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Criminalizar al migrante, presumir con las remesas

Criminalizar al migrante, presumir con las remesas

Lo peor para Latinoamérica es una recuperación económica irregular o una crisis de deuda.

17 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

A juzgar por los ambiciosos planes del candidato Joe Biden, la agenda de inmigración del presidente de Estados Unidos sería no solo la rectificación de la política de Trump basada en el miedo y el racismo, la expansión significativa de la inmigración legal, sino además el abordaje a las causas fundamentales del éxodo, al menos de los centroamericanos. Pero ocho meses después de su posesión, poco de eso ha ocurrido.

(Lea además: El clientelismo y el retroceso histórico de Bogotá)

Lejos está la promesa de crear un camino hacia la ciudadanía para 11 millones de inmigrantes indocumentados, incluidos los llamados 'dreamers'. Difícil era también pensar que un gobierno de Biden prosiguiera con las presiones y la instrumentalización de México y Guatemala para militarizar sus fronteras y reprimir caravanas de migrantes a cambio de dosis de vacunas o gaseosos memorandos de entendimiento. Es bien curioso que un gobierno progresista, como el de Andrés Manuel López Obrador, proponga “abrazos, no balazos” a los narcotraficantes, mientras envía a la Guardia Nacional a detener migrantes que huyen de la violencia o del drama humano de la falta de oportunidades.

Es triste y desgarrador –me comentaba Andrely Cisneros, investigadora de la Universidad de San Carlos de Guatemala– que criminalicen a los migrantes y presuman con las remesas. En efecto, Guatemala recibió en el 2020 un flujo histórico de remesas de 11.340 millones de dólares y México 43.000 millones, aunque, a la vez, las deportaciones de guatemaltecos y hondureños desde México se incrementaron exponencialmente entre 2020 y 2021. Lo propio hace Estados Unidos, que en lo que va del gobierno de Biden ha detenido a más de 1’200.000 migrantes en su frontera, la cifra más alta en los últimos 50 años, un 25 y 40 por ciento más que en 2019 y 2020.

Es evidente que el presidente estadounidense tiene un problema y talón de Aquiles en la política de inmigración. Como me lo decía Rolando Sierra, director de la Flacso Honduras, la situación anuncia nuevas convulsiones no solo para Centroamérica sino para la región entera, pues, verbigracia, un 56 por ciento de los jóvenes hondureños de último año de los colegios públicos quiere migrar. Ciertamente, Latinoamérica es ya un hervidero, con países como Colombia que tienen que lidiar con las dificultades de albergar millones de venezolanos y en cuyas fronteras permanecen varadas decenas de miles de migrantes de múltiples nacionalidades en camino al norte del continente.

Luchar contra la corrupción y la falta de oportunidades en América Latina es una empresa típicamente latinoamericana, pero Estados Unidos puede hacer una gran aportación.

Un contexto en el que lo peor que pudiera pasar es que la recuperación económica en la región sea irregular o se desate una espiral inflacionaria o una crisis de deuda, así alcance una menor envergadura que la de la década de los ochenta. Un caso en el que Estados Unidos tendría que exhibir algo más que improvisación y falta de consensos como ha hecho hasta ahora.

Biden propuso convocar a los líderes regionales para abordar las causas de la migración, pero en Honduras ni siquiera tiene embajador, existen, y con razón, malas relaciones con El Salvador y Nicaragua y al presidente colombiano, Iván Duque, parece no perdonarle todavía su indirecta implicación en la campaña electoral estadounidense. Por si fuera poco, planteó un plan de inversión de hasta 4.000 millones de dólares en cuatro años para atacar los problemas de corrupción, impunidad y violencia en Guatemala, El Salvador y Honduras, una suma que, de ejecutarse, es poco menos que ambiciosa. Las meras rentas recaudadas por Estados Unidos a los trabajadores sin seguro social pueden rondar los 30.000 millones de dólares anuales.

Por supuesto que luchar contra la corrupción y la falta de oportunidades en América Latina es una empresa típicamente latinoamericana, pero Estados Unidos puede hacer una gran aportación. Ya lo hizo cuando, en una reacción audaz, John F. Kennedy, a finales de los años sesenta, invocó “un Hemisferio Occidental donde todo el mundo, los americanos del norte y los del sur, los Estados Unidos y las naciones de América Latina se agruparán en una ‘alianza para progreso’ ” (sic). Ahora pudiera comenzar por relanzar una especie de Plan Puebla Panamá o Plan Puebla Bogotá.

JOHN MARIO GONZÁLEZ

(Lea todas las columnas de John Mario González en EL TIEMPO, aquí)

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