El hincha, la chilena y otras delicias de la lengua

El hincha, la chilena y otras delicias de la lengua

El fútbol y la crónica deportiva nutren el idioma de una rica terminología, sencilla y graciosa.

21 de abril 2019 , 11:57 p.m.

La chilena no solo tiene espectacularidad y destreza, también gracia y factor sorpresa, es solución a un ingente problema. Hablamos de la chilena del fútbol, esa bella contorsión en la que un jugador al que el balón lo ha pasado y le ha quedado muy alto, resuelve invirtiendo su cuerpo, rematando hacia atrás con los pies en el aire y el cuerpo abajo. Se le llamó chilena porque el público rioplatense se la vio hacer por primera vez, en las copas América de 1916 y 1917, al zaguero Ramón Unzaga, de la selección de Chile, aunque en realidad el hombre había nacido en España; era vasco. “Esa que hacen los chilenos… la chilena”, decía la tribuna. Así quedó bautizada, con la sencillez inigualable de lo popular.

Hablamos de esa maravilla de vocablo que con un gentilicio nos alivió de un embrollo a los cronistas deportivos: no tenemos que complicarnos explicando cada vez la jugada, solamente decir “hizo un gol de chilena”, y ya todo el mundo sabe, desde el Ártico a la Antártida, de la proeza que referimos.

Pasa igual con el hincha, un término simple que el español puede ufanarse de importarlo a otras lenguas. Aunque casi todos los idiomas tienen una palabra para definir al aficionado al fútbol (‘fan’ en inglés, ‘tifo’ en italiano, ‘torcedor’ en portugués), con hincha podemos sacar pecho: es universalmente reconocido. Proviene también del Río de la Plata. Se le adjudica a Prudencio Reyes, de profesión talabartero, quien preparaba los balones en los partidos de Nacional de Montevideo, por los albores del fútbol. Era quien inflaba o hinchaba la pelota. Los jugadores le decían: ‘hínchala, hínchala más’. Reyes iba luego a la tribuna a animar a sus amigos durante el juego y profería gritos de aliento, algo desusado en tiempos románticos y elitistas de este juego. ‘¿Quién es ese que grita…?’, preguntaban muchos; ‘el que hincha la pelota’. Como siempre, fue abreviándose hasta terminar en: hincha.

Lo mismo acontece con ‘azulgrana’ (creación que define a los simpatizantes del FC Barcelona o de San Lorenzo), ‘tribunero’ (jugador demagogo), ‘practiquero’ (que destaca en los entrenamientos y no en los partidos), ‘romperla’ (tener una brillante actuación), ‘banqueado’ (relegado a suplente por el técnico), ‘vaselina’ (definir frente al arquero, con suavidad, por sobre su cuerpo), ‘hacer un Panenka’ (ejecutar un penal amagando patear fuerte a una punta y rematando despacio y al medio), ‘latigazo’ (un tiro muy fuerte y rasante), ‘caño’ (pasar la bola por entre las piernas del rival), ‘tarjetear’ (cuando el árbitro empieza a amonestar o expulsar a varios jugadores).

Hay docenas, unas más explicativas que otras, simpáticas. Y concisas, ese mal que afecta a nuestro idioma: la brevedad, terreno en el que el inglés le gana 5 a 0 y por lo cual nos invade con persistencia y casi con insolencia (aunque no es su objetivo). Muchas de ellas se aplican luego en la vida diaria.

Hace unos días finalizó en Córdoba (Argentina) el VIII Congreso de la Lengua Española, una iniciativa magnífica que nació en 1997 y reúne a todas las academias de la lengua que hablamos, a profesores, escritores, pensadores, lingüistas. Movimiento que ha tomado una dimensión gigante, con la tutela del Instituto Cervantes y bajo el paraguas de la Real Academia Española. Es como el Mundial de la lengua. El Cervantes informó en julio pasado que ya somos 577’246.327 los que hablamos español, o sea, el 7,6 % de la población mundial. Es, además, el segundo idioma nativo más hablado, detrás del chino mandarín. El español es oficial en 18 países latinoamericanos, más España y Guinea Ecuatorial (África). Pero es también el idioma mayoritario en Bélice y Puerto Rico (no es estado soberano). Se lo habla en Filipinas, Andorra, Gibraltar y, sobre todo, en Estados Unidos, donde 41 millones dominan el verbo del Quijote, a favor de la inmigración desde el sur. Lo emplea el 17,6 % de los habitantes norteamericanos. Y sigue creciendo, en número e importancia.

