Señoría, el fútbol es inocente

Señoría, el fútbol es inocente

El fútbol no es solo un juego de once contra once, es un fenómeno que nos ayuda a vivir mejor.

18 de mayo 2020 , 12:13 a.m.

La Federación Alemana de Fútbol divulgó un dato: cada fin de semana se disputan en su país 80.000 partidos. De ellos, solo 28 pertenecen a las tres ligas profesionales. Los 79.922 restantes son de carácter ‘amateur’, y de orden regional, infantil, juvenil, femenino, veterano, etc. De modo que entre sábado y domingo, varios millones juegan, dirigen, arbitran, controlan, organizan o simplemente alientan o acompañan. Ellos no cobran por jugar; los anima un entusiasmo genuino, no un fanatismo. Hacen deporte y son felices. Esperan con ansiedad toda la semana la hora de ir al campo y practicar su juego preferido.

No solo está satisfecho Robert Lewandowski, la estrella del Bayern Múnich que cobra 10 millones de euros anuales por sus goles; está contento ese chico de 12 años que tendrá su desafío, el ilusionado papá que llevará a sus dos hijos a un partido de divisiones menores, el técnico del femenino que sueña con un equipo ganador, el miembro de la selección de no videntes. No cobran por participar, al contrario, afrontan gastos. Pero no duermen la noche anterior por la emoción. Es parte de las implicancias sociales del fútbol.

Llevamos casi tres meses sin fútbol y no hemos muerto. No hubo síndrome de abstinencia, lo acatamos juiciosamente. Tampoco hubo festivales de música ni bares abiertos, ni bicicleteadas los domingos, ni salidas al parque o al cine ni visitas a museos; se congelaron el turismo, las reuniones con amigos, las parrilladas con padres, hermanos o hijos. Y nos hemos arreglado. Lo que no significa que deban desaparecer todas las actividades colectivas porque total podemos vivir igual.

Hay quienes eligen mirar el fútbol como un pasatiempo alienante o una anestesia de multitudes en la que unos cuantos ganan cantidades indecentes de dinero mientras los médicos o los profesores viven con lo justo. El fútbol es una actividad privada que paga a sus artistas lo que puede generar. Y si no, es un problema suyo. Quebrará. El Barcelona no le pide al Gobierno español para pagarle a Messi, consigue recursos, patrocinios, vende entradas, camisetas. Por el contrario, Messi es el primer contribuyente individual de España. Por encima de él, solo bancos y grandes empresas aportan más al fisco.

No miremos solo a Lewandowski, Messi, Neymar o Cristiano Ronaldo, lo de arriba es apenas una fina capa, debajo hay una amplia corteza que comparten miles de millones entre futbolistas aficionados, hinchas, trabajadores del fútbol, periodistas, técnicos, preparadores físicos, médicos, vendedores, empresas de indumentaria, de artículos promocionales, de bebidas, de alimentación. No se puede decir “si desaparece el fútbol, mejor, no pasa nada”.

La pelota no es simplemente un negocio, aunque algunos se llenen demasiado los bolsillos, hay que verlo también como una pasión, como un motor económico que mueve toneladas de dinero y da empleo a cientos de millones en el mundo. Y como un hecho cultural metido en el alma de los pueblos. Difícilmente algún suceso político, religioso o de cualquier índole haya proporcionado más orgullo a los colombianos que aquel 5 a 0 esculpido en el muro de la historia. Cuando tocan el himno y flamea nuestra bandera en un Mundial se nos aflojan las piernas. Estamos ahí, somos parte.

Está escrito en los libros que el llamado milagro alemán nace con la conquista del Mundial de 1954. Alemania se sentía aún abatida y humillada por la derrota en la Segunda Guerra y por el rechazo y la condena de los demás países, pero ganar ese torneo cuando aún quedaban escombros por juntar levantó la autoestima del pueblo y ahí comenzó la reconstrucción, la hizo revivir. Muchedumbres enfervorizadas los recibieron en Múnich y Berlín al regreso de Berna.

