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Víctimas del remarketing digital

Víctimas del remarketing digital

A pesar de que ya hayamos hecho una compra gracias a un aviso en la web, la oferta no para.

26 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

Sucede en Cartagena y muchas otras partes del mundo: el turista llega a su destino y decenas de vendedores aparecen de inmediato en múltiples escenarios. En la playa, sobre todo, se ven una y otra vez ofreciendo masajes, planes, música, comida, cerveza, en fin. Insisten hasta que logran su cometido o paran solo cuando reciben un rechazo tajante.

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Con la publicidad digital está pasando lo mismo; valgamos la comparación. El turista busca en Google un hotel o un tiquete aéreo para ir, digamos que otra vez a Cartagena, y los avisos comerciales empiezan a acosarlo en todas partes. El mismo producto o servicio se expone una y otra vez en la esfera digital. Las redes sociales se llenan de publicidad relacionada. Se ve un video en YouTube y estos se interrumpen con anuncios de vuelos o de planes para ir a la playa. Es posible que los avisos salgan hasta en el correo personal y en mensajes de texto. Arrinconan a la persona para que compre. Es agobiante esto que nos está pasando a todos, y no solo al planear un viaje, sino al consultar cualquier cosa. Somos el foco del llamado remarketing, válido si se quiere, aunque también muy invasivo.

Hace un par de meses indagué por un viaje a Punta Cana en Google y aún hoy me aparece publicidad que me invita a República Dominicana. En ese proceso de búsqueda, terminé enviando mis datos de contacto a tres empresas que pautaban en Instagram. Luego pude comprobar que una de ellas no tenía realmente soporte legal y que contenía los elementos típicos de una estafa. Previamente, había contactado a algunos usuarios que comentaron sus publicaciones en Facebook y un par de ellos me advirtió que no hiciera nada con esa supuesta empresa, que iba a perder mi dinero.

Tendremos que aferrarnos a unos ‘salvavidas’: como usuarios de Google podemos modificar nuestras preferencias de publicidad.

El remarketing visto así es también un peligro, aunque puede verse igualmente como una ayuda a ese consumidor que tiene un interés peculiar. Sin embargo, como he mencionado otras veces en esta columna, no deberíamos acostumbrarnos a aceptar la actual normalidad digital. Los llamados influencers siguen ofreciendo productos inservibles y hasta perjudiciales para la salud y en redes, por ejemplo, se continúan premiando con mayor alcance los discursos de odio y las fake news… Volviendo a esa ‘inteligencia de datos’ que nos ofrece lo que deseamos, es claro que nosotros somos el producto a vender. Si no es para el remarketing, entonces hablamos del retargeting, es decir, cuando los anunciantes detectan que cada uno de nosotros somos su comprador perfecto. Segmentan nuestro perfil y nuestro comportamiento. Saben más de lo que quisiéramos.

Este es el capitalismo salvaje expresado en digital, con errores y bondades, como todo. Es lo habitual. Las empresas buscan nuestro dinero y no son pocas las que se pelean por él. A pesar de que ya hayamos hecho una compra gracias a un aviso que vemos en la web, la oferta no para. Los avisos publicitarios siguen apareciendo, pescando casi en río revuelto. Si usted compró música online, ya confirmó que tiene dinero para este fin y dio a conocer su gusto. Si adquiere un viaje para enero de 2022, es muy posible que para enero de 2023 las empresas que hacen bien su mercadeo tengan preparado algo para invitarlo en esas y otras fechas a un nuevo viaje.

Hay que gritar para evitar esa persecución comercial. Mientras tanto, tendremos que aferrarnos a unos ‘salvavidas’: como usuarios de Google podemos modificar nuestras preferencias de publicidad, se puede navegar en incógnito, podemos eliminar cookies (supuestamente van a desaparecer), podríamos descargar extensiones que protejan nuestros datos (si las buscamos es probable que veamos avisos de servicios pagos que salvaguardan nuestra información) y hay que recordar, así sea ingenuamente, que en las páginas web nos “avisan” de lo que hacen antes de que accedemos a ellas. Eso sí, como símil de la letra tamaño 6 de los contratos para un crédito bancario que debemos aceptar sin remedio.

Ingrese a una página web que no haya consultado antes y verá un mensaje parecido al siguiente: “Usamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios, personalizar la publicidad y recordar sus preferencias. Si continúa navegando o haciendo clic sobra el botón ‘aceptar’ de este banner entenderemos que acepta el uso de cookies en nuestra web. Para más información (por ejemplo, cómo cambiar sus preferencias), por favor visite nuestra Política de Cookies”.

¿Quién se lee esas políticas de cookies? ¡Nadie! Damos clic en “Aceptar”, accedemos a la página y luego ya sabemos lo que vamos a ver y lo que podemos esperar.

JAVIER BORDA

(Lea todas las columnas de Javier Borda en EL TIEMPO, aquí)

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