El doble rasero de Petro

El doble rasero de Petro

Sin ocultar el Chávez que lleva por dentro, el excandidato es ya un pesado fardo para la izquierda.

11 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

Gustavo Petro no es ningún tibio; calificarlo así es un yerro porque es un hombre de posiciones. Sus verdaderos problemas son su aterradora inconsistencia e inocultable necrofilia socialista que le imposibilita disimular el Chávez que lleva por dentro.

Y es que mientras en Colombia, con justa razón, propugna por la protección de los líderes sociales, en el caso de Venezuela desprecia la vida de los opositores que, indefensos, han sido masacrados y torturados por el régimen.

Es un trastrocamiento absoluto de valores y una justificación de la dictadura en nombre de la autodeterminación de los pueblos, del diálogo y del equilibrio informativo en el cubrimiento de las movilizaciones en favor de Maduro, como recientemente reclamaba en sus tuits.

Como si el acarreo de dependientes del régimen diera licencia para matar, acarreo presentado con imágenes borrosas, planos cerrados, calles estrechas para mostrarlas atestadas, que de ninguna manera se compara con las concentraciones oficialistas de hace 10 años ni con las marchas opositoras.

Claro que en materia de incoherencias, Petro es campeón. En noviembre pasado señalaba que “en Venezuela no hay revolución, sino una rosca que se perpetúa solo para captar rentas petroleras”, como si de esa sintaxis se derivara alguna virtuosidad para que ahora reivindique que se está ante una sociedad dividida. Además, en julio de 2017, defendía públicamente la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente venezolana, al decir que su legitimidad dependería de la cantidad de votos que obtuviera, sin reparar en el despojo que con ella hacía Maduro de la Asamblea Nacional democráticamente elegida.

Álvaro Fayad, cofundador y líder del M-19, decía que “si hacer la revolución implica pisotear la dignidad humana, no se hace la revolución”, lo cual a Petro no le importó después de su desmovilización, pues fue de Hugo Chávez, de un golpista, que fungió como uno de sus primeros anfitriones en 1994. Su rechazo entonces a los golpes de Estado y a las intervenciones militares solo aparece cuando son en contra de regímenes socialistas.

Pero es también el mismo dirigente que en campaña presidencial proponía expropiar, al igual que hizo Chávez y que es la génesis de la debacle económica y de la dictadura venezolana, aunque después reversó y lo forzaron a firmar en mármol. Claro que ingenuo quien le creyera.

El mismo de las propuestas fiscalmente irresponsables, como reemplazar las rentas petroleras con exportación de aguacates, y que tergiversa para erigirse como víctima y reclamar una personería para su colectividad que es improcedente, al tenor del artículo 108 constitucional.

Pero la izquierda en Colombia no solo pasa de agache frente a crasas incoherencias, sino que hace mutis por el foro sobre las sinuosas y menesterosas explicaciones por el escabroso video de los fajos de billetes. Tampoco se inmuta por ningún replanteamiento, ni siquiera debate interno, después de las derivas autoritarias de los gobiernos en Venezuela y Nicaragua, la corrupción de Lula en Brasil, de los Kirchner en Argentina y

Correa en Ecuador, y la incompetencia en la gestión de la bonanza de las materias primas.

A estas alturas, antes que un líder, Petro se convierte en un pesado fardo para la izquierda que frena su avance y arriesga a que, de nuevo, transcurra una o más generaciones antes de ser alternativa de poder. Si las Farc fueron el tapón para la viabilidad electoral de la izquierda democrática durante 50 años, con los decepcionantes resultados conocidos, Petro lo será si insisten en reanimarlo de su muerte política.

Sal de la rutina

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