Donde el ‘fair play’ no es un eslogan

Donde el ‘fair play’ no es un eslogan

En la Premier League, la justicia es un principio fundamental. Y los fallos se aceptan sin discutir.

26 de julio 2020 , 11:32 p.m.

Última fecha de la Premier League, ardiente caída del telón; el campeón ya se sabía –el Liverpool–; no obstante, había mucho en juego: estaban en suspenso dos plazas a las copas europeas, que premian una temporada y reportan decenas de millones. Y jugaban entre sí los equipos involucrados. También había un descenso en el aire. Se preveía enorme dramatismo. No fue tal. Hubo, sí, 33 goles en diez partidos, bonito número, pero se dio una apacible lógica: ganaron tranquilamente el Chelsea y el Manchester United (consiguieron sus cupos a la Champions League junto al campeón y al Manchester City), y el Tottenham de Mourinho, con un modesto empate, arañó el sexto puesto y se coló por la ventana de la Europa League, evitando una temporada pésima.

Le faltó al epílogo la emoción que derrama semanalmente el fútbol inglés. No es óbice para impedir elogiarlo. Desde hace muchos años es el medio más atractivo del mundo por tradición, encanto, historia, escenarios, por organización, pulcritud y puesta en escena, por ese decorado subyugante que rodea a un juego a veces básico en el terreno táctico, pero frontal, entregado, honesto. Y últimamente también es el fútbol más lucido y ganador. Ha destronado a la liga española, durante una década la más potente, sin duda, aunque decadente en diversos aspectos.

Pero exuda, sobre todo, respeto. En las últimas dos o tres jornadas, aunque ya no jueguen por nada, los equipos salen a darlo todo, porque el rival sí puede estar peleando por algo importante. El miércoles pasado, el Liverpool, estando ya coronado, enfrentaba al Chelsea, necesitado de ganar para entrar en la Liga de Campeones. El club de Los Beatles dio el máximo y ganó 5-3 dejando en la cornisa a los azules de Londres. De propina, un partidazo con ocho goles. Y si hubiere la más leve sospecha de que un equipo fue displicente adrede o que hubo incentivación, las consecuencias serían gravísimas. Podría perder la categoría y las sanciones serían monumentales. Así es cada partícula del torneo, la competición por encima de todo. Se vende un producto 'premium' y se lo entrega sin rayones, sin sombra de pecado.

Nadie gana antes de jugar. Cualquiera puede dar el campanazo. Naturalmente, los más poderosos pueden fichar mejor y tienen mayores posibilidades. Sin embargo, es la única liga importante que reparte sus ingresos por derechos de televisación en partes iguales entre los 20 competidores de Primera División. Esto, con el objeto de nivelar al máximo las posibilidades de todos. Y la beneficiada es la Premier. Es el torneo mejor vendido. En el curso 2018-2019 repartió 3.255 millones de dólares. El Fulham, penúltimo y descendido, se llevó 130,3 millones. Esto permite que todos puedan reforzarse y dar batalla.

Pero no cualquiera llega a la Premier. Para los extranjeros, no siendo comunitario europeo, es requisito ser jugador de selección y haber participado en, al menos, el 75% de los juegos internacionales de su país en los últimos dos años. Y deben provenir de asociaciones que ocupen los primeros 70 lugares del Ranking Mundial de la Fifa (son 211). Para contratar uno de Vanuatu o Islas Seychelles, preferible un inglés. Esa es la idea.

El 'fair play' no es un lema solamente, se cumple a rajatabla. Los técnicos, haya pasado lo que haya pasado en el campo, deben saludarse al final. Los jugadores, entrenadores o dirigentes de los clubes no pueden cuestionar públicamente a jueces y organizadores, tampoco poner en duda la limpieza del torneo ni denigrar a sus rivales. Hay un protocolo severísimo que los profesionales firman y se comprometen a cumplir. Kiko Casilla, arquero del Leeds (en este caso, de Championship, la segunda división), fue sancionado por presuntos insultos racistas contra Jonatan Leko, arquero del Charlton Athletic. Kiko, muy a la española, que no, que me interpretaron mal… Nada, le dieron 8 fechas y el Leeds debió sacar un comunicado muy comedido. "El Leeds acepta que Kiko Casilla haya sido declarado culpable de violar la Regla E3 de la FA. Queremos dejar claro que no toleramos ninguna forma de discriminación dentro de nuestro club y que somos los primeros en la lucha contra la discriminación dentro de nuestra comunidad”.

Los arbitrajes pasan virtualmente inadvertidos, no deciden los partidos. Los jueces muestran un perfil bajísimo, son serenos, de casi nula gestualidad, no conversan con el jugador, son apenas discretos administradores de justicia, no estrellas tipo Pitana, como en Sudamérica. No ladran y usan con moderación las tarjetas. El VAR se utiliza solo en caso de verdadera necesidad y con mucho criterio, tratando de enmendar, no de meter la mano. No hay Real Madrides ni Juventus en Inglaterra a los que parezca obligatorio ayudar fecha tras fecha, año tras año, son todos iguales ante la ley. El Manchester United no es ni una pizca más que el Burnley para los réferis. La justicia es un principio fundamental. Y los fallos se aceptan sin discutir. No existen los ademanes ni los gestos groseros al árbitro. No lo rodean ocho jugadores de River y se lo llevan empujándolo treinta metros por dar mal un saque lateral (o darlo bien, pero que no les gustó). Tampoco se ven arremolinamientos de jugadores con fines de agresión. Las penas son tan duras que no se atreven. Y luego está la condena general.

Cuando se sanciona un penal, no se ven protestas airadas, y mucho menos ampulosas. Tampoco hay que contener entre cinco al desaforado que se quiere comer al árbitro al grito de que “¿Qué cobrás…? Estás jugando con la plata de mis hijos”. Lo máximo puede ser un jugador, a manera de descargo, diciendo: “No lo toqué, señor”. Pero no pasa de ahí. Se advierte una sana resignación; quienes descienden se lamentan y prometen luchar para intentar volver al otro año. No rompen el vestuario. Los perdedores se dan la mano con sus vencedores. No prospera la industria de la queja.

La búsqueda de la excelencia, tan típicamente inglesa, está omnipresente en cada detalle organizativo, en el producto televisivo, que sale al mundo empacado por la propia liga. Pero, por encima de la estética y el orden, presidiéndolo todo, se evidencia una alta estatura moral. Que excede lo deportivo y nos atañe como sociedad, a cómo encaramos la vida diaria en todas las actividades. Tan desacostumbrados estamos que quedamos extasiados.

JORGE BARRAZA

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