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Un fantasma recorre Colombia

Un fantasma recorre Colombia

Que el anticandidato Petro y los radicales de la oposición no se froten las manos.

04 de mayo 2021 , 01:05 p. m.

Así como hasta en la guerra existen reglas a fin de salvar vidas, aliviar el sufrimiento y permitir que la convivencia vuelva a ser posible, en política la oposición también debe tener claros límites. Porque una cosa es criticar con mordacidad, ‘golpear’ al Gobierno, arrinconarlo en la impopularidad y otra muy distinta es aprovecharse de las circunstancias para azuzar la violencia, apostar por la debacle o destruir el Estado de derecho.

Personajes de la oposición como Petro tienen formas sutiles de aventurar por lo segundo. Lo hizo cuando en las protestas de septiembre del año pasado retuiteó un video con el texto “les traigo poesía” que contenía una turba que atacaba y apedreaba a policías. Y como ahora ya se cree presidente, emite alocuciones dizque “a la Nación colombiana” en las que hace llamados a la no violencia, pero a renglón seguido agrede al pedir que no compren gaseosas, no compren en grandes superficies, no hagan transacciones financieras.

Otros, como los del Movimiento Dignidad, deben dar explicaciones a las acusaciones del alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, de estar detrás de las jornadas de violencia y vandalismo.

Pero no nos llamemos a engaños, son apenas los colmillos del lobo que ahora usa los mecanismos democráticos para instaurar regímenes autoritarios, como bien lo describen Steven Levitsky y Lucan Way. Son comunistas que se nutren del caos, son alquimistas que llevan décadas envenenando el alma popular con soluciones gratis que no existen, en las que cree un pueblo desesperanzado.

Pero que el anticandidato Petro y los radicales de la oposición no se froten las manos. El país también pasó del apego sicológico por los partidos a forjar identidades políticas negativas, a la repulsión y el rechazo, y podría terminar por desentrañar el mal menor. Porque el país quizá no sabe lo que quiere, pero sí sabe lo que no quiere.

No es que defienda al gobierno Duque. Desde las primeras de cambio, hace ya casi tres años, advertimos que era un gobierno sin centro de gravedad, que sus yerros, la ingenuidad y la satanización que hizo de la representación política le pasarían una costosa cuenta de cobro en pérdida de gobernabilidad. Un presidente que pensó que tendría suficiente valor simbólico el hablar en nombre del ideal de los jóvenes, pero que, como decía el célebre mexicano don Daniel Cosío Villegas, se trata de novatos y jóvenes que jamás han visto brotar el pus de la llaga.

Este no es, sin embargo, un momento cualquiera. Tampoco se trata de la mera diatriba política. Sobre ese desempeño ya el Gobierno tiene sentencia y parte de las consecuencias es que difícilmente el uribismo tendrá candidato presidencial viable. Muy macho el que se inmole en esa conflagración.

Ahora de lo que se trata es de defender el país, la institucionalidad, lo poco que sí ha funcionado. Defender las libertades, la iniciativa individual, la libertad de empresa y la solidaridad en contraposición a los colectivismos y los ungüentos de pactos históricos que son hoy el papel de regalo del comunismo y el autoritarismo de mañana.

Por eso, es el momento de rodear y darle una mano al Gobierno, no como un cheque en blanco, sino en contra de la violencia y en favor de una reforma solidaria y de estabilidad fiscal que ayude a paliar las angustias de la pandemia. Así lo deben entender las iglesias, los medios de comunicación, los gremios, que han sido solidarios; lo que queda de los partidos, y hasta los partidos de oposición que se quieran sumar.

Ecuador por lo menos rechazó el populismo autoritario hace poco y Perú tiene tiempo de escoger. Pero las democracias latinoamericanas no pueden cantar victoria de que sobrevivieron a la pandemia. Estamos en medio de una tormenta perfecta y hay suficientes demagogos al acecho para aprovecharse de las circunstancias y enterrar unas instituciones frágiles y, de paso, el futuro del país. Al acecho también estaba el fantasma que recorría Europa y ahora recorre a Colombia.

John Mario González

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