El fútbol no es simplemente un juego de once contra once ni un escenario de vanidades, es un fenómeno que nos ayuda a vivir mejor, con ilusión y expectativa. De la educación, la salud, la seguridad y otros servicios esenciales debe encargarse el Estado. El fútbol no busca ponerse por delante de los hospitales o las escuelas. Ni se cree más importante que los médicos o los científicos. Es lo que es. El fútbol no tiene la culpa de su popularidad. Siempre recordamos la famosa “final del caballo blanco” en la Copa Inglesa de 1923, el día que se inauguraba Wembley y concurrieron 300.000 personas, entre ellas, el rey Jorge V. Entraron hasta el campo de juego y hubo que tirar hacia atrás a la multitud con agentes a caballo. Se terminó jugando con el público pisando las rayas de cal. Hace un siglo ya tenía esa adhesión. Y no había ‘marketing’ ni redes sociales ni campañas publicitarias. Ni periodistas creando clima. No se le puede pedir a los hinchas que renuncien a su influjo. Es como decirles a dos enamorados “no se amen”.

¿Qué ganaría un país con que desapareciera el fútbol? ¿O con que pase a ser pobre? ¿Quién se beneficiaría? ¿Cómo? Recordemos que la industria futbolística paga los impuestos que determina la ley. ¿Que las estrellas ganan sueldos estratosféricos? Sí, y desde luego no parece justo que unos tanto y otros tan poco, pero cobran lo que inciden en la facturación. Tampoco olvidemos que las figuras son las que crean la fascinación de los niños por este juego.

En 1985 Colombia renunció a organizar el Mundial. Se adujo que la prioridad eran las escuelas y los hospitales. Cada vez que un país se postula para algo se esgrime la moralina de las escuelas y los hospitales, que es como un tren expreso que se te viene encima cuando estás caído sobre las vías. ¿Se hicieron las escuelas? ¿Y los hospitales? ¿Qué cambió? ¿Ganó calidad de vida la gente por esa declinación? ¿Fue una sabia decisión?

El fútbol hace una obra social extraordinaria entre la juventud y la niñez. A miles les enseña desde higienizarse y viajar hasta ser tolerantes con el compañero que malogra un gol o respetuoso de las decisiones del entrenador. Un niño en la cancha es un niño menos en la calle. En 2006 se realizó en Bogotá un seminario de la Fifa en el cual tomé parte y en el que participaron la Unicef y otras organizaciones de ayuda a la niñez, las cuales expusieron su acción. Casi todas centraban su labor caritativa en derredor del fútbol. Patricia Janiot estuvo presente; presidía ya entonces la fundación Colombianitos, que ayuda a niños desplazados por la guerrilla. Niños que han perdido a sus padres, a toda su familia. “Muchos quedan bloqueados y no vuelven a hablar, no responden a estímulos”, explicó. No sabían qué hacer con ellos, hasta que a alguien se le ocurrió llevarlos a una cancha de fútbol y tirarles una pelota. ¿Qué pasó? Los niños salieron corriendo y gritando tras la pelota. Se abrieron. A partir de allí, toda la estructura de la fundación se centra, primero, en una cancha de fútbol. “Circundando el campo se hacen los comedores, las habitaciones, las demás dependencias”.

La memoria siempre nos sirve en bandeja un recuerdo memorable de Eduardo Pavlovsky, psiquiatra, actor, dramaturgo y director argentino fallecido en 2015. Pavlovsky iba al fútbol y adoraba a Independiente. “¿Qué cosa es el fútbol, de qué está hecho?”, se preguntaba. Desde su óptica profesional narraba una experiencia vivida en la final de la Libertadores de 1964; años después aún no lo podía creer: “Cuando Mario Rodríguez hizo el gol del triunfo me encontré dándome besos y abrazos con hombres que no conocía”.

Eso es el fútbol.

JORGE BARRAZA

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