A Gabriel Silva

A Gabriel Silva

No he intervenido en el debate de las armas por la estigmatización que pesa sobre los ganaderos. 

07 de febrero 2019 , 07:33 p.m.

"Uno no reparte cerillas entre pirómanos”. Así concluye Gabriel Silva su reciente libelo contra el uribismo, los ganaderos y José Félix Lafaurie, mientras se pasea por los medios estigmatizando, como por una estación de gasolina con una antorcha encendida.

No sé de dónde sacó que yo he asumido, con Álvaro Uribe, la causa de regresarles a los ganaderos su derecho al uso de la fuerza. No he intervenido en el debate de las armas, precisamente por la estigmatización que pesa sobre los ganaderos por parte de las Farc, de la izquierda y de personajes como Silva Luján, que se dicen “de centro” y se rasgan las vestiduras por la polarización, pero no tienen empacho en unirse a la izquierda extrema para estigmatizar a los ganaderos como paramilitares y asesinos; continuando con su propia parábola, para incendiar el campo desde su cómodo sillón citadino y con un buen whisky.

No entraré en ese debate porque, no importa qué diga o deje de decir, el estigma persistirá, mientras “polarizadores” de oficio sigan echando leña a la candela, como este escudero de Santos, que lo impuso en la Federación de Cafeteros y, como su sucesor, en el Ministerio de Defensa, para premiarlo luego con la embajada de Estados Unidos. No en vano, su columna es caja de resonancia de las maravillas del gobierno Santos y látigo para sus contradictores.

Hace un año, refiriéndose al uribismo, afirmaba: “La responsabilidad histórica de ese proceso de radicalización social y de lucha de clases la tiene el comportamiento extremista, persecutorio e intransigente que mantuvo la derecha durante ocho años frente al proceso de paz”, cuando fueron, por el contrario, afirmaciones como la suya las que polarizaron el país con la bendición del Gobierno, que marcó como “enemigos de la paz” a quienes, en democracia, no estábamos de acuerdo con las negociaciones de La Habana. Es el mundo en blanco y negro, en el que Silva siempre viste de blanco en la orilla de “los buenos”.

No obstante, hoy no tiene reparos en colocar una lápida en la espalda de los ganaderos, como hicieron las Farc cuando nos declararon objetivo militar. Silva “debe” conocer de cerca la situación de inseguridad rural; su defensa a ultranza de su padrino y protector no le puede cerrar los ojos a la realidad de violencia rural del posconflicto ‘fariano’, que no resultó ser la paz prometida sino una suma de violencias criminales alimentadas por el narcotráfico desbordado que nos dejó el gobierno Santos.

Silva empieza su columna afirmando que “el Estado ha demostrado que puede someter a los violentos, los terroristas y las organizaciones criminales más poderosas”, y a fe que lo hizo con eficacia durante el gobierno Uribe, pero el retroceso fue enorme bajo la presión de las Farc en la mesa para minar la eficacia de la Fuerza Pública. Esa capacidad contra el terrorismo y el delito es lo que hoy volvemos a esperar del Estado, a partir del compromiso de Iván Duque con la recuperación de la legalidad, que es hija de la seguridad y la justicia.

Nunca he leído en sus columnas sobre el genocidio ganadero a manos de todas las violencias. La Fundación Colombia Ganadera documentó más de 4.000 asesinatos y más de 8.000 víctimas de toda clase de delitos, pero eso no le interesa a Gabriel Silva. Por el contrario, de la estigmatización pasa con facilidad a las acusaciones temerarias, sarcásticas e irresponsables: que “estos amigos ganaderos” están pidiendo patente de corso para desencadenar “en esas zonas una nueva ola de violencia social y política”, o que muchos finqueros se quedaron con miles de armas de los “ ‘paras’ y sus patrocinadores”.

Son afirmaciones que lindan con el Código Penal. Uno no puede soltar a un irresponsable con una antorcha en una estación de gasolina.

@jflafaurie

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