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La desigualdad

La desigualdad

Los grandes desafíos de carácter estructural que enfrentará Colombia tras la pandemia.

12 de julio 2020 , 05:20 p. m.

Hace unas semanas me referí en esta columna a los grandes desafíos que enfrentará Colombia como legado de la pandemia en materia de empleo, salud, finanzas públicas y reducción de la dependencia petrolera. Al lado de ellos existen otros de carácter estructural, en especial tres: reducir la vergonzosa desigualdad económica y social del país, generar una estructura productiva con mayor contenido tecnológico y recuperar la confianza en el Estado frente a múltiples problemas, en especial la corrupción.

Me voy a referir hoy al primero de ellos, que es, a mi juicio, el principal problema estructural colombiano. Las estadísticas son claras: Colombia es uno de los países del mundo con las peores distribuciones del ingreso. La desigualdad disminuyó algo desde comienzos del siglo, aunque a menor ritmo que en otros países latinoamericanos, y apenas revirtió el deterioro que había experimentado en los años noventa.

La desigualdad se está agudizando durante la crisis. Según un estudio del Cede, de la Universidad de los Andes, este año puede revertirse toda la mejoría que había experimentado desde comienzos del siglo. Además, se han hecho evidentes viejas y nuevas dimensiones de la desigualdad: entre las primeras, la agudización de la violencia y el mayor impacto sobre las mujeres de la reducción del empleo y la carga de la economía del hogar; entre las segundas, el acceso muy desigual a las tecnologías digitales, que ha golpeado dramáticamente a los estudiantes de menores ingresos.

Esto exige una estrategia de largo plazo para superar estos problemas. El primer ingrediente es una ambiciosa política educativa, tanto en acceso como en calidad. La educación es el mayor activo que tiene una persona proveniente de un hogar pobre para ascender socialmente. Un elemento esencial durante la crisis y la reactivación es, por lo tanto, garantizar que los estudiantes permanezcan en el colegio o la universidad.

El segundo es una activa política laboral orientada a garantizar las calificaciones, especialmente tecnológicas, de los trabajadores que entran al mercado o han quedado desempleados. Serán también esenciales unos programas de emergencia de empleo y subsidios a la generación de puestos de trabajo durante la reactivación. Y será importante mejorar el seguro de desempleo y concertar con los trabajadores reformas del estatuto laboral.

La mejora de los instrumentos de protección social es un tercer elemento. Una renta básica universal no es viable fiscalmente, pero sí un ingreso básico para todos los adultos mayores y mejores apoyos a los hogares pobres y vulnerables. Profundizar la construcción de vivienda social es también esencial para los sectores de bajos ingresos. La equidad de género exige también el reconocimiento de la carga de la economía del cuidado y el desarrollo de mecanismos de política que cubran parte de esa carga. Y, no menos importante, se deben mejorar los apoyos especiales a los pueblos indígenas y los afrodescendientes.

La cuarta línea de acción debe ser el fomento de las zonas rurales atrasadas, con la agenda de la Misión Rural: formalización de la propiedad rural y acceso a la tierra para campesinos que no la tienen; apoyo a la asociatividad; mayor provisión de bienes públicos, especialmente tecnología y vías terciarias, y programas participativos de desarrollo rural con enfoque territorial en todo el país. En este último caso, los Pdet en las zonas de conflicto han sido un avance importante.

Por último, pero no menos importante, un sistema tributario fuertemente progresivo. Dos elementos esenciales son la eliminación de múltiples beneficios tributarios regresivos que existen en nuestra legislación y un impuesto al patrimonio de base más amplia.

Esta debe ser una agenda de Estado, no de un gobierno particular. Exige, por tanto, amplios acuerdos políticos.

JOSÉ ANTONIO OCAMPO

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