‘Sangre y sudor…’

‘Sangre y sudor…’

Al periodismo lo inventaron los periodistas. A los diarios también.

20 de septiembre 2020 , 11:44 p. m.

–¿A que no sabés con quién vas a pasar la Navidad…? –pregunta sonriente el director de la revista.

–¿Cómo no voy a saber…? Con mi familia –contesta un tanto desconcertado el redactor.

–No, con Maradona. Te vas a Nápoles a pasarla con Diego y su gente.

–Pe… Pero…

–Ya está todo arreglado, recién hablamos con Diego y nos dio el OK.

–Ernesto, hoy es 23 de diciembre, mañana vienen mis viejos y mis suegros a pasar la Nochebuena con nosotros en casa. Yo hago el asado, ya compré la carne, todo…

–Llamála a tu esposa y avisále, te vas a Nápoles. Diego te espera, será una nota sensacional: ‘La Navidad íntima de Maradona’.

–Pe… Pero… Mi señora me liquida.

–Dale, dale que se te hace tarde. Hacéte un vale que te lo firmo y andá a Tesorería a pedir tres mil dólares para el viaje.

Era un viernes, cinco de la tarde en punto. Eduardo, aún conmocionado por la noticia que le alteraba todos los planes, no atinaba por dónde empezar. No encontraba los formularios de vales. “¡Tesorería cierra a las cinco…!”, recordó. Y tembló. Llenó el papel apurado, el jefe se lo firmó y bajó las escaleras a tal velocidad que resbaló y casi se desnuca. Llegó a Tesorería 5 y 5, la ventanilla estaba cerrada, varias luces apagadas. En un escritorio, por allá atrás, había una empleada. Le mostró el vale.

–Ya cerramos –dijo la chica, desde lejos.

–Pero yo necesito sacar dinero, tengo que viajar para una nota…

–Ya hicieron la caja y se cerró todo.

–Llamálo a Santi… (Santiago era el jefe de Tesorería, un amigo).

–Santi se fue, salió temprano porque tenía que hacer los preparativos para la Navidad.

Eduardo se tomó la cabeza. “¿Y ahora qué hago…?”. Volvió a la Redacción; el jefe también se había retirado. Se sentía confuso, aún conmocionado. Le seducía la nota, pasar la Navidad junto con Diego y su familia en Nápoles. Pero dejaba la suya. ¿Lo entenderían en su casa…? “¿Cómo se los digo…? Adriana me mata”. “El asado no es problema, le digo a mi viejo, él siempre me salva. ¿Y la plata para el viaje…?”. Salió como atolondrado, pensando a mil por hora. Se le prendió la lámpara: “¡Ya sé…!”. Le pediría a Martín, su cuñado, un empresario de futbolistas; ellos sí tienen plata. Lo único es que Martín no da puntada sin hilo, seguro le exigirá a cambio una camiseta de Diego firmada.

Eduardo pasó primero por lo del cuñado, luego a casa a tratar de explicar lo inexplicable y salir corriendo al aeropuerto. “Y, bueno, es nuestra pasión, nuestra vocación, el periodismo”, pensó mientras se ajustaba el cinturón del asiento 38 A, clase turista, de un vuelo de Alitalia. Ya estaban por despegar.

****

San Lorenzo se había ido al descenso, el primer grande que bajaba; fue algo increíble, una conmoción total y un dolor generalizado. Horacio creía tener un título colosal: “Y tu nombre flotando en el adiós”, extraído del tango Sur, justamente una pintura poética de Boedo, el barrio sanlorencista. Entregó la nota y al rato lo llamó el diagramador:

–Es largo.

–¿Qué cosa…?

–El título.

–No jodas, es un lindo título; metélo así.

–Es largo, se hizo un rediseño del diario y no entra.

–Achicá la tipografía, cortá una foto, hacé algo…

–No puedo. Está terminantemente prohibido alterar el diseño. Acortálo.

