Entre el racismo y la razón

Entre el racismo y la razón

Los mandatarios latinoamericanos practican una enorme genuflexión hacia Trump.

25 de julio 2019 , 07:00 p.m.

Creo que no hay un país que ofrezca en simultánea la imagen más sublime y la más demoledora del progreso humano como Estados Unidos. La presidencia de Barack Obama fue y seguirá siendo expresión de lo primero, sin discusión. Descendiente de un inteligente técnico gubernamental, un auténtico gladiador, que quería que su hijo regresara ‘a donde pertenecía’, a Kenia, para que luchara por su país, como el mismo Obama lo pincela en ese hermoso libro ‘Dreams from My Father’. Pero la búsqueda de una pequeña porción de ese éxito alimenta la triste tragedia humana, esa imagen del joven Óscar y su pequeñita Valeria, ahogados a orillas del río Bravo en su intento por alcanzar el territorio estadounidense.

Óscar no tuvo suerte, pero buena parte de los que sí la tienen agradecen, aunque sea, una vida subterránea, casi que en las ‘alcantarillas’, con temor, vulnerables a la discriminación, con jornadas laborales de 16 horas o más, en medio de soledades y melancolías sin comparación. Recuerdo a un hondureño que, en las aisladas y solitarias autopistas de Alexandria, en Virginia, se iba a la parada del bus a conversar con cualquier paisano que aparecía cada media hora. O aquellos, presumo, centroamericanos que se paraban un domingo a mirar gente en las barandas de una plazoleta de un despoblado y mal remedo de centro comercial entre Langley Park y Takoma Park, en Maryland. En medio de todo, quizás es lo mejor que puede ofrecer una gran nación que, por momentos, no parece una sociedad, sino una máquina, pero que en cualquier caso no es capaz de asimilar migrantes sin límite. Una sociedad que pasó de blanca y protestante a multiétnica y multirracial, pero que ahora se siente amenazada. Como dice Samuel Huntington en su libro ‘Who are we’, en la medida en que los americanos ven su nación en riesgo tienden a tener alto sentido de identidad.

Muchos de los migrantes legales de vieja data en Estados Unidos comparten el discurso de Trump, y las estadísticas demuestran que mientras la economía esté boyante su reelección es casi un hecho

Eso lo sabe muy bien Donald Trump, y lo está explotando al máximo, así tenga que recurrir a su faceta racista para anunciar con bombos y platillos redadas de indocumentados, o pedirles a cuatro aguerridas congresistas demócratas de origen hispano, afroamericano y musulmán que “vuelvan a sus países” en lugar de “decirle al país más poderoso de la tierra cómo debe gobernarse”. El problema es que Trump tiene parte de razón, por lo que explota la crisis fronteriza y su ‘muro’ para dividir a la nación y energizar su base.

La estrategia puede tener un alto costo reputacional para Estados Unidos, pero Trump ha creado un enemigo con un costo mucho menor que el de adentrarse en una guerra, mientras divide a los demócratas y les pulveriza su plataforma sobre inmigración. El punto de partida de la discusión ya no será un camino a la ciudadanía para los inmigrantes que llegaron al país ilegalmente y que han obedecido la ley, sino el plan de Trump, un sistema basado en méritos para admitir a inmigrantes bien educados.

Me temo que los que huyen de entornos de miseria y corrupción, de la falta de oportunidades, deberán lidiar con la zozobra, el susto y la humillación, y, además, con una pesadilla que va para largo. Muchos de los migrantes legales de vieja data en Estados Unidos comparten el discurso de Trump, y las estadísticas demuestran que mientras la economía esté boyante su reelección es casi un hecho. Por si fuera poco, están más solos que nunca. Los mandatarios latinoamericanos, a excepción del mexicano Andrés Manuel López Obrador, que hace lo que puede, practican una enorme genuflexión hacia Trump y se mueren del susto de decirle que se requiere un plan para gestionar el flujo de migrantes.

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