Entre el suicidio y el tapabocas

Entre el suicidio y el tapabocas

Se trata de usar hasta los calzones en la cara para evitar que el país se hunda.

26 de julio 2020 , 11:34 p.m.

A pesar de los siderales avances médicos y sanitarios del último siglo, en algunos aspectos no hemos evolucionado mucho. En el artículo ‘Reviewing the History of Pandemic Influenza’, los investigadores Patrick Saunders-Hastings y Daniel Krewski recuerdan que en Estados Unidos, además de ungüentos y brebajes, algunos médicos prescribieron el consumo de alcohol para la prevención de la gripe española de 1918, lo que produjo un aumento en el consumo de licor.

No muy distante de lo que hiciera el Gobierno y el entonces ministro de Salud encargado, Iván Darío González, cuando recomendaban el simple lavado de manos, o una tal Asociación Colombiana de Infectología desaconsejaba el uso del tapabocas. Que no fuera por seguir sus propios consejos que el ahora exministro terminó infectado con coronavirus.

Por Dios, bastaba con que pusieran a un asesor a revisar la prensa de los países del sudeste asiático o el ‘Global Times’ del Partido Comunista Chino para entender el pilar del éxito en la lucha contra la pandemia y la mofa que hacen de Occidente por la resistencia al uso del tapabocas.

No habríamos tenido que estrangular la economía con miles y miles de negocios que hoy se venden o arriendan, y los que faltan, ni el Gobierno habría quedado acorralado, asustado, del aprovechamiento del pánico que hizo Claudia López para mostrarse como la iluminada. Pero que no era más que quien tiene una cirugía y se toma los antibióticos dos semanas antes.

Señalo esto no porque quiera formar parte de ningún coro de pesimistas, aunque la situación luce preocupante. América Latina es hoy por hoy el epicentro de la pandemia, y a pulso nos convertimos, después de Brasil, en el foco de contagio de la región. Si bien México tiene más fallecidos, Colombia lo supera en infectados por millón de habitantes, y eso que se resistió a cerrar brusco su economía. Perú y Chile, arrasados por el fuego de la pandemia, desaceleraron el paso y Colombia ya los supera en contagios diarios.

En perspectiva, la cosa luce peor. Aunque pronto se anuncie una vacuna, solo la tendremos cuatro o seis meses después. Existe incluso la posibilidad de que el virus mute y la vacuna se torne ineficaz. En el entretanto, ¿qué hacemos? Comparto con el presidente Duque que encerrarnos hasta entonces no es viable, además que se desgastó la cuarentena generalizada como instrumento y a la policía imponiendo comparendos por salir a la calle.

Adicionalmente, mencionan un pico, pero no es la sumatoria de ondas marinas. Es un fenómeno social que puede degradarse en múltiples formas. ¿Y cómo evitar una nueva ola de contagios? Recuérdese que en la gripe española, la segunda ola ocasionó millones de muertes. Hasta irresponsable resulta, eso sí de todos los gobiernos, que no despejen la incertidumbre de si los ojos son un vehículo de contagio, cuando hasta la negada Organización Mundial de la Salud lo contempla como una probabilidad.

Es por eso que la acción contra el coronavirus no es un asunto de los erráticos Anthony Fauci locales, sino de verdaderos líderes en un país con altos niveles de pobreza e informalidad. Si la pandemia nos arrastra a un suicidio colectivo por indisciplina social y hunde a millones de compatriotas en la pobreza, el Gobierno está en mora de hacer uso del instrumento hasta ahora más efectivo, y es obligar al uso de tapabocas en todos los espacios y proveer o facilitar el uso de gafas de bioseguridad.

Se trata de hablar fuerte y claro, como si estuviéramos en una guerra biológica, de usar hasta los calzones en la cara, pero no en la mandíbula o con la nariz al aire. Se trata de que tenemos un Estado débil y hay que invitar a los ciudadanos para que ayuden a controlar a otros, de no transigir con la desobediencia y de exigirle a nuestra policía su valeroso aporte a la causa. A Bogotá hay que reconocerle que estableció el uso obligatorio del tapabocas recientemente, aunque con un decreto farragoso de 35 páginas en el que se pierde el mensaje. Ojalá el Gobierno corrija pronto, nos evite un suicidio colectivo y levantemos el país cuanto antes.

JOHN MARIO GONZÁLEZ

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