–¿Y qué querés que ponga?, ¿“Y tu nombre flotando…”? Voy a hablar con el jefe.

Horacio habló, pero nada:

–El diseño es intocable, el diseñador no lo permite –le espetó.

Tuvo que reemplazarlo y puso el ramplón “San Lorenzo a la B”. Quedó con rabia. En cambio el diseñador, un individuo que vive en España y cobró una pequeña fortuna por dejarnos el legado de su obra maravillosa, se sentiría reconfortado: su bosquejo era inviolable, aun para nosotros, los modestos periodistas, o sea, los que hacemos el diario aquí, en esta empresa, desde hace veinte años.

Nos dejó pensando: es muy posible que si Churchill hubiese escrito en las páginas de un diario su célebre manifiesto, aquel de “Sangre, sudor y lágrimas”, se lo hubieran rebotado.

–Es largo, Winston, cortále una palabra.

–¿Cómo así…? Si lo corto, pierde su esencia, ese es el título...

–El diseñador no lo autoriza.

–Caramba, soy Churchill… El título es “Sangre, sudor y lágrimas”.

–Entra “Sangre y sudor”, nada más.

–Pe… Pero… No seas malo…

–Es la orden de arriba.

* * * *

Churchill hubiese sentido lo que sentimos los periodistas: manda más el diseñador (un sujeto que vive en España). Nosotros sí debemos dejar a nuestra familia y pasar la Navidad con Maradona, Santi sí se puede esfumar de Tesorería a las cinco. Deciden más el gerente de Circulación, el gerente de Publicidad, el de Marketing, el de Recursos Humanos, el de Compras que los periodistas. El corrector manda más. Ponés comillas en una frase y él te las quita. Y no te avisa.

Al día siguiente leés el diario y ves esa frase que tanto te interesaba fuera encomillada, sin los benditos signos. Te quejás con el jefe:

–¿Quién se toma estas atribuciones…? Soy el que escribe la nota, sé lo que hago, yo quería ponerle comillas porque...

–Si el corrector dice que no va encomillado, hay que sacarlas, es el manual de estilo –replica el mandamás.

–¿Por qué no me avisan antes de mandarlo al taller…?

* * * *

–A partir de esta semana, la columna de los domingos hay que entregarla los jueves –avisa el jefe, que viene caminando desde la sala donde hubo reunión editorial.

–Es demasiado temprano… –protesta Eugenio, columnista al que le gusta hornear y condimentar bien sus escritos.

–Es la orden. Lo pidió el gerente de taller.

–Siempre la entregamos los sábados y no pasa nada. Si la largamos dos días antes, nos perdemos un montón de cosas, va a salir una columna fría.

–Hay que cumplir o salimos sin la columna.

Hace cuarenta, cincuenta años, cuando ni soñábamos con la tecnología actual que facilita todo, terminaba un partido a las once de la noche, a veces a la medianoche, escribíamos el comentario y se publicaba sin problemas. Y el diario estaba en los quioscos desde las cinco de la mañana del día siguiente. Se imprimía en vetustas rotativas, se componía en el viejo sistema de linotipos, con letras de plomo, un procedimiento que hoy nos parece primitivo. Ahora hemos avanzado tanto que debemos entregar el material tres días antes.

* * * *

Roberto es redactor de Deportes, habla con el secretario de Redacción.

–La final del mundo es el sábado a las cuatro de la tarde. Terminará cerca de las seis. Y si hay alargue y penales, debemos calcular una hora más. Yo necesito otra hora para escribir la columna…

–No hacemos a tiempo. Que vaya el lunes la columna.

–Pero, Guillermo, es la final del mundo, ¿cómo el diario va a salir sin la final, eso…?

–No podemos sobrepasarnos con el cierre, no lo permite la gerencia de Distribución.

Al periodismo lo inventaron los periodistas. A los diarios también

JORGE BARRAZA

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