Aislar a los radicales

Aislar a los radicales

Es la hora de los que están dispuestos a ceder sin que su flexibilidad se confunda con debilidad.

25 de noviembre 2019 , 07:00 p.m.

Pudo ser más rápida. Pudo haber llegado sin la presión de los bloqueos y las movilizaciones. Pudo haber incluido una apertura en el gabinete más orgánica y pudo haber tenido una mejor manera de comunicarse. Con todo, la gran conversación nacional se ha iniciado, y su éxito depende de varios factores, pero quizás el más importante tenga que ver con generar mecanismos de empatía y de confianza para entender al otro. Para hablar, pero sobre todo para oír.

En un escenario como ese, los radicales no tienen nada que hacer. No flexibilizarán sus posiciones, no escucharán, no se pondrán en los zapatos del otro. Solo sabotearán e intentarán imponer sus propias agendas, que no concuerdan con las del interés general porque son las del odio, el resentimiento y la exclusión.

No les pedimos que dejen de opinar, porque estamos en un país en el que todavía nos queda la libre expresión. Tampoco les pedimos que dejen de tuitear, pues, salvo que a los dueños de esa plataforma tecnológica les parezca que se están incumpliendo algunas de sus normas, son perfectamente libres de manifestar sus puntos de vista a través de las redes sociales. De hecho, no somos quiénes para condenarlos al ostracismo como si pudiéramos escoger a quién dejar hablar y a quién callar a las malas.

Es la hora de los que lloran las heridas graves de un joven de 18 años con la misma intensidad con la que lamentan los desmanes de los vándalos contra los policías

Pero, así como ellos tienen la libertad de difuminar su toxicidad y, en efecto, pueden lograr envenenar a miles de sus seguidores, otros millones de ciudadanos estamos en nuestro derecho de marginarlos, por una vez siquiera, de la gran conversación nacional que los marchantes pacíficos han reclamado en los últimos días y que el presidente Iván Duque está liderando a partir de esta semana.

Es la hora de los que están dispuestos a ceder sin que su flexibilidad se confunda con debilidad. Es la hora de los que tienen principios que defienden con argumentos, pero no la de los intransigentes que solo quieren imponer sus puntos de vista. Es la hora de los que quieren cambios sin destruir un orden institucional que, aunque imperfecto, nos ha permitido progresos y avances que en momentos de fatalismo se olvidan, pero que son la base de un país hecho a pulso.

Es la hora de los que lloran las heridas graves de un joven de 18 años con la misma intensidad con la que lamentan los desmanes de los vándalos contra los policías. La hora, en fin, de los moderados, de lado y lado, que no han tenido el chance de intentarlo porque la política de las últimas décadas ha estado dañinamente permeada por los radicalismos.

Un presidente de talante concertador y sereno tendría las condiciones necesarias para explotar esas cualidades y liderar, desde el centro, diálogos conducentes y transformaciones necesarias; y, precisamente, Iván Duque, que ha sido cuestionado por tirios y troyanos porque para los unos es un borrego y para los otros un blandengue, tiene en esta crisis su mayor –y quizás– su última oportunidad.

Para lograrlo tendrá que mantener a raya a los radicales de su propio partido, pero también, del otro lado de la mesa, quienes se sienten a interpelarlo deberán zafarse de los prejuicios y marginar a los que les apuestan al odio y al puro sabotaje.

Así como a los gobernantes se les exige la mayor voluntad para el diálogo, habrá que encontrar, detrás de las cacerolas y de los ingeniosos afiches que pululan por estos días, a los que al tiempo que arengan proponen.

Que algo nos dejen estos días difíciles que hemos vivido y los que nos falta por superar: los radicales intentarán envenenarnos. De nosotros depende si lo permitimos o no.

@JoseMAcevedo

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