La polémica no estuvo ausente en los numerosos debates, con marcado tono político. Incluso, hubo en paralelo, y también en Córdoba, una contracumbre. Se recriminó a la española como la lengua impuesta por los conquistadores en detrimento de las lenguas originarias y, aunque no estaba en la agenda, se trató de introducir el tema del lenguaje inclusivo, el 'todes', 'nosotres' y otras expresiones sin distinción de género. Pero debería ser el uso, la masificación lo que lo imponga naturalmente, no la presión de un movimiento. Como se impuso presidenta, por obra del criterio, porque ya suena ridículo llamarle ‘señora presidente’ a una mandataria.

Somos muy afortunados, toda Latinoamérica es una cómoda autopista idiomática por la cual transitamos a gran velocidad. Es la maravilla de nuestra lengua, que nos une y nos brinda tan amplias posibilidades de expresión. Podemos mirar el horizonte; también verlo, observarlo, admirarlo, otearlo, contemplarlo, avizorarlo, inspeccionarlo, escudriñarlo, escrutarlo, explorarlo, examinarlo, avistarlo, ojearlo, atisbarlo, advertirlo... Todas acciones similares, aunque con connotaciones ligeramente diferentes. Pueden distinguirse con nitidez una de otra, gracias a la riqueza que nos proporciona el castellano, cuya galanura es indesmentible.

La mancha en el saco es la invasión cada vez mayor de anglicismos, en todos los campos. Sucede que prácticamente todos los inventos y descubrimientos científicos y tecnológicos, las nuevas formas de comunicación y de hacer negocios, provienen del mundo anglosajón, y si no son de allí, son presentadas de todos modos en inglés. Allá les dan nombre y, en muchos casos, no hay un correlato en español para la palabra nueva de lo que fue creado. Además, el inglés tiene la ventaja de la concisión, de una brevedad que facilita el decir: gift, tweet, sprint, pad, etc.

Por ello, nos vemos invadidos por una avalancha de anglicismos. Nosotros mismos los internalizamos y comenzamos a usar, por comodidad o estulticia. Usamos ‘mail’, en lugar de correo; ‘streaming’, antes que transmisión; ‘counter’, en vez de mostrador; o preferimos ‘voucher’, a vale, y ‘running’, cuando queremos decir que vamos a correr. Y cientos de ejemplos más. Lo peor es que esta invasión lingüística es innecesaria, pues hay términos en castellano para muchos casos. Y no está orientada desde los Estados Unidos con fines de penetración cultural, no hace falta, los latinoamericanos se autoinvaden, se autocolonializan con placer casi sensual. Lo que decimos en fútbol de los delanteros pataduras: se marcan solos. Es cursilería pura. Como en los colegios donde les enseñan a los niños a decirle ‘miss’ a la maestra. O un cartel de venta de una casa que dice: ‘real estate’. Ofenden la inteligencia.

De modo que nuestro español ya está por encima del inglés en número. Le falta poner dique a la ola de anglicismos. El castellano debería reparar más en la crónica deportiva, una fuente ingeniosa de nuevos términos que resuelven situaciones y acciones complicadas con palabras frescas, directas, gráficas, que se imponen en cientos de millones. Mario Vargas Llosa hizo una oda de la crítica deportiva: “Sin temor a exagerar —escribió— se puede decir que es regla casi general que las páginas deportivas sean las más vitales e imaginativas de diarios y revistas, aquellas en las que el periodista muestra una libertad y una audacia estilística mayores. Lo mismo se puede decir del comentarista radial de fútbol, que, si es bueno, va enriqueciendo con sus palabras aquello que transmite”.

Inglaterra también inventó el fútbol y exportó toda su terminología, pero no nos hemos dejado gambetear por ella.

JORGE BARRAZA

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