todos los que van a marchar el jueves son unos mamertos que propenden a la anarquía, ni a este país se lo ha llevado ‘el putas’

Esta democracia, tan criticada porque hasta hace solo algunos años se la repartían liberales y conservadores –con enorme mezquindad y muertos de por medio–, ha permitido que los espacios se abran de manera que los movimientos de izquierda hoy llegan a una segunda vuelta presidencial, las personas LGBTI se convierten en alcaldes o alcaldesas, superando los prejuicios de las generaciones que nos antecedieron, y jóvenes que no estaban en las cuentas de los encuestadores o candidatos que invirtieron muy poco dinero o hicieron sus campañas vía digital vencieron las tenebrosas maquinarias en varios lugares del país.

Eso a lo que llaman ‘el establecimiento’ sí es posible, en Colombia, derrotarlo o transformarlo en las urnas. Aquí, los pesos y contrapesos funcionan, y una ley de financiamiento puede caerse por la independencia con que opera el máximo tribunal constitucional, o una segunda reelección del presidente más popular también puede frenarse por la misma vía.

Obvio que una nación está en problemas cuando destruye empleos, como nos está ocurriendo, pero la situación no es, ni mucho menos, irreversible cuando tenemos una tasa de crecimiento de la economía por encima del 3 por ciento, aventajando a muchos países del mundo que, esos sí, están estancados o en vías de recesión. Mientras aquí insistimos en vernos como los patitos feos del universo, periódicos serios como el Financial Times está llamando la atención de la inversión extranjera que llega a nuestro país, concretamente en sectores como el del turismo, bienes raíces o el farmacéutico.

Siempre es más fácil pensar en lo que no funciona que valorar las conquistas que hoy tenemos en muchos frentes. Ni todos los que van a marchar el jueves son unos mamertos que propenden a la anarquía, ni a este país se lo ha llevado ‘el putas’. Si tenemos visiones más comprehensivas y menos permeadas por el corto plazo y las agendas de unos pocos, podríamos avanzar más rápidamente en los pendientes que todavía seguimos teniendo.

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