El miedo a la pandemia

El miedo a la pandemia

Debemos, pues, llenarnos de buenas razones para enfrentar el miedo y el pesimismo.

04 de noviembre 2020 , 09:25 p. m.

Todos tendemos a ser pesimistas por estos días. O lo somos, para ser exactos. No es para menos: una pandemia –sin precedentes en nuestras vidas y de la que, por lo visto, nadie puede librarse– recorre el mundo, sin que aún haya solución a la vista.
De hecho, miles y miles de personas ya han sido sus víctimas mortales, mientras los demás tememos el mismo desenlace, sintiendo por momentos que hacemos fila para ir al cementerio, ¡a nuestro propio funeral!

En tales circunstancias, ¿cómo no caer en el pesimismo? ¿Y cómo no estar así, con los pelos de punta, cuando ese fenómeno, sorpresivo e incontrolable, nos lleva a encerrarnos en casa, como en una cárcel? ¿O, si el deber nos obliga para ir al trabajo, nos lanzamos a la calle, conscientes de que un enemigo invisible y letal está listo a atacarnos?

¿Qué decir, además, de la parálisis en múltiples sectores de la economía, que sigue haciendo estragos? ¿Y del correspondiente aumento del desempleo, que golpea con rigor a numerosas familias? ¿Y de la recesión en marcha, cada vez mayor ante las sombrías perspectivas que se reflejan en el desplome general de los mercados? ¿Y de la creciente pobreza, con el hambre a cuestas, sobre todo en nuestros países del sur?

¿Cómo ser, por el contrario, optimistas cuando la esperada vacuna no se ve llegar por algún lado? ¿Y qué decir de la inseguridad que ya empezó a tomarse los centros urbanos, como si estuviéramos volviendo al reino de la barbarie, donde el hombre se convierte en lobo para el hombre?

¿O será que estamos avanzando hacia el fin del mundo o, al menos, de la humanidad, más aún cuando pronósticos científicos auguran la destrucción de la vida en el planeta por fenómenos como el calentamiento global?

¿Vendrán, para colmo de males, nuevas pandemias, todavía peores que la actual, según los vaticinios de autoridades mundiales en la materia como Bill Gates, cuya extraordinaria riqueza ahora poco importa cuando lo que está en juego es nuestra supervivencia?

¿Asistimos, en fin, a la caída estruendosa del progreso en que tanto confiábamos hasta hace poco, cuando nos creíamos dueños del mundo, con la eterna juventud a la vuelta de la esquina y el continuo avance tecnológico que aliviaría todos nuestras enfermedades? ‘¡Pesimismo! ¡Pesimismo!’ parece ser la consigna de los tiempos que corren.

No obstante, frente a las preguntas anteriores, que suelen llevarnos a la desesperación, tampoco faltan respuestas positivas que conviene citar. En primer término, las de carácter religioso. Los cristianos, por ejemplo, creen en la misericordia divina para salir adelante, por lo cual pasan con facilidad del miedo a la esperanza, más aún cuando ni siquiera temen, ni deben temer, a la muerte, dada su fe en la otra vida o la vida eterna.

Los científicos, a su vez, continúan buscando la vacuna, cuya aplicación global está prevista para 2021; otros, en cambio, ante tan graves problemas ven enormes oportunidades, como ha sido el desarrollo de la revolución digital durante el aislamiento colectivo, y por doquier hay voces de aliento, con experiencias personales o familiares, que son ejemplos de valor y solidaridad, dejándonos ver la luz al final del túnel.

No olvidemos, por último, que la humanidad ha asistido, en su historia milenaria, a catástrofes similares, incluso de más magnitud que la presente, cuyas cifras de mortandad son muy inferiores a las registradas en las dos guerras mundiales del siglo veinte o en comparación con la población total del planeta.

¡Debemos, pues, llenarnos de buenas razones para enfrentar el miedo y el pesimismo, males sin duda más destructores que la misma pandemia! Y, claro, hay que usar tapabocas, mantener el distanciamiento y cumplir las normas sobre bioseguridad, lo mínimo que debemos hacer. ¡Nuestra vida está en juego!

Jorge Emilio Sierra Montoya

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