Solución difícil, pero posible

Solución difícil, pero posible

Un deseo sincero de enmienda de Duque le ayudaría a aliviar la presión.

09 de diciembre 2019 , 07:12 p.m.

De los énfasis y la forma como el presidente Duque enfrente la más seria crisis de su administración dependerá si recupera algo de iniciativa política o entra en un prematuro síndrome de ‘lame duck’ o gobierno lisiado.

Hasta ahora, él y su gobierno son los responsables no solo del mayor desperdicio de capital político del que se tenga noticia, sino de la dilación, los palos de ciego o la falta de transparencia en la respuesta a las protestas y movilizaciones. Porque claro que allí hay mamertos, y hasta sediciosos; también un efecto de contagio de protestas de otras latitudes y de problemas sociales acumulados, pero reducirlas a sediciosos que quieren derrocar al Gobierno, como terminó por definirlas la ministra del Interior, es apagar fuego con gasolina.

Es como si hubiera cuatro gobiernos y tres de ellos ignoraran que hubo un histórico cacerolazo para finalmente, a regañadientes, aceptar un diálogo con el comité de paro. Es que no solo se trata de un presidente aislado, sino de uno que concentra funciones en su secretaria privada como jefe de gabinete, que se queda en la práctica sin consejería política, dando tumbos, y, en medio de la ausencia de línea de mando, acude a la secretaría general como vocera política, lo que contraviene las formalidades del Decreto 1784 de 2019, que hace poco expidiera.

Si el Gobierno insiste, logrará el objetivo de diluir la protesta por el fin de año, pero podría regresar recargada en enero. Ahí es donde la falta de liderazgo o la cerrazón inyectan riesgos innecesarios a una de las bondades del presidencialismo, como es el periodo fijo. Uno pudiera decir que parece sensata la observación según la cual la protesta ciudadana en la calle es legítima, aunque no puede imponer su voluntad al Gobierno. Pero no es cierto. Si estuviéramos en un régimen parlamentario —que no lo recomiendo para Colombia y no es el momento para ahondar en sus propiedades—, hace meses, posiblemente, que se hubiera convocado a elecciones anticipadas.

Es que basta con observar de dónde venimos, el enorme despilfarro de popularidad, para entender que, como toda mala situación es susceptible de empeorar, también del Gobierno dependerá que no se degrade a un escenario de crisis institucional. Duque inició con la promesa de unir, la que muy pronto abandonó, propulsado por el revanchismo hacia Santos, lo que, por demás, lo llevó a cometer graves errores.

La estigmatización de cualquier acuerdo con el Congreso como ‘mermelada’ lo condujo también a su propia encerrona, en una democracia que por naturaleza es consociacional, o transaccional en una sociedad muy dividida, como hace décadas sostuvo Jonathan Hartlyn. Si bien se puede citar la excepción del gobierno Barco, este gozaba de una amplia mayoría congresional y aun así intentó construir un pacto con Misael Pastrana, entonces jefe del conservatismo.

Si el presidente Duque entendiera, además, que sus penurias de gobernabilidad se entrelazan con lo que llamaría un déficit o cuestionamiento a su merecimiento, con más probabilidad sabría que el malestar va más allá de la agenda petitoria del comité de paro. En ese particular, hasta un deseo sincero de enmienda le ayudaría a aliviar la presión. Y aunque la gente votó por el que dijera Uribe, por la vuelta a la ‘época dorada de la bonanza de las materias primas’ y en contra de Petro, esos tres factores perdieron vigor, eran simple ilusión o no lo eximen de ser valorado por su real capacidad de liderazgo.

La encrucijada para Duque no es fácil, pues a la vez no puede permitir que la agenda de largo plazo del país se descarrile con unos grupos y sectores que, hay que reconocerlo, desbaratan hasta un balín. El problema ahora es de profunda esencia política en el que la combinación de una nueva actitud, de la disposición a la negociación, de diálogo con los partidos, aunque sean cuestionados, y una renovación ministerial total le abrirían una válvula de escape a un conflicto que puede salirse de cauce.

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