Ospina se queda a las puertas de ‘su’ título

Ospina se queda a las puertas de ‘su’ título

El colombiano puede irse con una tranquilidad: no tuvo nada que ver en los tres goles.

26 de febrero 2018 , 12:33 a.m.

La pompa que la Conmebol busca conferirle a su Copa Libertadores jugando una final única desde 2019 tiene origen en la fanfarria con que el fútbol inglés envuelve cada uno de sus torneos. La definición de la Copa de la Liga, la tercera de sus competiciones en jerarquía pero aún así tradicional e importante (a muchos les salva el año), tuvo este domingo lo que siempre se espera: bandas de música, la solemnidad del himno, un precioso trofeo de confección artística, final en Wembley con 85.671 espectadores pagantes, invitados de lujo, una bonita y prolija coronación y muchos detalles para convencer al campeón de que no se ha esforzado en vano y que ha vivido una jornada inolvidable. 

Una preciosa puesta en escena, como es habitual. Y en el campo, dos pesos pesados: el londinense Arsenal, del veterano profesor Arsene Wenger, y el Manchester City, de Pep Guardiola, que es como decir un equipo de autor.

Como sucede desde la creación de la Premier League, en 1992, en que se globalizó, el fútbol inglés no defrauda. A la belleza del empaque se une la emoción de las acciones y el indesmentible 'fair play' imperante en todo sentido. Los jueces suelen pasar completamente inadvertidos y nadie duda de su honestidad ni atenta contra su investidura, nunca son rodeados ni amenazados ni insultados como en otras latitudes, incluso europeas. Tampoco hay conatos de agresión; alguna que otra topada entre dos o tres jugadores por una falta fuerte, pero que se disipa enseguida. Hay reglas estrictas de comportamiento y quien desea seguir en Inglaterra debe cumplirlas. Una transgresión del juego limpio, un intento de trampa o simulación son más graves que una patada. Los jueces no están todo el tiempo parlamentando con los jugadores ni explicando sus fallos. Tampoco están a cada momento con las tarjetas en la mano. En esta final se vieron apenas 5 amarillas, y ello es casi desusado para el fútbol inglés.

La Copa de la Liga (Carabao Cup, por su patrocinador, un fabricante tailandés de bebida energizante) se disputa desde 1960-61 entre los 92 equipos de las primeras cuatro divisiones de Inglaterra y es la primera corona del año. Es la que esperaba David Ospina para levantar una copa esta temporada. El Arsenal está fuera de carrera en el campeonato y fue eliminado muy temprano en la Copa Inglesa. Esta era la que le quedaba. El arquero checo Petr Čech es el guardameta titular en el torneo, por lo que Ospina asigna gran importancia a las dos copas, ya que en ellas tapa él.

El Arsenal estuvo cerca en la instancia, dado que llegó a la final, pero lejos en el juego. El City fue abrumadoramente superior, como lo refleja la chapa: 3-0. Ospina puede irse con una tranquilidad: no tuvo nada que ver en los tres goles. Ni pudo hacer más. Sergio Agüero lo dejó a medio camino con un sombrerito, Kompany lo descolocó con un toque a dos metros del arco y David Villa lo crucificó con un zurdazo bajo y cruzado, inatajable.

Wembley, donde Higuita consagró su célebre ‘escorpión’, vio una final con los dos mejores guardametas sudamericanos de los últimos diez años: Ospina y el chileno Claudio Bravo.

La sustancia del análisis que deja la final, su saldo, es la incontestable superioridad del Manchester City, algo infrecuente en Inglaterra, donde la paridad es una característica. Pero tratándose de un equipo de Guardiola no resulta extraño. En sus años en el Barcelona y en el Bayern Munich cosechó decenas de goleadas y ganó por demolición montañas de partidos. Es el signo de sus equipos, su estilo: presionar bien arriba, tener mucha posesión, movilidad y ataque constante. Eso en todos los compromisos, con quien sea y en el campo que fuera.

Guardiola garantiza el espectáculo. Pero, atención, aunque parezca insólito, genera mucho rechazo y hasta antipatía. Hay una gruesa porción de público que desprecia el espectáculo, el juego bonito y ama el fútbol leñero, áspero y ultradefensivo. Adora cuando un equipo de esos que meten el bus atrás emboca un gol de cabeza o de un pelotazo y derrota a Guardiola. Lucen eufóricos. Es como cuando uno ve en una tienda una camisa de doce colores y se pregunta ¿quién puede comprar esto…? Pero se venden, también hay un público para esas camisas.

Guardiola, único DT de la historia en ganar el sextete en España en una temporada, único al que se le exige que conquiste todos los torneos que disputa, y goleando siempre, alcanzó su primera corona en Inglaterra. La segunda va a ser la Premier, que nadie le quitará: lleva 13 puntos al segundo (nada menos que el Manchester United) y con un juego menos. Ver a sus equipos es siempre un deleite, garantía de que uno ha invertido bien dos horas de su vida. Y en Champions está virtualmente clasificado a cuartos de final y también es un superfavorito al título. Tres vueltas olímpicas por año de promedio es normal para Pep, un verdadero castigo para los defensores del resultadismo, quien durante sesenta años enarbolaron una frase que repitieron millones: “Juega lindo, pero no gana”. Guardiola la destruyó en mil pedazos. Su estilo es el más hermoso y también el más ganador. Sabe que, si no gana, lo están esperando…

“Tenemos que levantar trofeos para darle más valor a lo que hemos hecho”, dijo el estratega catalán. “En agosto lo avisé: seremos juzgados por los títulos que ganemos. No necesitamos ganar títulos para estar felices, pero seremos juzgados por ellos y sabemos que el club los necesita para crecer”, explicó.

Hay un número que es justo decir: en los 22 años que lleva al frente del Arsenal, el club le ha proporcionado a Arsene Wenger 349 millones de euros para refuerzos; en el año y medio dirigiendo al City, a Guardiola le dieron 371. Con grandes 'cracks' se facilita la tarea, aunque no todo es chequera: armó una maquinaria, funciona aceitadamente y llegará entonado y con descanso al tramo final de la Champions.

JORGE BARRAZA

Sal de la rutina

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