¿Sociedades civiles o anónimas?; no, criterio

¿Sociedades civiles o anónimas?; no, criterio

El martes se enfrentaron dos modelos de club: el social y el empresarial.

22 de febrero 2021 , 12:27 a. m.

El desigual cotejo de Champions del martes entre el FC Barcelona y el Paris Saint-Germain enfrentó a dos polos diametralmente opuestos, en todo sentido. Un equipo desorganizado y malo, el primero, frente al potente finalista de la última Champions, el segundo. El impiadoso 4-1 que le propinó el once de la torre Eiffel refleja dos realidades alejadísimas una de otra. “Lo peor para el Barça es que encima debe ir a París para la revancha, podría volverse con seis o siete goles”, comentaron periodistas catalanes, no sin realismo.

Son antípodas totales: destruido económicamente el Barcelona, acéfalo, implosionado por sus dirigentes, pésimamente administrado y hundido en lo deportivo; de óptimo presente el PSG, con un equipo poderoso, amplio respaldo financiero y firme manejo a través de su director deportivo, el brasileño Leonardo. Tiene a dos de los mejores futbolistas del mundo (Neymar y Mbappé) y busca afanosamente renovarlos por varios años para seguir siendo fuerte, rodeándolos además de un plantel muy calificado; incluso acaba de contratar a uno de los entrenadores de prestigio mundial, como es Mauricio Pochettino. Son sol y sombra.

No obstante, el Barcelona, su gente, se ufana de ser una sociedad civil y acusa al parisino de “club estado” dado que la entidad gala pertenece al Qatar Investment Authority, el fondo de inversión soberano del país petrolero. En efecto, el 100 por ciento del control accionario del PSG pertenece al estado de Catar. La pregunta sería bastante sencilla: ¿qué es mejor para el fútbol, y sobre todo para los hinchas, instituciones privadas sólidas con equipos brillantes o expresiones ineficientes y papelonescas, pero orgullosas de ser sociedades civiles? Los aficionados no deben tener dudas: a todos les gusta ganar. Sin embargo, cientos de miles de simpatizantes barcelonistas temen que, por el endeudamiento de más de 1.200 millones de euros con bancos y prestamistas tipo Goldman Sachs (deuda que crece cada día), el club pueda llegar a convertirse en una sociedad anónima deportiva —SAD en España—. Cabría preguntarles: ¿qué puede ser peor que el desastre actual?

Justamente, el martes se enfrentaron dos modelos de club: el social y el empresarial. En países como la Argentina, plantear la privatización de un club es casi arriesgar la vida. Podrían lincharlo a uno. Ahora bien, después del humillante 1-4, ¿los hinchas azulgranas habrán salido a las calles catalanas a gritar “viva, viva, somos un club social”? Y los del PSG ¿estarían tristes? “Sí, ganamos 4 a 1 y les dimos un baile bárbaro, pero somos de un fondo de inversión”. La Juventus, el Liverpool, el Milan, el Manchester United han ganado infinidad de títulos, repartido alegrías a sus seguidores, son popularísimos y tienen más de un siglo siendo sociedades privadas. ¿Dónde está el problema?

Si el Barcelona hubiese sido de su propiedad personal, ¿los directivos del FC Barcelona hubiesen gastado cerca de 900 millones de euros (entre fichajes, comisiones y contratos) en Coutinho, Griezmann y Dembelé? Desde luego que no, nadie ignoraba el disparate. Lo hicieron porque el dinero no era suyo y porque nadie los controla, el voto les confiere poder total de decisión sobre recursos que pertenecen a miles. En cambio, quien invierte su propio capital lo cuida. ¿Desaparecería el Barcelona si fuera una sociedad anónima? En absoluto. Estaría mil veces mejor manejado.

“¡El club es de los socios!”, gritan eufóricos los hinchas. Pero ¿alguien les pregunta a quién contratar como técnico, qué jugadores deben ficharse? Cuando un club transfiere un futbolista en 222 millones, como pasó con Neymar, ¿el dinero se reparte entre los socios? No. ¿Se les pregunta qué destino darle a esa suma? Tampoco. Entonces, ¿de qué presumen los socios? No son consultados para nada, no cuentan.

Del otro lado, en Italia, Inglaterra, desde el comienzo de este deporte los clubes son patrimonio de particulares o compañías. ¿Desaparecieron por ello el Inter, la Roma, el Arsenal, el Liverpool, el Tottenham? No. Quien adquiere el paquete accionario de estas fenomenales marcas deportivas tiene claro que deben preservar su tradición, grandeza y afán de triunfo.

¿Qué eran el Chelsea, el Manchester City, el PSG antes de que magnates o fondos de inversión tomaran su control? En 98 años de vida, el Chelsea conquistó una sola liga, en 1955; desde el advenimiento del ruso Roman Abramovich, en 2003, cosechó 18 coronas, entre ellas 5 ligas y una Champions. El PSG había logrado dos campeonatos franceses hasta 2011, cuando ingresó el fondo catarí. En nueve años ha sumado 26 éxitos: 7 ligas, 5 copas de Francia, 6 copas de la Liga y 8 Supercopas nacionales. Y ha sido finalista de Europa.

El Manchester City pasó gran parte de sus 141 años de vida en Segunda División: era un tobogán, subía y bajaba. En 128 años apenas había ganado dos ligas. En 2008 compró el club un grupo de Emiratos Árabes Unidos y alcanzó su máximo esplendor. Está cerca de hilvanar su quinta Premier en poco más de doce años y aspira a todo. Tanto el PSG como el Chelsea o el City se transformaron en clubes grandes, de resonancia mundial. ¿Está muy mal?

Un tercer modelo es el del Bayern, que es mixto. Está el club Bayern Múnich y la sociedad anónima Bayern Múnich. El primero integra la segunda y es dueño del 75 por ciento de las acciones. La sociedad comercial maneja todo lo inherente a ingresos por patrocinios, taquilla, premios, museo, mercadeo, imagen; a su vez paga a los futbolistas, técnicos, hace los fichajes. De lo que recauda pasa un porcentaje al Bayern club deportivo, que además cobra para sí la cuota mensual de los 250.000 socios. Si Bayern Múnich S. A. quebrara, el primero dejaría de recibir los beneficios comerciales, pero el club civil quedaría intacto, no está comprometido. Es una excelente tercera vía.

Si un club privado de Sudamérica —digamos Colo o Nacional de Medellín— ganara cinco Libertadores en diez años, ¿su público estará feliz o protestaría con pancartas por el estatus jurídico de la sociedad? ¿Y si invitamos a los jeques a invertir en este fútbol? Que tomen diez o veinte equipos, les inyecten millones de dólares y reinventen el fútbol sudamericano.

En mitad de 2017, el PSG hizo un desembolso brillante: 402 millones de euros para contratar a Neymar (222) y a Mbappé (180). En el mismo lapso 2017-2020, el FC Barcelona despilfarró 501 M€ en Dembélé (145), Coutinho (160), Malcom (42), Boateng (1), Griezmann (135) y Braithwaite (18).

De última, todo pasa por la eficiencia y la sabiduría, no por el carácter jurídico.

JORGE BARRAZA

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