Cuando la fidelidad era virtud

Cuando la fidelidad era virtud

Antes era normal que un crac defendiera 12 o 15 años la misma institución, como McNeill en Celtic.

05 de mayo 2019 , 11:10 p.m.

Una enorme estatua de bronce fue inaugurada en diciembre de 2015 al frente del Celtic Park; representa la figura de un futbolista con la casaca albiverde levantando la Copa de Europa. Ese hombre es Billy McNeill, de quien podría decirse que es el Celtic mismo. Jugó 18 temporadas y 789 partidos para el club, el único que defendió en su carrera. Solo se puso otra camiseta, la de Escocia.

McNeill, quien ganó 31 campeonatos como jugador y entrenador para el club identificado con los católicos de Glasgow, fue el primer jugador británico en levantar la Copa de Europa, pues el Celtic fue el pionero en conquistarla, en 1967, al vencer 2-1 al Inter de Milán. Al año siguiente la alzaría Bobby Charlton para el Manchester United. McNeill era el capitán y líder de ese excepcional equipo conformado íntegramente por elementos nacidos en un radio de 50 kilómetros del club. Tenían una identificación total con los colores y fueron los que inauguraron en Europa la hazaña de conseguir un triplete: liga, copa y Champions. Quedaron en la historia como ‘Los Leones de Lisboa’ porque allí se coronaron. Vimos los tres partidos de la final Intercontinental ante el Racing Club. McNeill era un zaguero espigado, con temperamento y juego aéreo. En un córner superó en el salto a ‘Coco’ Basile y con un notable cabezazo desde lejos le dio el triunfo al Celtic en el choque de ida ante la Academia en Hampden Park por 1-0. Posiblemente el Celtic nunca vuelva a reunir once talentos como en ese tiempo, era otro momento del fútbol. Tampoco podría retener durante trece años a un supercrac como Jimmy Johnstone.

McNeill debió estar el sábado 27 de abril en campo del Athletic de Bilbao; en el entretiempo del partido ante el Alavés iba a recibir el premio One Club Player, una distinción que la entidad vasca entrega desde 2015 a grandes futbolistas que han permanecido toda una vida en un solo club. No pudo ser, Billy murió cuatro días antes, a los 79 años, víctima de una enfermedad senil. El miércoles, su estatua amaneció colmada de flores y de bufandas verdes y blancas. Amó su club, lo defendió con ardor y fue un héroe viviente para sus hinchas. Nunca se fue de allí. Recibió todo tipo de honores y era miembro de la Orden del Imperio Británico. Al tanto de la gravedad de su estado, una comitiva del club encabezada por José Ángel Iríbar, emblema del Bilbao y arquero célebre de la Selección Española, se adelantó, viajó a Glasgow y, cuatro días antes del fallecimiento de Billy, entregaron la distinción a uno de sus hijos, Martin.

Ese mismo sábado, en el Celtic Park, el club y 58.851 aficionados despidieron a su legendario capitán como a un verdadero héroe. El círculo central estaba cubierto por un lienzo verde y blanco con el número 5, y sus excompañeros entraron al campo mientras los actuales futbolistas del Celtic y de su rival de ese día –el Kilmarnock– hacían una respetuosa guardia de honor. Y cincuenta y ocho mil personas levantaron sus bufandas albiverdes con el nombre de McNeill. Un homenaje impresionante, sin luto, con auténtica sinceridad y agradecimiento. Es lo que genera la lealtad.

Ese formidable pedazo de País Vasco que es el Athletic de Bilbao ha creado este premio, dice, “como reconocimiento de nuestro club a otros futbolistas que a través de su trayectoria deportiva hayan acreditado su fidelidad y compromiso con sus respectivos clubes, al identificarse con los valores de la entidad que representan, haciéndolos suyos y defendiéndolos en todo momento”. Luego agrega: “El Athletic Club es un caso único por su filosofía y su manera de entender el fútbol; sin embargo, existen otros casos deportivos que también deben ser acreedores de nuestro reconocimiento, precisamente porque constituyen ejemplo de la defensa de los valores que el Athletic Club pretende transmitir a sus deportistas a lo largo de toda su formación integral como personas: la atención a la mejora en su capacidad deportiva, pero también la profesionalidad y compromiso social con el club y, por ende, con la sociedad de la que inseparablemente forma parte”.

Bellísimos postulados. Como es sabido, el cuadro albirrojo solo alista o contrata futbolistas nacidos en el País Vasco. Y entrega este galardón a jugadores que aunque no hayan militado en sus filas, expresen sus mismos valores. Hasta el momento lo han recibido Matt Le Tissier (2015), centrocampista que desarrolló toda su carrera en el Southampton entre 1986 y 2002; el impasable Paolo Maldini (2016), veinticuatro años en Primera División del Milan; el alemán Sepp Maier (2017), fenomenal arquero del Bayern Múnich desde 1966 a 1979, y el español Carles Puyol (2018), uno de los mejores zagueros de la historia con quince años en el FC Barcelona entre 1999 y 2014. Francesco Totti, 24 temporadas en la Roma, y Ricardo Bochini, 19 en Independiente, son dos nombres que cumplen todos los requisitos y tienen las fichas para ganar en los años venideros.

El One-Club Player premia cracs consagrados que por su calidad pudieron haber ido a otros equipos, pero prefirieron permanecer fieles a una sola camiseta. También condecora actitudes, comportamientos, ejemplos. Ha tenido poca difusión hasta el momento porque es relativamente nuevo y promueve valores, y está claro que los principios no monetizan, no son marquetineros ni mediáticos. En un contexto en que los jugadores pasan de un club a otro con frecuencia, y que mientras militan en un club flirtean sin tapujos con otro, el One-Club Player es contracultural.

El agente de futbolistas es el único estamento de esta colosal actividad que no pone absolutamente nada en ella, pero saca fortunas. Son todos millonarios. No organizan campeonatos, no gestionan los clubes, no se ocupan del equipo ni de la seguridad ni de formar talentos... Pero son los verdaderos dueños de los jugadores, no los clubes. Ellos deciden si una figura se queda o sea va. Es hoy la realidad. Le llenan la cabeza y la convencen de cambiar de aires. Porque el representante gana en el traspaso. Ellos han inventado el discurso de que lo verdaderamente ponderable es irse de un equipo a otro. Y, si es posible, cambiar de nuevo cada dos o tres años. Eso es tener “valentía deportiva”, el coraje de acometer nuevos desafíos y no quedarse “en la zona de confort”. Un eufemismo para disfrazar la realidad: que van corriendo detrás del dinero.

Cuando un futbolista está en un equipo grande, es querido, tiene un contrato importante y la posibilidad de ganar títulos, el mejor reto es quedarse y sumar nuevos logros. Devolver la formación, los cuidados y el cariño permaneciendo, intentando darle más gloria. Pocas cosas le molestan más al hincha que el coqueteo de un jugador de su club con las ofertas de otras instituciones. O que no se pronuncie cuando suenan rumores de pase.

Antiguamente era normal que un crac defendiera doce o quince años a la misma institución. No había desesperación por el dinero. Y el hincha lo valoraba, como el Celtic valoró a McNeill, en vida y tras su muerte. Eso cambió. Las autoridades del Athletic de Bilbao buscan afanosamente, año tras año, algún buen candidato al que darle su premio. Porque muy pocos están en condiciones de recibirlo. El One-Club Player no se logra con goles ni con títulos, sino con lealtad.

JORGE BARRAZA

Sal de la rutina

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