El dolor de ya no ser

El dolor de ya no ser

El Mundialito pierde sentido si se juega con un temor tan reverencial hacia los europeos.

18 de diciembre 2017 , 12:54 a.m.

Si no es récord, estará cerca: Gremio jugó el sábado la final del Mundial de Clubes ante el Real Madrid y no remató al arco en los 94 minutos de partido. Al menos no un remate que haya debido parar el arquero Keylor Navas. Triste. Cauteloso al extremo, hasta cuando se jugaba tiempo de descuento, en el que ni siquiera ensayó un centro al área intentando un cabezazo que le diera el empate. ¿Cómo les explica un equipo a los hinchas que gastaron miles de dólares para acompañarlo hasta Emiratos Árabes que no tiró al arco ni una sola vez…? ‘Real Madrid frustra el sueño de Gremio’, tituló ‘Folha de São Paulo’. Pero ¿cómo soñar con ser campeón sin intentar aunque fuera un ataque a fondo…? Todo partido se puede ganar, aun defendiéndose, pero se necesita una mínima dosis de audacia.

El Real Madrid, sin brillar en ningún aspecto futbolístico, solo con orden, lo venció 1-0 y se adueñó de una edición más del Mundialito, que está perdiendo sentido si se juega con un temor tan reverencial hacia los europeos. No abrigamos la menor duda: el 29 de octubre pasado, el Girona, debutante absoluto en la Liga Española, le dio cien veces más trabajo al Madrid que Gremio; le jugó con dientes apretados, presionando, anticipándolo en todo el campo, atacándolo a fondo. Y, además, le ganó. El titular de la Copa Libertadores no hizo honor a tal rótulo, fue vergonzantemente timorato.

El casi aficionado Al Jazira de Abu Dabi tuvo mayor osadía que el campeón suramericano. Le iba ganando 1-0 al Madrid y le anularon el 2-0 por el apresuramiento de un atacante que se situó 15 centímetros adelantado para empujar el balón. Si esperaba medio segundo más detrás de la línea de la pelota, hubiese sido gol válido y habría puesto en graves aprietos al cuadro de Zidane.

Gremio estuvo lejos de eso. Pareció haber entrado con la exclusiva misión de perder por lo mínimo.

Es verdad que a Gremio le faltó una de sus grandes figuras, Arthur, lesionado seriamente ante Lanús. No obstante, con esta actitud tampoco él hubiera cambiado las cosas. “Perdimos por un detalle”, dijo Renato Gaúcho, otrora puntero bravo, atrevido, encarador, devenido en entrenador prudente. Gremio no defendió las banderas del fútbol suramericano ni brasileño, históricamente audaz, ofensivo y espectacular.

El gol del Madrid fue un facsímil del que Gremio le marcó a Barcelona de tiro libre en la semifinal de Libertadores, en el que no solo faltaron hombres en el vallado, sino que se desarmaron. Cristiano Ronaldo sacó un tirito suave, hubo arrugue de barrera, la pelota pasó justo donde debía estar el jugador que saltó de costado y sorprendió a ese grandísimo arquero que es Marcelo Grohe. Se molestó mucho Grohe por el comportamiento de la barrera. Siempre nos preguntamos: ¿para qué se pone allí un futbolista si va a saltar y esquivar el balón? Se supone que está para hacer obstáculo con su cuerpo. Triunfo burocrático del Real Madrid ante un rival indecoroso.

La memoria nos acerca el recuerdo de la Intercontinental de 1992, cuando el São Paulo de Telé Santana debió medirse con el Barcelona de Cruyff, un escuadrón. Era un BarÇa con Ronald Koeman, Guardiola, Michael Laudrup, Stoichkov… São Paulo salió a arrasarlo y lo venció 2-1 con dos tantos de Raí. Pasaron 25 años, parecen cien. La temporada siguiente, el equipo paulista acudió otra vez a la cita como bicampeón de la Libertadores y en esa ocasión le tocó el Milán de Fabio Capello, que reunía también un escuadrón, tan calificado como este Real Madrid actual: Baresi, Maldini, Desailly, Jean Pierre Papin, Donadoni… São Paulo le ganó 3 a 2 en un juego emotivo resuelto recién en el minuto 86 con gol de Muller, aquel punterazo de la Selección Brasileña.

