‘En fútbol, el Viejo Continente es Suramérica’

‘En fútbol, el Viejo Continente es Suramérica’

La Copa América es nuestro orgullo, está hecha de plata y tradición

02 de junio 2019 , 10:28 p.m.

Fotos amarillentas de la Copa América en los años 40 muestran a los jugadores suplentes de las selecciones recostados sobre el pasto, a un metro de la raya de cal, mientras se disputaban los partidos. Algunos incluso fumando. ¿Por qué estaban allí? Simple: no se habían dispuesto aún los bancos de suplentes, algo tan elemental, pero que tardó en implementarse. Los que no jugaban se ubicaban a un costado. Y fumar era normal, incluso entre los futbolistas.

En 1935, en la copa disputada en Lima, se introdujeron los cambios en los equipos, una novedad para el público. En el partido Argentina 1-Chile 1, el chileno Enrique Sorrel sustituyó a su compañero Moisés Avilés e inauguró una nueva instancia en las competiciones.

En 1959 apareció Pelé en la Copa América. Y fue goleador. En 1987, una foto recorrió el mundo: antes del partido por el tercer puesto, posaron en campo de River dos genios con la número 10: Valderrama y Maradona. Esas fotos eran posibles porque los fotógrafos aún tenían permitido ingresar al campo y llegar hasta el círculo central. Armaban la foto a grito pelado: “Pibe… acá, una foto con Diego. Diego, acércate…”. Luego, la Fifa, para prolijar el espectáculo, limitó a los ‘paparazzis’ al borde del rectángulo.

En 1997, en Bolivia, la copa llevó como sorpresa el carrito para retirar a los lesionados. Los hinchas lo veían entrar y sonreían como niños. La copa fue, edición tras edición, como Melquíades y la visita de los gitanos, una excitante feria de novedades.

Uruguay había sorprendido —y deslumbrado— a Europa con su triunfo en los Juegos Olímpicos de París en 1924, venciendo en hilera a Yugoslavia, Estados Unidos, Francia, Holanda y Suiza, y marcando 20 goles. Pero, sobre todo, mostrando un fútbol vivaz, enérgico y sin concesiones. Le llovieron ofertas de todo el mundo para que realizara presentaciones con buena paga; sus dirigentes, con aguda inteligencia, desecharon todas: “Nuestros futbolistas deben volver a sus trabajos para mantener a sus familias. Si aceptamos todas estas propuestas, puede crearse la idea de que son profesionales”. Eso era sacrílego, estaba prohibidísimo y la Fifa hubiera podido quitarle el título ante la menor sospecha de que cobrarían por cada presentación. Además, le hubiese impedido participar en la Olimpíada de 1928 —al menos a esos jugadores—, la cual volvieron a ganar.

Suramérica era pues tierra de indios, pero esos indios jugaban extrañamente bien. A fines de septiembre de 2006 entrevistamos a Joseph Blatter en Asunción, quien nos regaló una frase para siempre: “En fútbol, el Viejo Continente es Suramérica”.

En 1916, mientras Europa sacrificaba a su juventud en la Primera Guerra Mundial, el combate estático de trincheras que se llevó diez millones de vidas, en este lado del mundo se ponía en marcha la Copa América, el primer torneo continental de selecciones del mundo. Era un momento de bonanza en esta parte del hemisferio occidental. Nuestros países crecían y recibían migrantes europeos que escapaban de los conflictos y de la miseria.

En ese 1916, la Fifa contaba apenas con 23 asociaciones afiliadas (19 europeas, dos suramericanas y dos norteamericanas). Las únicas dos competencias internacionales que existían eran The British Home Championship, disputado por las cuatro asociaciones británicas (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda, a partir de 1949 Irlanda del Norte) que en realidad eran una sola unidad política. Y, desde 1908, el torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos, que reunía unos pocos países. Esa primera edición la jugaron el Reino Unido, Francia A y Francia B, Hungría, Dinamarca, Holanda, Suecia y Bohemia.

Para resaltar su condición de pionera, basta con decir que la segunda región que montó su campeonato fue Asia: la Copa Asiática nació en 1956; la Copa Africana, en 1957; la Eurocopa, en 1960; la Copa Oro de Concacaf, en 1963 y, finalmente, la de Oceanía comenzó en 1973. De allí la sentencia blatteriana.

Si la edición 46 que comenzará la próxima semana en Brasil presentara un lleno en los estadios, cabe decir que no será un hecho nuevo. Ya en aquel lejano 1916 el fútbol, y la copa, dieron una fabulosa muestra de popularidad. Para el partido final entre Argentina y Uruguay se eligió el estadio más amplio y coqueto del continente en ese entonces, el de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (no confundir con el de La Plata). Una muchedumbre se dio cita en Palermo y, desbordadas las instalaciones, el público invadió el campo de juego. Afuera, unas diez mil personas más pugnaban por entrar pese a no quedar boletos. Los organizadores decidieron suspender el juego, y esto desató la ira de muchos, que en reprobación provocaron un incendio en una tribuna. Esto originó que la final se trasladara, al día siguiente, a la cancha de Racing en Avellaneda, entonces un suburbio porteño. Y que Gimnasia y Esgrima, un club aristocrático en aquellos tiempos, se retirara para siempre de la práctica del fútbol. Advirtieron el salvajismo de las barras setenta años antes.

Todo ello está debidamente reflejado en los diarios de la época, en especial en ‘La Nación’, ya por entonces una marca de prestigio en el mundo de las comunicaciones.

Conste que esa multitud se congregó cuando aún no había televisión, ni radio ni redes sociales. Sin haber confrontado a las selecciones europeas, el público intuía que el nivel del fútbol suramericano era alto, y ya no era solo un pasatiempo de la colonia británica, había pegado fuerte en el pueblo todo: nacía la pasión.

La copa tenía sede rotativa y se disputaba anualmente. En 1924 le tocó hospedarla a Paraguay. La entonces Liga paraguaya no contaba con un estadio adecuado para escenificarla y Asunción carecía de hoteles e infraestructura para recibir a las delegaciones. Pero era tanta la afición por este juego hacia 1920 en nuestros países, tal atractivo ejercía la copa, que Paraguay entrevió una oportunidad excepcional de lograr rédito económico. Aceptó organizarla y la montó en Uruguay. Dado que la selección Celeste venía de consagrarse campeona olímpica, la euforia era total en el país de Artigas. Todos los partidos se jugaron con tribunas llenas, y con las ganancias, Paraguay construyó la primera parte de su estadio, al que en homenaje le dio el nombre de Uruguay. En los años 70 lo cambió por el actual Defensores del Chaco. En 1953, Paraguay fue nuevamente anfitrión y la hospedó en Lima, que ese año inauguraba su estadio Nacional.

La última edición, la del Centenario, disputada en Estados Unidos, marcó nuevos récords de popularidad: 46.373 espectadores de promedio en los 32 partidos disputados, 1.500 millones de telespectadores de 160 países y más de 3,5 millones de usuarios en las distintas plataformas digitales. Un éxito de convocatoria que posiblemente nunca imaginaron los que pusieron en marcha modestamente la copa, con cuatro equipos: Argentina, Brasil, Chile y Uruguay.

La copa es nuestro orgullo, está hecha de plata y tradición, una belleza madura que todos sueñan conquistar.

JORGE BARRAZA

Sal de la rutina

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