¿Quién piensa en los niños?

¿Quién piensa en los niños?

Los argumentos de quienes se niegan a mandar a los niños a la escuela se agotan en líneas egoístas.

25 de enero 2021 , 09:25 p. m.

A estas alturas, cuando todos nos declaramos perjudicados por el año que hemos perdido a causa del coronavirus, habrá que decir que a quienes más secuelas les dejará el ‘bicho’ será a nuestros niños. Y puede que se mueran menos y pueda que el covid no les pegue tan duro, pero los efectos adversos que esta pandemia está generando en sus vidas se verán dentro de unos años, cuando el rezago en su aprendizaje, la falta de socialización, los problemas motores, la desnutrición y la violencia intrafamiliar de la que muchos están siendo silenciosas víctimas dejen cicatrices difíciles de sanar.

No me quiero imaginar el costo para la sociedad que puede significar tener una generación perdida, pero para allá vamos si seguimos haciéndole el quite al modelo de alternancia con argumentos mezquinos. La Unicef ha advertido recientemente que, si pasara otro año más sin una dosis mínima de presencialidad de los niños en las aulas, los resultados de un confinamiento prolongado para los menores podrían ser fatales.

No tengo hijos y entiendo que los padres son dueños de sus propios miedos, pero con frecuencia veo cómo los argumentos de quienes se niegan a mandar a los niños a la escuela se agotan en líneas egoístas, cuando no contradictorias.

“¡Qué susto mandar a mis chinos al colegio, porque nos pueden traer el virus y contagiarnos!” (papás que piensan en su salud, y eso está bien, pero que no me vengan a decir que lo que les importa con ese pretexto son sus hijos). O: “Ni a bate mando a mis hijos al colegio, pero para que no se aburran esta tarde nos vamos a la piscina del edificio, mañana salimos a la finca de unos amigos, los niños bajan al parque a jugar con sus amiguitos o aprovechando el pico y cédula haremos unas vueltas en el centro comercial y ellos nos van a acompañar” (papás que no han entendido que cualquiera de esos entornos son menos bioseguros que un aula de clases adaptada a las nuevas realidades). O están los que dicen: “Lo único que estamos haciendo es ir todas las semanas a la casa de unos familiares y de resto nos quedamos encerrados” (como si en esas casas estuvieran todos protegidos, cuando, de hecho, lo primero que hacen por la falsa sensación de protección es quitarse las mascarillas, todo porque están “en confianza”).

Y si uno esculca en las capas sociales de Colombia, se va a encontrar, con seguridad, con un aumento de la violencia dentro de las casas, con una ausencia de computadores y conectividad que les permitan a quienes más lo necesitan siquiera tomar clases virtuales y con unos niños que, antes, por lo menos recibían un plato de comida al día gracias a su asistencia a una escuela y ahora ni eso tienen porque todos los planteles educativos están cerrados.

¿Y qué dicen los maestros? Muchos de ellos son conscientes de la gravedad de lo que está ocurriendo y se enfocan, por ejemplo, en una pretensión razonable como que en la escala de priorización de la aplicación de la vacuna puedan estar más arriba para volver con más seguridad a su importante oficio. Sin embargo, otros sindicalizados lo único que esperan es poder organizar la siguiente marcha para sabotear cualquier plan, por más meticuloso y ajustado a los estándares institucionales que sea. Lo importante es fregar al Gobierno y pedir un nuevo aumento sin dejarse calificar.

No puede ser que en varios departamentos de la costa Atlántica o la costa Pacífica donde se cumplen las condiciones de ocupación de UCI, la tasa de prevalencia y la densidad poblacional para que se inicie ya el modelo de alternancia y donde se han hecho exitosos pilotos en los que la felicidad de los niños de volver habla por sí sola, sean los adultos los que, con explicaciones obtusas, se opongan a que esta posibilidad se concrete. Por eso me pregunto: ¿quién, de verdad, está pensando en nuestros niños?

José Manuel Acevedo M.@JoseMAcevedo

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