La batalla por la paz

La batalla por la paz

Un proceso de paz no es solo una negociación entre dos enemigos.

30 de marzo 2019 , 10:37 p.m.

El libro del expresidente Juan Manuel Santos es una historia difícil fácilmente contada, que traslada profundas lecciones de política en un estilo coloquial y ameno. Se dice que hacer la paz es más difícil que hacer la guerra, y el sentido común hace pensar que esto es obvio, pero la afirmación que hace el expresidente al decir que “el liderazgo para la guerra es vertical y el liderazgo para la paz es horizontal” facilita entender de qué se trata lo difícil, por las alianzas, los entendimientos y espacios de participación que exigió llevar adelante el proceso con las Farc. Un proceso de paz no es solo una negociación entre dos enemigos, sino un complicado entramado de negociaciones simultáneas con distintos actores, la mayor parte de ellos en las filas propias.

Solo haciendo bien la guerra podía avanzar el proceso de paz. El expresidente cuenta en detalle los letales ataques a los mandos de las Farc que, combinados con la oferta de negociar en La Habana, se convirtieron en un mensaje subliminal: “Negociar la paz les permite seguir vivos”. En un momento hubo más de 40 dirigentes de la insurgencia en Cuba, y la mitad eran de alto nivel. En realidad, las Farc solo podían recuperar la estabilidad y el control sobre sus gentes si firmaban la paz.

Hay muchas lecciones en el libro. Quiero referirme, en particular, a la que el expresidente llama: “Convierta en aliados a sus enemigos”. La oportunidad para la paz no era tan obvia. La ventaja militar del Estado podía más bien interpretarse, como muchos lo hicieron, en oportunidad para una victoria, pero eso no era fácil. Al haber alejado la amenaza de las Farc de los centros de poder, lo que seguía era una guerra lenta, sangrienta y costosa en la Colombia rural profunda. A las Farc no les importaba el rechazo de la opinión pública, esto lo han aprendido ahora. Era necesario que fuerzas externas los empujaran a terminar su guerra. Por ello fue indispensable acercarse a los gobiernos de izquierda amigos de las Farc. Sin embargo, esto implicó soportar el ataque de los adversarios del proceso, que inventaron el término ‘castrochavismo’ y cuestionaron la participación de los gobiernos de Venezuela, Cuba y Ecuador en las negociaciones.

En estrategia es común nadar a contracorriente. El proceso de paz de Colombia coincidió con la hegemonía de gobiernos de izquierda en el continente; Castro y Chávez reinaban en Latinoamérica, y esto podía considerarse una ventaja para las Farc. Sin embargo, las izquierdas habían llegado al poder mediante elecciones, y esto convertía la lucha armada de las Farc y el Eln en un estorbo. Fidel Castro siempre trató de utilizar los grupos guerrilleros como instrumentos de desestabilización para defender su régimen. Pero si ahora sus amigos estaban gobernando en todas partes, los guerrilleros sobraban.

Por otro lado, el chavismo y muchas de las fuerzas de izquierda que estaban gobernando pensaban que se mantendrían en el poder para siempre, que el petróleo llegaría a valer 200 dólares por barril y nunca perderían elecciones. Esta ignorancia y arrogancia contagiaron también a la dictadura cubana.

La temporalidad del poder es algo obvio para los políticos normales, pero no para la extrema izquierda. El fracaso del proyecto chavista era predecible, y, por lo tanto, la oportunidad para que el ‘castrochavismo’ contribuyera a la paz de Colombia tenía fecha de caducidad. Ahora que Maduro es una dictadura abierta luchando por sobrevivir, ha regresado a la lógica castrista y utiliza el terrorismo del Eln como instrumento de desestabilización regional. La ventana de oportunidad se cerró. Haber convertido a los enemigos en aliados del proceso de paz fue, sin duda, uno de los más grandes aciertos del expresidente Santos.

JOAQUÍN VILLALOBOS

Sal de la rutina

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