No solo se les ganaba: los suramericanos eran muchas veces favoritos. Y nótese otro tópico que también ha variado radicalmente: São Paulo jugó con un once superestelar: Zetti, Cafú, Válber, Ronaldao, Toninho Cerezo, Leonardo (luego gran figura en el Milan), Muller, Palhninha, Juninho… Es decir, los clubes de esta parte aún podían mantener a sus figuras y por ello presentar equipos fuertes. Tampoco eso se ha podido sostener. Ahora se transpira la camiseta para ver si se le puede ganar la semifinal al que toque de turno, un mexicano, un árabe, un africano, y con ello tener al menos el honor de disputar la final con el europeo.

No es todo. El miércoles se disputó en Maracaná la final de la Copa Suramericana. Muy bonita, por cierto, muy superior al Mundial de Clubes por vibración, por ráfagas de buen fútbol, por ese espíritu ‘amateur’ que pone el jugador nuestro. Ambos, Flamengo e Independiente, dejaron hasta el último aliento sobre el césped de esa catedral futbolera, situándola incluso muy por encima de la reciente final de la Libertadores. Claro, ayudaron los nombres de los finalistas, iluminaron la marquesina. Lo negativo estuvo detrás de escena; previo al juego, centenares de torcedores flamenguistas protagonizaron un largo y terrorífico episodio de violencia como no recuerda Brasil (y tal vez Suramérica). Al menos no multitudinario.

Debido a que todas las localidades estaban vendidas con antelación, cientos provocaron una estampida y un intento de invasión del estadio. Pero antes coparon las calles, rompieron autos, saquearon comercios, golpearon, robaron e hirieron a personas que estaban por ingresar al estadio, destrozaron con piedras los vidrios del bus de Independiente. Los que sí lograron traspasar las vallas del Maracaná hicieron destrozos en las oficinas internas y en las tribunas. La Rede Globo preparó un informe que vale la pena ver para dimensionar el pánico vivido. Fue escalofriante.

La prensa de todo Brasil dedicó editoriales y grandes espacios a un suceso que puso a pensar al país. Todos los análisis parecen quedar envasados en una pregunta: “¿qué nos está pasando?” Mariliz Pereira Jorge, de ‘Folha de São Paulo, escribió: “El Maracaná se convirtió en un escenario de guerra. Quien fue a divertirse se volvió rehén de la situación y tardó horas para volver a casa con seguridad. Los flamenguistas fueron acusados. Lo mismo da. Cambia el estadio, el equipo, la competencia, y el resultado habría sido el mismo. O peor. Esta vez no sé cómo no murió nadie. No entiendo cómo gente va con niños al estadio”.

La Conmebol ha intentado en estos dos últimos años (al menos eso ha anunciado) jerarquizar los torneos continentales. Se advierten algunos cambios. También manifestó la posibilidad de jugar la Libertadores a una sola final en campo neutral. Y se mencionó al estadio Mineirao para hospedar la primera versión. “Con esto, Brasil ya perdió la oportunidad de ser la primera sede de esa final”, comentó un dirigente brasileño. ‘El salvajismo no está en Montevideo o Buenos Aires, está en Brasil’, tituló su artículo el reconocido columnista Paulo Vinicius Coelho.

Hay una repetición inquietante de sucesos peligrosísimos en Brasil (uno de ellos muy grave contra Olimpia de Paraguay en 2013) que recién ahora, justamente por la reiteración, da pie a dimensionar el flagelo. Pero podría suceder en muchas otras partes de Suramérica. El escenario social es similar en todos estos países, y, dentro del fútbol, la falta de organización, de acción preventiva, de sanciones a los violentos también son semejantes. Durante treinta años, los líderes de la dirigencia suramericana se dedicaron exclusivamente a robar, no a mejorar el juego, la seguridad, el confort de los estadios. Y, ahora, las diferencias con los demás continentes se notan en todo sentido. Antes, las victorias tapaban muchas falencias.

Vargas Llosa, que se ufana de ser futbolero y haber jugado en calichines de la ‘U’, se preguntaría: ‘¿Cuándo se jodió Suramérica, Zavalita…?’

JORGE BARRAZA

Columnistas

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